Autor: RUY LÓPEZ. 
   Las tres tentaciones  :   
 Hipótesis ante el nuevo gobierno. 
 Informaciones.    03/07/1976.  Páginas: 2. Párrafos: 12. 

LAS TRES TENTACIONES

(Hipótesis

ante el

nuevo

Gobierno)

Por Ruy LOPEZ

LOS motivos inmediatos, las consultas, deliberaciones, idas y venidas de

importantes personajes que han

causado la dimisión de Carlos Arias probablemente no serán conocidas nunca, o lo

serán tan tardíamente

que sólo revestirán cierto interés para eruditos e historiadores. Pero no hace

falta ser ni lo uno ni lo otro,

ni tener contactos «in», dentro de las esferas del Poder, para comprender la

importancia del hecho, para

captar sus causas últimas y para adivinar las posibles alternativas que se

perfilan.

La dimisión de Carlos Arias Navarro es el último acto, por el momento, de un

drama (para unos, comedia;

para otros, tragedia) Que comenzó con la presente década de los setenta. Desde

hace seis años (para ser

más precisos, desde aquel famoso proceso de Burgos de 1970), la política

española se ha caracterizado

por una nota excluyente, que primaba sobre todas las demás: la más

desconsoladora inseguridad sobre el

futuro. La muerte de Luis carrero Blanco, en 1973, vino a hacer aún más aguda

esta incertidumbre del

«Después de Franco, ¿qué?». La Inseguridad de que hablamos inspiraba un estilo

de gobernar dubitativo,

de pasos atrás y adelante, de contradicciones, de deshacer lo apresuradamente

hecho en la Universidad, en

la Administración, en la Hacienda... No achacamos, claro está, tal estilo a las

personalidades concretas de

Arias Navarro ni de Carrero Blanco: ellos sólo representaban lo que de sí podría

dar una clase política

creada para otras circunstancias.

UN ESTILO VACILANTE

La etapa que va del 20 de noviembre de 1975 al 1 de julio de 1976 ha sido la

continuación de este estilo vacilante de gobernar, pero ya sin contar con el

necesario respaldo político, esto es, sin contar con el General Francisco

Franco. A partir de noviembre de 1975, el Poder se encontró, por el contrario,

con una realidad de lucha política generalizada que requería medidas decididas,

de un signo u otro. Y no cabe discutir que han sido precisamente medidas

decididas las que han faltado. Sin conocer, ya dijimos, los pasos y motivos

concretos tras la caída de Arias —usemos el añejo término del siglo pasado—, si

aparece meridianamente clara la causa última que fatalmente habría de

provocarla: Carlos Arias representaba un estilo de Gobierno que no es ya el

exigido por la realidad del país.

La alternativa que se presentaba era la de continuar así «ad infinitum» (lo que

ya hemos llamado argentinización política) o adaptar de una vez una política

decidida. La dimisión de Arias Navarro podría representar (y se trata de un

deseo, más que de una predicción) el fin de la vacilante política que desde

1970 han seguido cuatro Jefes de Gobierno distintos. Lo que, desde luego, no

está del todo claro en los momentos de escribir estas líneas es la de la

dirección que la hipotética «política decidida» del futuro tomará.

Los primeros pasos son fácilmente previsibles: la asunción provisional de la

Presidencia del Gobierno por el vicepresidente viene regulada por las Leyes

Fundamentales, por un máximo de diez días. Durante este período máximo se han de

llevar a cabo las negociaciones necesarias para que el Consejo del Reino

presente una terna de candidatos a don Juan Carlos de Borbón. Y, si,

efectivamente, la política vacilante ha acabado con el fin del mandato de Carlos

Arias, la terna reflejará el deseo de que al fin se adopte una línea clara de

Gobierno. Pues no hay que olvidar que la designación de un nuevo presidente

supone también la renovación del Gobierno, por lo menos en teoría y, por tanto,

y desiderativamente, la formación de un equipo homogéneo.

NUEVO ESTILO DE GOBERNAR

Es en estas deliberaciones previas y en su resultado donde reside la clave del

contenido concreto de la política a adoptar. No cabe rechazar, en principio, lo

que otros lían llamado (y para supuestos muy distintos) «la tentación

totalitaria», esto es. la decisión de cortar por lo serio y colocar de nuevo en

el Poder a la ortodoxia del Régimen. No creemos en tal posibilidad —y pocos

deben ya de creer en ella—, al menos por él momento, pero no hay que olvidar que

es una omnipresente amenaza, y que desde 1812 a 1936, en este país lo más de

temer han sido, no las revoluciones, sino las contrarrevoluciones.

También se ha especulado, ante la mala situación económica, con una «salida

tecnocratica», y muchos recuerdan con nostalgia los buenos años 1958-62, cuando

la economía española fue sacada de un mal paso desde los sillones ministeriales,

sin graves problemas de movilizaciones populares, pactos políticos ni reformas

de estructura. El único y principal problema es que el país de 1959 y el de 1976

tienen escasos puntos en común. Si entonces fue posible una solución a los males

económicos mediante decretos leyes y el flat ministerial, sin encontrar

resistencias organizadas de consideración, gracias a la inexistencia práctica de

Sindicatos y partidos fuera de algunas regiones, hoy la situación es muy

distinta.

¿Quién puede imaginar que los trabajadores industriales, por ejemplo, aceptarían

sin más un Plan de Estabilización y una reducción de su nivel de consumo?

El tecnócrata ordena; el político pacta. En 1959 se podía ordenar sin muchas

contemplaciones; en 1976, si no se pacta, surge el conflicto. Las tentaciones

totalitaria y tecnocràtica, a la hora de resolver la crisis ministerial, pueden,

en efecto, suponer la aparición de esa política decidida» de que hablamos: pero

¿a qué coste? Se piden soluciones concretas a la crisis política y económica del

país, pero cada grupo social esgrime su solución con voces cada vez más sonoras

y con ademanes cada vez mas amenazadores. Puede intentarse satisfacer a un grupo

a costa de otros, o puede tratarse de hallar un acuerdo para resolver

conflictos.

Frente a la tentación totalitaria y la tentación tecnocràtica, el cambio en la

Presidencia del Gobierno podría representar no sólo un relevo de personajes

políticos, sino un cambio en la forma de gobernar. Es decir: que no sólo se

decida afrontar seriamente y de una vez los problemas del país, sino que se

decida hacerlo consultando a los interesados. Se trataría de dar una

oportunidad, por primera vez, a la tentación democrática.

Sin embargo, es más fácil hablar en general del tema que aceptar Alguna de las

diversas vías que se ofrecen. Pues ante los dos problemas graves que se

plantean, tras siete meses de confusión, el problema constitucional y la crisis

económica, dos soluciones son posibles: una, el elaborar rápidamente un plan de

urgencia, constitucional y económico y ofrecérselo a la aprobación del país;

otra, llamar directamente a los representantes de éste y pedirles que sean ellos

los que redacten tal plan. Lo primero sería lo que hizo De Gaulle en 1958,

llamando a una comisión de expertos para que redactasen una Constitución que se

sometió a referéndum. Lo segundo fue el método seguido por la Constituyente de

la II República.

Ambas soluciones ofrecen peligros y ventajas. La elaboración desde arriba de un

proyecto constitucional para se aprobado o rechazado por el pueblo no parece

contar con las simpatías de los partidos de la oposición, aunque obviamente

sería un método rápido. La vía de la Asamblea constituyente aparece como

orlada por una mayor legitimidad democrática, pero cabe dudar de que en estos

momentos fuese posible representar a la voluntad nacional coherentemente en una

Cámara, teniendo en cuenta la escasa organización y arraigo de los partidos

políticos.

De una forma u otra, el nuevo Gobierno, si efectivamente quiere llevar la

situación a buen puerto, ha de decidirse por una vía o por otra, una vez dejadas

de lado las alternativas totalitaria y tecnocràtica. Desde luego, ello supone no

sólo un cambio de táctica —esto es, de ritmo en la reforma políticas—, sino de

estrategia —esto es, aceptando la necesidad de una nueva Constitución y

renunciando a la política de parches parciales emprendida por el Gobierno que

acaba de desaparecer.

3 de julio de 1976

 

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