Autor: Marías Aguilera, Julián. 
   Ganar tiempo y perder el tiempo     
 
 El País.    24/08/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Ganar tiempo y perder el tiempo

JULIÁN MARÍAS

En términos absolutos, nueve meses —la edad de la naciente Monarquía española— no es mucho tiempo;

si se compara su proceso con la increíble inercia casi mineral del régimen anterior, en que mínimas

variaciones requerían lustros, no son pocas las cosas que han pasado, aunque no siempre pueda decirse

que se han hecho. Pero si se examina el ritmo de estos meses, lo que pudiéramos llamar el uso del tiempo,

el argumento de la vida pública, no puede evitarse la preocupación.

Me refiero directamente a España, pero creo que, con algunas trasposiciones, un esquema muy parecido

podría aplicarse a los países de la América hispánica que tratan de constituirse o reconstituirse, de

emprender una vida ..histórica que no sea una pesadilla. Y, con mayores variaciones, algo no del todo

diferente sucede en la mayoría de los países del mundo actual. Lo cual nos llevaría a pen.sar si el

fenómeno que nos inquieta no será acaso más que la fase aguda de un carácter general de nuestro tiempo.

La pareja Gobierno-oposición. que tanto se usa, es confundente. No son dos los términos que intervienen

en la vida política, sino tres o acaso cuatro. El Gobierno no acaba de gobernar; tiene una iniciativa muy

reducida; está condicionado por fuerzas superiores a él, que gravitan pesadamente sobre sus proyectos —

si los tiene—; su legitimidad es puramente legal —y la legitimidad social de esa legalidad jurídice dista

de ser evidente, lo cual le impide ejercer en plenitud sus funciones y le da un aire de provisionalidad

bastante peligroso; creo que, aunque se sintiera provisional, debería actuar como si no lo fuera, del mismo

modo que en la vida personal proyectamos con cierta holgura, aunque sabemos que podemos morir esta

misma mañana.

Las fuerzas que de hecho tienen el poder... Bueno, tengo que rectificar antes de errar demasiado. Las

fuerzas a que me refiero tienen ia porción mayory más «disponible» del poder, algo así como los recursos

«líquidos» en la economía. En rigor, nadie tiene hoy el poder en España, y esto es lo que habría que

aclarar pronto.

Pues bien, esas fuerzas son residuales. No tienen futuro porgue no tienen proyectos. Su función podría ser

actuar de contrapeso, de recuerdo, de fiscalización del cambio en nombre de un pasado que —nos guste o

no, por poco que nos guste— es real, forma parte de la realidad española; impedir que se parta de cero, es

decir, conjurar el primitivismo. Esto sería útil, podría ser su justificación histórica, la manera de

compensar las graves deudas que han contraído con el país durante su larga administración sin cuentas.

Pero no es esto lo que hacen. Han reducido su programa a ganar tiempo. Con escalofriante falta de fe en

sí mismas y en lo que han proclamado durante tantos años, se limitan a «seguir» usando del poder algún

tiempo más. «Ya llevamos mieve meses» —es posible .que murmuren algunos—. Con un poco de

habilidad —y la cooperación de los que se profesan sus más encarnizados enemigos—, podrían «estirar»

los plazos; seguir ganando tiempo. ¿Hasta cuándo? Hasta que el deterioro de la sociedad haga imposibles,

a la vez, esa operación dilatoria y el comienzo de una etapa nueva, creadora, actual, es decir, futura.

No se plantean los problemas importantes

El Gobierno, frenado y limitado por esas fuerzas residuales de las que en tantos sentidos depende, está

condicionado en lo que podemos llamar su actividad por la presión, las peticiones, las quejas, las protestas

de la oposición «oficial». Su actividad es más bien reactiva, destinada a satisfacer esas demandas (sin

darse cuenta quizá de que nunca se considerarán satisfechas).

La consecuencia de esto es la ausencia —ya inquietante— de un argumento político, de un intento de

plantearlos problemas verdaderamente urgentes e importantes. Mis recuerdos de la República —muy

vivos, a pesar de mi juventud durante su corta vida— me hacen ver con ojos preocupados lo que está

aconteciendo. El Gobierno de la República, desde el comienzojse dedicó a complacer, contentar,

apaciguar o frenar a los grupos que lanzaban sus deseos o iprichos, sus intereses particulars, sus manías u

obsesiones históricas. Durante algún tiempo areció que lo más urgente era deibar la tapia que separaba los

cementerios eclesiásticos de los cementerios civiles: por lo visto, los nuertos no podían resistir ni una

•emana más, aquel muro de ladrilo, aunque ello contribuyese a le´antar otros más altos entre los vi´os. Que

desaparecieran los cruciIjos de escuelas y hospitales, y las nonjas de estos últimos, era tamlién urgente;

aunque a los pocos neses tuviera que llamarse a las Germanas de la Caridad por falta 3e enfermeras

competentes. Mienras se hacía una admirable política losiliva, afirmativa, creadora en el :ampo de la

educación —creación Je innumerables escuelas e instituos, de la admirable Universidad nternacional de

Santander, autolomía universitaria que llevó a naudita perfección a buena parte le la Universidad

española, iesarrollo del Centro de Estudios listóneos— se intentaba una rebrma agraria demagógica,

perturlada desde el primer momento por ^1 increíble egoísmo de las derechas y por la absurda ley de

términos municipales.

Se introdujeron temas divisivos, capaces de provocar la discordia, en lugar de unir al país en una empresa

capaz de arrastrarlo en una oleada de entusiasmo: expulsión de los Jesuítas, Con un burdo pretexto legal;

amenazas verbales a la unidad nacional, sin promover el verdadero desarrollo y prosperidad de las

regiones; reforma del Ejército, para asegurar su adhesión, con los resultados tan brillantemente

demostrados cinco años después. Y cuando las derechas triunfaron en las elecciones de 1933, después de

un programa hipercatólico destinado a salvar las instituciones amenazadas, perdieron súbitamente su

interés por tan elevados fines, y prefirieron reducir bruscamente, hasta los límites de la miseria, los

salarios de los obreros y campesinos, ligeramente humanizados en el bienio anterior. Y, por supuesto, la

evasión de capitales por parte de unos y las huelgas irresponsables, perturbadoras, por parte de los otros,

hicieron todo lo posible por hundir una economia ya gravemente comprometida por la crisis internacional,

y que reclamaba mayores y más inteligentes esfuerzos para salir adelante.

Si se toma un periódico español —EL PAÍS, nacido ya en esta fase política, .sería él más representativo—

y se mide el espacio destinado "en sus columnas a los diferentes temas de que se habla, no puede menos

de sentirse un escalofrío. ¿Es eso lo que realmente importa? ¿Son estas dos docenas de personas cuyos

nombres y fotografías vemos a diario las que verdaderamente cuentan? ¿Son esas cuestiones que a toda

hora se comentan las que van a decidir la prosperidad, la libertad, el equilibrio de España? Eso que se

pide todo el tiempo, ¿es lo que los españoles efectivamente quieren?

Consenso minado

Nunca me he s´entido representado por unas Cortes que no he elegido,*ni por las demás instituciones

complementarias. El consenso que, por mil razones, positivas y negativas a la vez, consiguió hace nueve

meses la . Monarquía, y que puede ser el núcleo de una plena legitimidad social, se está minando desde

dos frentes; por la puesta en cuestión .artificial de esa institución como tal, y las coacciones ejercidas

sobre ella para impedirle crear una figura original y atractiva y as´umir sus . funciones propias y eficaces.

Tampoco me siento representado por grupos políticos a los que no he prestado mi adhesión, encabezados

con demasiada frecuencia por residuos del régimen pasado, promotores, fundadores, entusiastas de lo que

ya hace cuarenta años me parecía inaceptable, que tratan de compensar todo ello con una mera inversión

mecánica de sus posturas.

La política no puede consistir hoy ni en «ganar tiempo» ni en «perder el tiempo». Debería intentar, más

bien, reducir los puntos de fricción, aplazar para más adelante las cuestiones secundarias y los matices,

renunciar a los motivos de discordia, enfrentarse con la empresa difícil de salvar la modesta prosperidad

del pueblo español —ya tan comprometida—, devolverle su plena libertad, eliminar los podres

«paralelos», asegurar el estricto respeto a la vida, a la expresión de las opiniones, a las diferencias, a la

proyección histórica de España.

 

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