Autor: Meilán, José Luis. 
   España vertebrada     
 
 ABC.    31/12/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

ESPAÑA VERTEBRADA

EN 1922 publicaba Ortega y Gasset la primera edición de su «España invertebrada». Varías generaciones de españoles, entre las que me encuentro, hemos afinado el gusto intelectual con su lectura. En este libro se habla, como es sabido, de un doble fenómeno de desintegración: el que produce la disociación de las clases sociales y el de la insolidarídad que por la miopía de unos y la exacerbación de otros presentaba entonces —y aun había de acentuar más tarde— una faz dramática. Me refiero al regionalismo. La desintegración, o lo que él llama el particularismo, que «las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte», es la nota negativa de la situación que analiza con su natural capacidad de sugestión y cuya causa no está tanto en las regiones como el comportamiento parcial del Poder central.

Muchas cosas han ocurrido desde aquella fecha; pero la vertebración de España, tanto en lo que se refiere a clases sociales y sectores ideológicos, como a las regiones, sigue necesitando imaginación política para tratarla sin superficialidades ni recelos.

Parece que ahora circulan vientos favorables después del magnánimo testamento de Franco —cuyo pensamiento había quedado suficientemente explícito, de otra parte, en el prólogo a la obra de Víctor Pradera hace treinta años— y del solemne mensaje de la Corona. Es de esperar —y la declaración del nuevo Gobierno presta fundamento— que de ahora en adelante esta cuestión política quede limpia de anatemas y de brumas —y nadie tan apropiado como un gallego para lograrlo — y sea también limpiamente abordada. Que la bandera del regionalismo pueda ser enarbolada justamente por quienes amamos la libertad.

La Monarquía ofrece una oportunidad espléndida para conseguir ese ideal que a Ortega desazonaba de la vertebración de España. La Corona conserva todavía vestigios de cómo cumplía esa función antes de qué la soberanía se configurase como título abstracto del Poder. A la Corona se vincula el señorío de Vizcaya, el principado de Asturias, el condado de Barcelona y tantos otros que son muestras inequívocas del enraizamiento de la Monarquía en las distintas partes que componen el todo nacional, a la vez que es el símbolo máximo de la unidad. Fiel a su sangre, al referirse a la «diversidad de pueblos que constituyen la sagrada realidad de España», lo ha proclamado Don Juan Carlos con personal gallardía: «El Rey quiere serlo de todos a un tiempo y de cada uno en su cultura, en su historia, en su tradición.»

El momento es propicio: hay buena orientación en la cumbre, sensibilidad en el Gobierno, deseos en la sociedad y una larga y riquísima experiencia sobre lo que se debe hacer y evitar. Dos son, fundamentalmente, a mi juicio, los objetivos de esa vertebración del país: de un lado, articular ese peculiar modo de participación política que es la región; de otro, decidir cómo va a configurarse la convivencia de los españoles sobre este viejo solar.

El primer tema, del mayor fuste político y de una actualidad innegable, ha sido tratado de diferentes maneras en países del mundo occidental. No es del caso examinar aquí qué ha pasado en Italia, en Francia, en Bélgica, en el Reino Unido, y lo que ocurrió hace mucho más tiempo en Alemania, por circunscribirnos a Europa. Baste señalar que en todos ellos, por debajo de presentaciones académicas, se encuentra uno, como no podía ser de otro modo, con condicionamientos políticos, a veces de pura estrategia, para el acceso al Poder.

Entre nosotros hace cincuenta años lo intentó honestamente alguien tan poco sospechoso de revolucionario como Calvo-Sotelo. El libro tercero de su Estatuto Provincial estaba dedicado específicamente, sin subterfugios, a la región. «Ir a la región —decía— a través de una mancomunidad mterprovincial me parecía sencillamente absurdo... La región es cosa muy distinta y, desde luego, superior.» Bien sé que cuando resume, en su libro «Mis servicios al Estado», su gestión pública no deja de reconocer que en su ánimo había sufrido «cierta crisis la idea regionalista». Razones tenia para ese desfallecimiento en la amarga experiencia que había presenciado. Pero aún así se reafirma en ese ideal político —no meramente lírico—, aunque insista que para él está envuelto «en penumbra y entre interrogantes ciertas posibilidades del mismo».

A esta actitud de ánimo contribuía su convicción de que había un «problema previo de pedagogía, sin resolver el cual parece utópico adentrarse en los horizontes regionales». En 1975, después del impresionante esfuerzo realizado y aun siendo consciente de lo que queda por alcanzar, me resisto a admitir que ese problema previo sea una auténtica limitación para encararse sin demoras con esta cuestión pendiente. En este proceso de «búsqueda del tiempo perdido» que acabamos de inaugurar resulta estimulante el juicio de Calvo-Sotelo en carta a Primo de Rivera en los comienzos de su labor: «Ante este problema de psicología colectiva y de sentimiento popular, la política de fuerza, de intransigencia, es infecunda.»

Los años transcurridos hacen más apremiante su solución y permiten hacerlo mejor, librándose de trampas falsamente democráticas; liberación, a mi entender, de dogmatismos maximalistas y desencarnados que quieran imponer la región de una manera uniforme y homogéneizada. Principio básico, por el contrario, debe ser el de la voluntad popular. No región impuesta desde el centro; región nacida desde abajo y que responda a los postulados de participación, autonomía y solidaridad nacional. Me parece que muchos de los fantasmas se desvanecerían y que los planificadores se llevarían más de una sorpresa. El ordenamiento jurídico ha de permitir que se manifieste esa voluntad; donde no exista o sea enteca no surgirá la realidad de la región, sin olvidar que quizá existan provincias que prefieran organizarse bajo una carta provincial con suficiente flexibilidad y autonomía.

El otro tema apuntado va ligado a esa pregunta que repetidamente hemos de hacernos: ¿qué España queremos? No sólo en su esqueleto constitucional; también en aquello que lo llena y anima. Cómo vamos a vivir sobre esta piel de toro: ¿arracimados en conturbaciones sorprendidas rodeadas de vastos desiertos?, ¿concentrados en lo que hasta aquí son las zonas desarrolladas? Las preguntas van dirigidas a qué tipo de vida queremos definir para nosotros mismos. Muchas cartas están ya echadas; pero muchas decisiones pueden tomarse todavía.

Entiendo que este ideal de la España vertebrada es hoy más factible. Es cuestión de planteárselo como una tarea especifica de gobierno. Se trata de liberar todas Jas potencialidades que existen en las regiones, que surgen del enraizamiento en la tierra, de la ligazón a una cultura, a una tradición. Es también disponer las cosas para que el hombre sea más libre de los condicionamientos que el territorio impone injustamente como discriminación.

Todo ello se orienta a una empresa colectiva: construir entre todos, con imaginación, un nuevo orden dé convivencia.

José Luis MEILAN

 

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