Autor: Otero Fernández, Luis. 
 Tribuna Libre. 
 Fuerzas de Orden Público: ¿militares o policías?     
 
 El País.    11/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

TRIBUNA LIBRE

Fuerzas de Orden Publico: ¿militares o policías?

LUIS OTERO FERNANDEZ

Ex comandante del Ejército de Tierra

Desde diversos ángulos se cuestiona actualmente a los cuerpos encargados del orden público en España:

posturas ideológicas, dureza de métodos, dependencia única del poder central, fuero y organización

militar, etcétera. Indudablemente, como todas las instituciones que existieron durante el régimen anterior,

estos cuerpos han tenido, lógicamente, la" influencia del sistema dictatorial, incluso más que otros, dada

su Obligada función dé soportes y guardianes de la situación, en que se identificaba siempre Estado con

ideología oficial y orden público, con exclusión de discrepantes. Así, pues, y partiendo de la necesidad,

que nadie niega, de un servicio público que haga frente a la delincuencia y ayude y proteja á los

ciudadanos de cualquier eventualidad, se plantea la conveniencia urgente de una reforma profunda de los

cuerpos encargados de ese servicio. En esa reforma hay muchos aspectos á contemplar, relacionados con

los problemas enunciados: formación democrática y ciudadana de sus miembros, tecnificación y

entrenamientos adecuados para ser eficaces y populares al tiempo, dependencia de los poderes locales y

autonómicos dentro de una necesaria coordinación, etcétera. Sin embargo, una de las cuestiones

principales, ahora mismo puesta en evidencia por su mención en el pacto de la Moncloa y que creo que

condiciona las demás, está en:el encuadramien-to o fuero (para emplear la terminología actual) que

reciban; es decir, su consideración como funcionarios civiles o militares. Lamentablemente, por el

momento, parece que éste es un tema resuelto, pues, según las referencias del pacto aparecidas en la

prensa, quedarán los tres cuerpos estatales de policía como estaban durante los últimos cuarenta años: el

Cuerpo General de Policía, con estatus y organización civil y dependencia del Ministerio del interior, la

Policía Armada con fuero y organización militar, pero dependencia total del mismo ministerio, y la

Guardia Civil, con fuero, organización y dependencia jerárquica militar (del Ministerio de Defensa) y

sólo dependencia funcional del Ministerio del Interior.

Si a esa complicada estructuración se añade que la Policía Armada no dispone de un escalafón único y

cerrado, en el que sus grados superiores se nutrieran por el ascenso sucesivo de sus elementos de base,

sino que cubre : esos grados (de teniente a comandante., en forma parcial, y desde ese grado a general

totalmente) con oficiales y jefes de las armas dé infantería y Caballería del Ejército, así como los

cometidos técnicos auxiliares con otros militares de los cuerpos de Sanidad, Armamento y Construcción,

Jurídico, Clero, Música, etcétera, y diplomados de Estado Mayor, podremos fácilmente por ello darnos

cuenta del carácter estrictamente militar de este cuerpo. Si a ello añadimos que todos estos militares

siguen manteniendo una dependencia personal con el Ministerio de Defensa, bastándoles una simple

petición, de destino para reintegrarse en el Ejército, creo que no será aventurado afirmar que .la Policía

Armada es una parte más de ese Ejército, en tanta o mayor medida que un cuerpo policial.

La Guardia Civil, contrariamente, sí dispone de escalafón propio de oficiales formados en una academia

especial, pero, además de efectuar parte de esa formación en la Academia General Militar, de tener una

rígida estructuración castrense y de su encuadramiento jerárquico en el Ministerio de Defensa, tampoco

sus máximos elementos ejecutivos y asesores son funcionarios del cuerpo. Efectivamente, su director

general es un teniente general del Ejército de Tierra, asistido por un nutrido Estado Mayor, formado en

exclusiva por generales, jefes y oficiales con ese diploma del Ejército, contando además, como la Policía

Armada, con militares de cuerpos y armas técnicos para cometidos específicos (Sanidad, Transmisiones,

Armamento y Construcción, Jurídico, Clero, etcétera).

Dejando, por tanto, aparte al Cuerpo General de Policía, que siempre tuvo carácter civil, me parece que

nadie me contradecirá si afirmo que nuestras Fuerzas de Orden Público forman un auténtico ejército,

profundamente relacionado y dependiente del Ministerio de Defensa. Y ante esta situación, que a don

Manuel Fraga le parece normal y positiva hasta el punto de calificar de demencial un supuesto intento de

cambiar parcialmente el Fuero de la Guardia Civil, yo, que quizá tengo algo de demente, me pregunto:

¿por qué?

Porque el país, nuestro país, el de todos, no sólo de tos que intentan perpetuar situaciones establecidas,

¿qué necesita para su orden público, entendido como una forma de la convivencia, un ejército o una

policía? ¿Son acaso ambas instituciones lo mismo? Yo, sinceramente y con todo respeto para la opinión

contraria, creo que, son, o, mejor dicho, deben ser, profundamente diferentes, sin menosprecio para

ninguna de ellas; entiendo que, aunque ambas instituciones tienen una estructura jerárquica y están

armadas (aun esto último es discutible y recuérdese, sioió, a los desarmados agentes de policía ingleses),

sus misiones, funcionamiento, técnicas y mentalidad deben ser absolutamente distintas.

¿Qué características positivas puede tener una militarización de instituciones con funciones civiles? Me

parece entender que los partidarios de ello ven como positivo el carácter de mayor coacción o fuerza del

actual fuero castrense: jurisdicción propia en materia j urídica, disciplina féríeá interna, indiscutibilidad

de sus acciones, etcétera. Pero, y prescindiendo por el momento de que todas estas características deberán

ser revisadas para el propio Ejército (así io hace en su forma prevista e! ministro de Defensa), ¿qué interés

tiene su aplicación en los defensores de! orden y la paz ciudadana? ¿No será que se quiere perpetuar uno

de los recursos de la dictadura, que para acallar a cualquier disidente no vacilaba en militarizar, no sólo a

la policía, sino también a la justicia, a los ferrocarriles, a los carteros, a los mineros, etcétera, etcétera?

¿Es razonable pensar que un oficial del Ejército, preparado para combatir en guerras convencionales,

guerrilleras o atómicas, pero guerras al fin, con unos medios y un enemigo fáciles de definir, pero

complejos de enfrentar, esté automáticamente preparado para dirigir, formar y controlar a funcionarios

cuya acción es detener a unos ladrarles o proteger a ciudadanos atemorizados por terroristas incontrolados

o colaborar en el desarrollo pacífico de una manifestación o tantas otras misiones auténticamente civiles?

Por supuesto, la capacidad y aficiones personales de cualquiera pueden suplir la falta de formación, pero

bajo un punto de vista estrictamente funcional no me parece muy eficaz el sistema. Y también, bajo otra

perspectiva, ¿no prefiarían los policías subordinados, en el caso de la Policía Armada, ser mandados por

jefes especializados, con su mismo origen y formación?

Quizá puede argüirse que la previsión de que en una situación de estado de guerra el control de todas las

fuerzas del país deba quedar bajo el mando militar, obligue a la militarización previa en paz de las

Fuerzas de Orden Público. Según esa teoría habría que militarizar también permanentemente a la

industria, a los ferrocarriles, al servicio de Correos, a la Policía Municipal, etcétera, etcétera; es decir, a

todo aquello que se militariza, de una u otra forma, en casó de guerra; ¿no será lo lógico esperar para

nacerlo al momento real, que ojalá nunca llegue, del conflicto . bélico, incluso para todo tipo de policía?

Finalmente, tampoco me parece convincente apoyarse en tradiciones o en comparaciones con policías

más o menos militarizadas de otros países. Aparte de poder presentar muchos ejemplos de fuerzas del

orden civiles, especialmente en países democráticos, creo mucho más contundente el argumento de la

necesidad de una eficacia y de unos procedimientos democráticos, para preconizar un cambio profundo,

estructural y cualitati-vo en nuestros cuerpos de orden público. Cuerpos que, en cualquier caso, merecen

de todos el mayor respeto, dentro del deseo natufál de que ejerzan sus funciones con procedimientos cada

vez más eficaces y más humanos.

 

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