Autor: Alcocer, José Luis (CIUDADANO). 
   Militarismo y Ejército     
 
 El País.    22/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

POLÍTICA

EL PAIS,sábado 22 de octubre de 1977

TRIBUNA LIBRE

Militarismo y Ejército

JOSÉ LUIS ALCOCER

No cabe la menor duda de que uno de los temas sobre los que existe mayor expectación, es el relativo a

las reformas militares. En ese sentido, la designación del teniente general Gutiérrez Mellado, primero

como vicepresidente para asuntos de la Defensa y, posteriormente, como ministro de la Defensa,

constituyó, sin duda, una dilatada cuenta de crédito que abonaba la esperanza. El teniente general

Gutiérrez Mellado venia a ser, en el plano del Ejército, el trasunto más veraz de la reforma, la

personalidad castrense de la que era más dable esperar una mente moderna, abierta y prospectiva. Es

evidente que el general ha estado a la altura de esas esperanzas que en él se pusieron, y que estamos

asistiendo, por tanto, en una u otra medida, a los preámbulos de la reforma en profundidad de nuestras

Fuerzas Armadas. Obviamente, el primer reto que se plantea para el logro de dicho objetivo, es

estrictamente técnico. Pero no es el único. A nuestro juicio, una de las más graves dificultades que habrá

que vencer es, dicho con toda sencillez, lo que pudiéramos llamar «espíritu militarista». Y ese espíritu,

lejos de residir en los miembros de Vas Fuerzas Armadas, es mayorita-riamente un asunto de civiles.

Maniobra fascista

Efectivamente, asombra, a veces, observar cómo el Ejército español ha soportado con la mayor paciencia

del mundo, una maniobra nacida en las mentes más fascistas del país. A lo largo de muchos años, no ha

habido jerarca del Movimiento, a: cualquier nivel, que a la hora de justificar sus planteamientos políticos,

no apelase de una u otra forma al Ejército, A mayor mediocridad, del jerarca, mas intensa era la tonalidad

de la apelación. Sobre el, Ejército, en efecto, se ha dicho casi todo desde las áreas del poder. LO que tenia

que hacer y dejar de hacer, cuales eran sus valores, a qué estaba obligado, cuales eran sus techos de

resistencia y cuál su espíritu y su identidad. Y además, existía la tendencia a qué cualquier politiquillo de

tercera o cuarta división, se apoyase, de una u otra forma, en el prestigio y el crédito de los militares.

Todos conocemos numerosos ejemplos de personajes que cuando se hablaba déla posibilidad de su cese,

aducían qué tal evento no era posible «porque no lo tolerarían los militares»; Naturalmente, una vez

ocurrida la individual y casi siempre saludable catástrofe, no se producía ninguna sublevación. El político

que Iraeréídp.(y, sobre: todo, ha dicho) que de desapaíe-ser él, los militares desenvainarián, ha sido un

episodio frecuente y ridiculo en una clase de hombres públicos, sin entidad y sin grandeza. Algo, en

suma, que pertenece a lo peor del inmediato pasado.

Más grave es, sin embargo, lo que está comenzando a ocurrir ahora. No hay .que olvidar que vivimos un

tiempo eri que las posibilidades de las distintas formaciones políticas están todavía a mitad de su

rendimiento. Ningún partido en presencia es aún lo que debe ser. El clima atmosférico de la vidapública

adolece, en cierta medida, de algo asi como irrealidad, inverosimilitud. Hoy eti día hay cosas que casi

nadie puede explicar razonablemente cómo han venido a ser reales, pero en las que todos entran, a las que

todos hacen el juego. Determinadas posturas de al-gunas zonas de la derecha, sólo se mantienen por la

timidez de la izquierda ante la decisión de hacer o no hacer el análisis correcto. A fuerza de ser-, digamos,

realistas, empieza a suceder que aquí nadie sabe a qué atenerse respecto a posiciones y a identidades. Y es

en esté contexto de descoloca-ción, de adulteración de posturas, nombres y hombres, en donde empieza a

surgir de nuevo una utilización indebida del Ejército; es decir: una forma larvada (quede claro que tanto

en la derecha como en la izquierda) de militarismo.

Airear el pinochetismo

Hace sólo unos días, en el curso de una cena celebrada en el Club «Siglo XXI», Ramón Tamames decía,

con acierto, que ya estaba bien de airear el fantasma del pinochetismo. Uno piensa que Tamames tenía

razón, pero que se le olvidó decir que el primero que había citado a Pinochet era, precisamente, su

correligionario Marcelino Camacho. Causa cierta perplejidad ver cómo la izquierda trata de cubrir la

nómina de sus insuficiencias apelando a la posibilidad de una intervención militar para la que no existe ni

una sola condición objetiva. Justificar ante la propia clientela, una actitud más o menos conservadora o

pactista, en nombre de un peligro militar, es una forma como otra cualquiera de mentir. Para hacer lo que

hace, y para dejar de haeer lo qne;no hace, la izquierda tiene el estricto deber de apelar a razones

simplemente políticas,no dé otra estirpe. Esgrimir ante las propias bases el fantasma de la intervención,

además de deformar la realidad, es hacer «militarismo» en hueco, militarismo de mala índole.

Y ño digamos la derecha. ¿Cuántas resistencias al cambio, cuántos residuos de injusticia, cuántas

lentitudes y parálisis se tratan de justificar en nombre de los presuntos techos de resistencia

presuntamente impuestos, de una u otra forma, por el Ejército? La verdad es que la derecha española ha

utilizado siempre al Ejército de una forma infame, como cosa propia indiscutible, como fuerza

teóricamente a su servicio, como justificación última de que el desmán era necesario y la falta de equidad

inevitable. El mayor susto que se ha llevado la derecha española en toda su vida ha sido en abril de 1974,

cuando las Fuerzas Armadas portuguesas demostraron que se podía concluir con el fascismo en

veinticuatro horas; sin que pasara absolutamente .nada. ¿Quién no recuerda los denuestos de numerosos

prohombres del franquismo contra el Ejército portugués? Desde imputaciones de cobardía a acusaciones

que recordaban algo así como «el oro de Moscú», La derecha se asustó mucho¡ sí. Muchísimo, incluso.

Ante una reforma

Nos encontramos, ahora, con una reforma de nuestras Fuerzas Armadas, puesta en marcha y en punto de

realización. Ante esa reforma se nos ocurre plantearnos una pregunta que nos parece bastante ilustrativa:

¿por qué de una vez, tanto la izquierda como la dere´cha no dejan ya al Ejército en paz"? ¿Por que no

dejan dé hablar de pinochetismo los unos y de trascendentalismo los otros?, ¿cuándo nos vamos a dar

cuenta de que él militarismo, en este país, es una cuestión que sólo afecta, al parecer a los civiles, y de

entre ellos, muy particularmente, a los fascistas? Piénsese, por ejemplo, que las leyes que afecten a las

reformas militares tendrán que pasar por las Cortes, y que esas leyes importan, que son necesarias para

una comunidad occidental, inserta en unos condicionamientos generales de economía,

tecniñcación,estrategia y defensa. Mientras la izquierda expliqué, con la amenaza del Ejército, lo que

tiene el deber de explicar de otra manera; mientras la derecha siga usando al Ejército como pretexto para

sostener determinados status, seguiremos imposibilitados para abordar el problema de unas Fuerzas

Armadas que necesitan adecuarse a los tiempos que corren, que necesitan ser dotadas suficientemente y

racionalmente para poder cumplir su función defensiva. Jan negativo nos parece en función dé ese

propósito el militarismo propio de la derecha tradicional, como el antimilitarismo clásico de la izquierda.

Son, hoy día* en uno y otro caso, coartadas de debilidad teórica y excusas de mal pagador.

 

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