Autor: Ventura, Vincent. 
   El Régimen, contra el Gobierno     
 
 El País.    17/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, domingo 17 de octubre de 1976

OPINION

TRIBUNA LIBRE

VICENTVENTURA

El otro día. en Madrid justamente, encontré a un amigo catalán det que recibí amistad y ayuda durante

una larga estancia que hube de hacer en París, el año 1962. para no ser llevado por las buenas a

Fuerteventura. Con to. do. cuando regresé, aún se me obligó a residir alrededor de medio año a 100

kilómetros de distancia de mi domicilio habitual.

El amigo, que estaba exiliado desde que terminó la guerra en la que fue perdedor, ha conservado siempre

una gran lucidez política. La sigue conservando y desde ella expresó muy claramente, a mi juicio, lo que

está pasando estos días con la «reforma» Suárez:

—Es una lucha del Régimen contra el Gobierno. Si este Gobierno pierde, ¿gana el Régimen o gana la

oposición?

Y esas es, creo yo. la clave de la cuestión. No es que el Gobierno Suárez esté a favor de la oposición, ni

mucho menos. Está a favor de un cierto continuismo que los «cachorros» del neofranquismo querrían

protagonizar. Se trata de controlar el «cambio» a favor, naturalmente, de los controladores. De ahí los

nombramientos de la última tanda de gobernadores civiles y jefes provinciales del Movimiento. Cuando

la sabiduría política de Gil-Robles «el Viejo» preguntó el otro día. en e! discurso del Colegio Mayor Pío

XII de Madrid mal nombre para un «agiornamientto»~ se se iba a desmontar el Movimiento y se iba a

ahorrar su elevado presupuesto, estaba poniendo el dedo en la llaga. Porque lo que Suárez quisiera —si le

dejara el Régimen, es decir, si le dejarán los que no quieren siquiera que algo cambie para que nada

cambie, sino que quieren que no cambie nada absolutamente para que absolutamente nada cambie— es

ganar las próximas elecciones. Es decir, que las gane una coalición de fuerzas políticas surgidas del

Régimen precisamente. Pero el Régimen no se fía del •aperturismo» y hace bien. Por cualquier

aperturismo puede colarse la democracia.

Lo cual es El Régimen, contra el Gobierno malo para la salud del Régimen autocrat ico que los últimos

cuarenta años ha estado mandando y que quiere seguir mandando igual, como si nada hubiese pasado;

como si nadie se hubiera muerto; como si nadie hubiera nacido y estuviéramos todos, aún, con la cartilla

del país en otra. Y con las puertas de tas cárceles y las de los cementerios, en la perspectiva de tantos y

tantos.

De ese Régimen, de esa dictadura, ¿cómo se puede salir? ¿Qué resquicios de acceso se pueden encontrar

para sustituirlo en lugar de continuarlo? ¿Qué puede hacer la oposición además de intentar su difícil

unidad que va contra la naturaleza misma de la democracia? Porque proponer primero la democracia y

luego (as diferencias es suponer que se trata de la misma democracia y que todos renuncian a dominarla a

cambio de poderla usar. La democracia no suprime la dialéctica de la contradicción entre las clases, ni el

comprensible empeño de no ser excluidos y de, por el contrario, ocupar una posición sólida en el punto de

salida hacia ella.

Si analizamos lo que ha ocurrido con las dictaduras de los últimos cuarenta años, que son los años que ha

durado la última y más larga de este país, al menos por lo que se refiere a la Edad Contemporánea,

veremos que su desaparición no sirve como modelo. Las de Italia y Alemania acabaron a manos de la

victoria de los aliados durante la última guerra mundial. Tal eventualidad no cabe esperarla en nuestro

caso y ni siquiera es deseable. Sería un precio demasiado alto el que habría de pagar el mundo entero.

¿La griega? Puede ser un modelo más próximo, aunque en Grecia fueron los mismos militares —una

parte de ellos— los que neutralizaron a los «coroneles» y los sustituyeron por políticos derechistas. Para

los USA, para la OTAN, la situación creada por los «coroneles» había llegado a ser insostenible, sobre

todo a causa de sus intervenciones en el asunto de Chipre, que amenazaba con destruir el difícil equilibrio

de fuerzas en Europa. Puede decirse que Chipre fue, a través de la OTAN, un factor decisivo que no se da

en el caso de este país. Aquí, lo que conviene a la OTAN, la carta que juegan los USA, sobre todo

después de los «peligros» reabsorbidos por Eanes y Soares, en Portugal, es la transición sin dramatismo,

el «cambio». La «reforma. Suárez tiene, por consiguiente, a la OTAN de so panr, aunque preferirían que

se tratara de un «cambio» hacia la democracia con oposición que tarde muchos años en llegar hasta el

Gobierno. Cuantos más mejor.

Tampoco es probable que se dé aquí el modelo portugués que, por lo demás, ha venido a parar en una

situación tan moderada como pintoresca, con un líder socialista devolviendo las tierras a los

terratenientes. Aquí la situación portuguesa que dio con el caetanismo en tierra, se dio en 1898. No es la

descolonización lo que puede producir aquí movimientos políticos de alguna envergadura. Aquí se ha

abandonado el Sahara en manos de Hasan II. sin dolor, como los partos en las madres educadas

previamente para no advertirlos. Y no queda nada más por descolonizar.

En este país, las leyes «refoimistas». que tienen al final lo que habrían de tener al principio, es decir, una

ley electoral y un sistema de controlar las elecciones, cuestiones previas ambas, que habrían de ser

discutidas y acordadas con una oposición, de ese modo, oficialmente reconocida y aceptada, van a pasar,

están pasando ya. por la «legalidad» vigente. Y, por consiguiente, ¿cabe esperar que esa «Ilegalidad» esté

dispuesta a comprobarse con el paso de la ley Suárez por el Consejo Nacional. Se verán más cosas

todavía si llega a pasar por las Cortes, es decir, si no hay, antes, algo que la instaure por las buenas.

Porque está contra la naturaleza de las cosas que aquellos que han disfrutado de una situación de dominio

en exclusiva durante los últimos cuarenta años, puedan ir contra sus intereses, contra su supervivencia en

tanto que políticos —y hasta quizá contra su impunidad ante los tribunales ordinarios de justicia en

algunos casos, no sé si muchos o pocos, sólo la «transparencia» democrática podrá decirlo cuando

llegue— aceptando una ley que por corta que se quede —y se queda mucho— para la oposición, es

demasiado larga —y demasiado laxa para los inmovilistas. Pero es una ley hecha a la medida de los

«cachorros* del «continuismo» y, por consiguiente, contraria a los veteranos de la autocracia que se

fefienden poniéndole objeciones «legales».

Está la oposición, tolerada, ilegal, pero ya no clandestina, a la que. sin embargo, se le detienen dirigentes

de vez en cuando, y de cuyas filas son los más de treinta muertos que se han producido en la calle desde

el mes de noviembre pasado hasta hoy. Pero esa oposición, sin televisión; sin radio; sin prensa; sin

legalidad, sólo tolerada, ¿cómo puede movilizar las masas para que éstas presionen hacia la democracia?

Es cierto que esos movimientos han existido y existne, pero, ¿no son consecuencias de situaciones

criticas, más que de «convocatorias»? Vitoria; Euskadi últimamente; ¿a qué resortes han obe

decido? Ciertamente ha habido manifestaciones increíblemente numerosas para celebrarse como se han

celebrado, contra toda clase de obstáculos, pero, con todo, ¿puede esperarse que sea ese el sistema para

llegar hasta la legalidad mediante elecciones con ley y control pactados previamente con el Gobierno?

Sería esperar demasiado de algo que ese mismo Gobierno puede recortar, limitar, enrarecer como ya lo

está haciendo. Las manifestaciones se confinan ahora, por ejemplo, a lugares de extrarradio ciudadano, si

es que no pueden ser simplemente impedidas. , Estas reflexiones no quieren ser pesimistas ni optimistas.

Ni puedo terminarlas con una fórmula mágica. No hay fórmulas mágicas. No hay ni siquiera modelo

repetible como hemos visto examinando de qué forma acabaron las dictaduras europeas de los últimos

cuarenta años. El anacronismo —por no citar más que una de sus notas, lamenes «conflictiva» desde el

punto de vista de la ley de Prensa del Régimen es evidente. Pero él sólo tardará demasiado tiempo en

acabarlo. ¿Apelar a la voluntad democrática de los que desde «dentro» del Régimen quieren abrirlo? Se

trata de que «quieran» abrirlo de verdad y de que «puedan» hacerlo. Porque de otro modo, la única

posibilidad que queda es continuar movilizando desde la calle, con los medios al alcance —que son

pocosy con la difícil unidad, la voluntad democrática de la ciudadanía. Es el único camino, pero es un

camino largo. Y durante su tránsito, los pasos atrás del Gobierno, defendiéndose contra el Régimen, o del

Régimen, ganándole la batalla al Gobierno por momentáneamente que sea. pueden ser mucho más

retardatarios todavía.

Como se ve. en política, no hay partos sin dolor. Alumbrar la democracia va a costar trabajos y días.

Salvo que instancias más decisivas y «fácticas» se decidan a acortar el tiempo.

 

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