Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   El triple retorno del fascismo español     
 
 Informaciones.    03/07/1976.  Páginas: 2. Párrafos: 12. 

El triple retorno del fascismo español

Por Ricardo DE LA CIERVA

A las pocas horas de cesar don Carlos Arias sólo puede adoptarse una actitud desde una posición de

periodismo histórico: saludarle con todo respeto y recordar, comunitariamente, sus momentos estelares de

expectación y dignidad.

Indicios para algo, hay muchos; pistas, algunas. Pero trazar hoy una primera síntesis serla especular más

que reflexionar. Me quedo, sobre el tema candente, con el titular que se nos ocurría ayer tarde, al filo del

asombroso teletipo de Europa Press a María Antonia Iglesias y a este cronista: Esperanzada perplejidad.

Quienquiera que hoy, viernes 2 de julio de 1976, diga que sabe más —fuera de cuatro personas

herméticas , miente o alardea. Volveremos, naturalmente, sobre el tema Arias; pero no cuando la crisis,

recién iniciada, dista de haber alcanzado la pleamar.

Conviene entonces centrar el comentarlo político en un doble suceso que no se va a agotar en esta crisis

(tremenda crisis, ya verán ustedes, sin que el adjetivo descarte la esperanza); y que gracias a la crisis

puede pasar, de momento, sin el subrayado de aviso que merece. Ese suceso consiste en el retorno, que ya

está encima, y por triple vía, del fascismo español.

En el sentido mss riguroso del término, la historia contemporánea española no ha conocido el fascismo.

El único proyecto fascista digno de tal nombre es el de Ramiro Ledesma Ramos pregonado —con tanta

impropiedad como barroquismo por Ernesto Giménez Caballero. José Antonio Primo de Rivera intentó

una adaptación española del fascismo; pero no puede decirse que la cuajase, sobre todo después de

aquella estupenda frase suya, enormemente profunda: «Para ser caudillo fascista me sobra una cosa: mi

sentido del humor.» Cuando el pensamiento de José Antonio avanzaba en sentido fascista ante la

bolchevización —el término es del propio Largo Caballero, que se lo aplicaba a mucha honra— del ala

izquierda socialista, sus confrontaciones personales, directas, con las experiencias fascistas de Europa

(incluyendo, no se olvide, la francesa), retrocedía hacia un nacionalismo autoritario que escapaba del

modelo´aceptado. Las circunstancias se echaron encima y José Antonio Primo de. Rivera culminó, en una

etapa final elevadísima, conciliatoria, la síntesis de la contradicción 7 de la soledad que configuró su corta

e Intensa vida política.

Los residuos acéfalos del fascismo español fueron asumidos y succionados por el franquismo. La Falange

de Julio de 1936 hasta abril de 1937 quiso orientarse hacia el fascismo —por su sector más autónomo—

bajo inspiración aleatoria de consejeros políticos alemanes; es decir, de la forma que menos cuadraba a la

herencia joseantonlana. El plumazo de Franco en la tarde de la Unificación creaba el franquismo como

movimiento político; pero anillaba para siempre cualquier posibilidad de la Falange Joseantoniana y del

fascismo mimético dentro de su régimen. Así surgió el llamado Movimiento; algo perfecta y

esencialmente indefinible; algo que para dejar de existir no ha tenido que morir formal ni políticamente.

Porque en realidad, y separado de Franco, no habla existido jamás.

Pero hete aquí que, evaporado el Movimiento al tibio calor de la reforma —incluso antes de que la

reforma se concrete y se acepte por un consenso suficiente de la opinión política global—, se perfila cada

vez con mayor claridad un retorno del fascismo. Retorno ficticio como tal retorno, ya que acabamos de

insinuar que el fascismo propiamente dicho no ha existido aquí nunca; pero real, indubitable, como tal

fascismo.

La primera vía lleva ya diez años en funciones: se trata del primer partido político permitido y aun

alentado por el régimen anterior; Fuerza Nueva, de don Blas Pinar, que ha dado una imagen pública de

extrema derecha; que en cierto sentido coordina una constelación de extrema derecha;—pero que en

realidad es un Intento fascista elemental e inequívoco. El adjetivo elemental no es un obstáculo; porque el

fascismo es un fenómeno europeo claramente elemental. El proyecto fascista de Fuerza Nueva no ha

fracasado por falta de ganas, ni por falta de símbolos, ni por base de masas, qué aunque corta, la tiene; ni

siquiera por presuntos apoyos económicos. La raíz principal de su fracaso ha sido su vinculación absoluta

al pasado; porque el fascismo originario ha sido, en medio de todas sus aberraciones, un movimiento de

futuro.

La segunda vía para un eventual retorno del fascismo español es el congreso de la unidad falangista, al

que, estupefactos, acabamos de asistir. Se ha tratado en él de resucitar, primero, él falangismo franquista

sin Franco; segundo, la Falange originaria sin José Antonio y sin Hedilla; como si un fenómeno

pulverizado en abril de 1937 se hubiera mantenido incorrupto cuarenta años y ahora pudiera

descongelarse y ponerse otra vez a andar. El congreso de la unidad falangista ha sido, por ello,

absolutamente antihistórico; y no le queda mas futuro que dedicarse a la critica autofágica de sus propios

antecedentes. SI no fuera porque entre sus factores figura algún representante de la Inclinación fascista

dentro de los años de mayor, aunque prestada, influencia de la F.E.T. En cambio, en el congreso se han

reunido bastantes jóvenes, que parecían buscar claramente un Jefe. Si los congresistas encuentran un Jefe

fascista con cualidades y los piñaristas consiguen evadirse de su obsesión por el pasado para reinventar el

fascismo del futuro, los dos anacrónicos intentos podrían convertirse en una seria amenaza para la

democracia española.

Y el jefe puede, quizá, salir del tercer intento: el fascismo institucional. Ahogadas por las emocio

nes de la crisis y por los lamentables juegos de palabras que se prodigaban en las sesiones, todo hace

pensar que en algunas instituciones del antiguo régimen se está incubando un movimiento político que,

privado de la protección y de la capacidad de asimilación y dilución que Franco confería al franquismo,

ya no podrá llamarse franquista, sino, si llega a concretarse, fascista. Las intervenciones de don Gonzalo

Fernández de la Mora y de doña Mónica Plaza en el Consejo Nacional van por ahí. Y atención, porque el

señor Fernández de la Mora, aunque instrumenta la historia al servicio de su concepción ucrónica de la

política, mira al futuro mucho más que al pasado, y tiene capacidad dialéctica para fascinar a quienes sólo

pretenden que otro piense por ellos, que son millares en el sector derechista de este país.

Pero conviene apuntar, en estos momentos confusos, dos Ideas: Primera, que lo que se puede estar

cociendo en esos medios no es una pervivencia del franquismo, sino una recreación del fascismo.

Segunda, que del fascismo institucional pueden salir el proyecto de futuro y el líder que falta

angustiosamente en las otras dos Intentonas.

Y, por fin, que sólo ia actuación de personas beneméritas y seguramente fecundas políticamente para

momentos decisivos —como, en prtmerísimo término, don Licinio de la Fuente—, puede compensar al

observador por la frustración que se deduce de otras intervenciones no ya inmovilistas, sino bizantinas1.

Cuando releamos dentro de unos meses, en el contexto de los gravísimos problemas que nos asedian, las

propuestas para cambiar el adjetivo dilatado, «para que no parezca que digamos que el régimen de Franco

fue demasiado largo», nos parecerá que la broma del sexo angélico era un prodigio de realismo político,

Claro que el futuro de Bizancio no parece que dependa mucho de cuanto se discute hoy, un día después

de la crisis Arias, en el antiguo y futuro Palacio del Senado.

Rícardo DE LA CIERVA

 

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