Autor: Navarro Rubio, Mariano. 
   La palabra mala     
 
 ABC.    20/12/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

LA PALABRA MALA

HE dejado pasar unos pocos días, deliberadamente, en espera de que la declaración del nuevo Gobierno acabase de recoger los merecidos aplausos que provoca el esperado anuncio de la nueva «democracia española». Sobre este punto, sin duda importante, quiero añadir también mis plácemes más elogiosos.

Espero que el Gobierno sabrá constituirse en Ponencia, nacional y logrará, por fin, un pacto político de amplia base en el que intervengan todos los grupos españoles dispuestos a este juego. Los extremismos no juegan, (porque no son democráticos. Y los que sirvan al extranjero tampoco, porque no son españoles. Resulta feliz y prometedor este Planteamiento.

Pero echo de menos que no se baya pronunciado una palabra que está siempre en la mente de todos los que nos ocupamos de problemas económicos. Y también de quienes la sufren en España entera. No se había para nada de inflación. NI siquiera se cita una sola vez este nombre. E», desde luego, una palabra mala, una especie de aguafiestas político que nos Done muy tristes cuando empezábamos a estar contentos con nuestros planes. Pero qué le vamos a hacer; por mucho que se silencien los estragos de esta peste económica, la peste existe.

Los forjadores de la nueva «democracia española» piensan, por lo visto, que lo primero es modelar la democracia y. luego ocuparse de los problemas que nos afligen. Si así opinan cometen, sin duda, un serio error. Recuerdo, a este respecto, una conocida humorada de Chesterton. Preguntaba el ilustre escritor a un maestro, a modo de «test» profesoral: «Pava enseñarle latin a Juan, ¿qué es lo prímero que debe saber?»

«Pues lo primero que debo saber —según pienso— es latín.» «No, señor —replicó el escritor—, lo primero es conocer a Juan.» Para lograr una democracia que solucione los problemas españoles, lo primero es conocer los problemas españoles. Y el más decisivo de todos, el problema de los problemas, es el de la inflación (esa palabra mala que no se pronuncia ni siquiera por los políticos, porque es tanto como mentar la soga en «asa del ahorcado).

De nada sirve montar una estructura democrática----echando al olvido—el problema más vengativo—, levantando el más maravilloso aparato político que imaginarse pueda, si luego viene iodo ese cortejo fatal de Jos fenómenos inflacionarios misando poco a poco, o con golpes de embate, los cimientos sobre los que se funda toda la solidez de la vida española. Se habría de despertar un día una especie de hada madrina dando, con su varita mágica, el más oportuno toque reformista a todos los problemas que han venido planteando nuestros políticos más perspicaces y seguiríamos camino del despeñadero hasta, que no atacásemos resueltamente las causas de la inflación. No habrá panorama optimista en la vida política española mientras no vuelva la confianza en la vida económica. No haremos más que edificar sobre la aireña. Cuando se presente una fuerte sacudida de este ciclón económico-social iodo empezará a conmoverse con la seria amenaza de venirse pronto abajo hasta el tinglado constitucional que pueda montarse.

Algunos piensan —según parece— que este problema nos puede venir resuelto desde el extranjero como fruto de una colaboración internacional que ahora se nos muestra propicia, mientras antes se nos volvía de espaldas del modo más despectivo. Aparte de que el extranjero tiene ya bastante con sus propios problemas, se me ocurre recordar, sobre este punto, una chanza que un buen día me gastó uno de más colaboradores en los tiempos de mi gestión ministerial. Al ministro de Hacienda, al menos en aquella época, se le dirigían con insistencia algunos arbitristas, ofreciéndole soluciones fáciles y rápidas para curar de una vez los males del Fisco. Se podría, recoger un anecdotario muy curioso en el que no faltarían los nombres de personajes muy relevantes de la vida política española. Un día en que estábamos muy preocupados con unas peticiones de crédito, a nuestro juicio muy desorbitadas, presentadas por determinados ministros comúnmente llamados sociales, uno de los directores anunció que, después de mucho pensar sobre el tema, creía tener el (problema resuelto. Bastaba con una ley en la que tan sólo existiesen dos artículos. En el primer artículo se diría que todos los españoles sin excepción percibirían un sueldo de medio millón de pesetas como mínimo. No había hecho más que soltar el contenido de su primer artículo cuando todos los que estábamos presentes seguimos sonrientes el chascarrillo y le pedimos nos contase lo que debía decir el articulo segundo. El artículo segundo resolvía, a su juicio, completamente el problema. Podía (redactarse, más o menos, en los siguientes términos: todo lo que falte en España para conseguir lo que establece el artículo anterior que lo ponga el extranjero. Son muchas las veces que me acuerdo de este famoso artículo.

Del extranjero no puede venir nada que pueda alterar sustancialmente el tratamiento específico que debemos dar a nuestros propios problemas económicos. Hemos de afrontarlos resueltamente nosotros mismos. Conocerlos en toda su profundidad para descubrir la forma de extirpar sus raíces más hondas. Es lo propio, por otro lado, de cualquier etapa que se precie de renovadora. Hay que buscar las fórmulas más idóneas, capaces de ofrecernos una solución —o un sistema de soluciones— razonablemente estimables como válidas. Y, en su consecuencia, establecer el montaje político que resulte más aconsejable. Porque no son los problemas, para los montajes políticos, sino los montajes políticos para los problemas.

Desde luego, parece bastante claro que los actuales sistemas democráticos del mundo occidental no pueden con el problema de la inflación. Copiar, sin más, modos democráticos de países próximos a nosotros que están resultando manifiestamente ineficaces y enredosos, me parece sencillamente una torpeza política de tamaño histórico. Este tipo de democracia, que en las actuales circunstancias no puede con el problema de la inflación, sencillamente no sirve. Si lo adoptásemos —porque en política todo es posible—, la inflación terminaría por arruinar nuestra propia democracia. Y todo lo que con esta palabra se envuelve.

Los que queremos ser positivos por principio, debemos buscar siempre la forma de dar la vuelta, en sentido esperanzados a los asuntos más graves, Y no por pura compensación de psicologismo conformista, sino porque la experiencia nos demuestra que se puede y debe sacar partido de todas los situaciones. Se puede convertir esta inflación desencadenada que padecemos en un factor desencadenante de esa profunda transformación política que debe operarse en nuestras viejas democracias, si queremos colocarlas a la altura del momento presente.

Al hilo de los problemas que viene planteando el fenómeno inflacionario, hay que buscar las soluciones congruentes. Frente al planteamiento macroeconómico, el empresarial. Ante la inseguridad económica, la concertacíón asegurada por el Estado. Ante la marginación de fuerzas sociales como la de los consumidores, su organización y presencia activa en los pactos nacionales colectivos. Frente a los pactos abusivos, el arbitraje. Ante la desintegración de los elementos de una empresa, su integración.

E* engañoso combatir tan sólo ios efectos de la inflación. Hay que ir a las causas. Y la cansa más profunda y decisiva es de carácter político. Se llama debilidad institucional del sistema para resistir las presiones interesadas de los empresarios y los sindicatos obreros. Los parlamentos a la usanza clásica no sirven. Los Gobiernos no pueden. Por este motivo, entre otros, debe abrirse una nueva vía democrática que tome en cuenta el juego de las grandes organizaciones, las neutralice en su propio terreno y someta las contiendas a una regla de arbitraje. Esta es, en síntesis, mi propuesta, reseñada del modo más elemental, entre otras razones porque ahora no tengo más espacio.

Si alguien encuentra otra solución mejor, debe decirlo. Seré el primero en felicitarle con toda sinceridad y alivio. Lo que no se debe hacer es abandonar el problema en el desván de los casos perdidos, porque resulta incómodo y expuesto a malquerencias de toda clase. Para mi apreciación no es así. Será duro; pero prometedor y fecundo. Tan fecunda que todavía estamos viviendo de las rentas políticas de un enfrentamiento decidido que hicimos hace más de quince años.

La inflación es desde luego, una palabra mala, exigente. Se comprende que a los políticos no tes guste emplearla cuando se sienten inclinados a tratar problemas mas fáciles. Obliga a mucho, es un reto muy serio. Pero la política que no ataca este problema, no puede merecer, en modo alguno, el calificativo de buena. Sobre todo para los que vengan detrás, una vez agotadas las reservas con las que todavía contamos para planear el ataque con la indispensable cobertura financiera.

Quiero creer que el planteamiento de este problema ha quedado para la declaración programática que el propio Gobierno anuncia. Especo confiado en que así sea. Le deseo el mejor de los aciertos.

Mariano NAVARRO RUBIO

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