Autor: Blanco Tobío, Manuel. 
   Con permiso de la izquierda...     
 
 ABC.    22/10/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

CON PERMISO DE LA IZQUIERDA...

TRAS casi un cuarto de siglo de congelación o «suspensión animada», la izquierda europea parece dispuesta a volver a la carga, esta vez para alzarse con el santo y la limosna, terraplenando para los restos a la Europa burguesa tradicional y edificando en su lugar aquella «sociedad más justa» con la que millones de combatientes soñaron durante los terribles años de lucha de la segunda guerra mundial.

Es esta una historia casi olvidada que ahora conviene evocar. Para millones de hombres, en el bando aliado, aquella guerra era una guerra revolucionaria; en cuanto terminase comenzaría la liberación de la clase trabajadora, la degollación final del capitalismo. Esto es lo que prometían los líderes, unos desde el mismo Poder coligado, otros desde el exilio, y fue por entonces cuando desaparecieron los viejos recelos hacia la Unión Soviética y cuando empezó a verse en ella un modelo revolucionario, magnificado por el heroísmo y el sacrificio de su trágico duelo con el III Reich.

Nadie creía, en efecto, que las cosas iban a seguir como antes de la contienda y esto incluía a los rusos, cuyo modelo, en cambio, era el de las naciones de Occidente. En su libro «Russia», Harrison Salisbury recuerda, en busca de un tiempo realmente perdido, una conversación sostenida en Odessa, en 1944, con un comandante del Ejército rojo, el comandante Rikov, quien hablaba así al corresponsal del «New York Times»: «En el Oeste, la vida de ustedes es placentera y fácil. No vernos por qué la nuestra no puede ser así también. Hicimos una revolución en mil novecientos diecisiete para que las cosas fuesen mejores, no peores. Desde entonces hemos sacrificado una generación tras otra. No hemos tenido otra cosa que penalidades. Ahora queremos vivir.»

La decepción fue inmensa a un lado y otro de lo que después se llamó «telón de acero». Al principio, el sueño revolucionario parecía que iba a convertirse en realidad: Gran Bretaña, a expensas de su héroe nacional, Winston S. Churchill, le daba una resonante victoria a los laboristas en las elecciones «caquis» de 1945. En París, De Gaulle abría puestos en el Gobierno para los comunistas, y otro tanto sucedía en Roma, mientras que en los países del Este de Europa el Ejército ruso era recibido como liberador, sobre todo, claro está, por los trabajadores.

La decepción —decíamos— fue inmensa. Las promesas hechas incluso en los campos de batalla, no se cumplieron. Los jóvenes laboristas ingleses que regresaban a casa veían intacta la misma sociedad tradicional británica, con sus pelucas, sus lores y sus zorros, pese a tantas nacionalizaciones, y otro tanto les ocurría a los jóvenes del resto de Europa. No queremos pensar en el pobre comandante Rikov, en cuya vida —si llegó hasta el final— faltaban todavía los peores capítulos de la pesadilla staliniana. La

guerra revolucionaria se había convertido en una guerra reformista, y los viejos líderes, en cautelosos gradualistas. Encima, quien podía financiar la revolución eran los Estados Unidos y éstos atribuían la victoria a la sin par eficacia del capitalismo. Y para colmo, la Unión Soviética se destapó como una potencia imperialista, que coleccionaba • naciones, en el Este de Europa, como quien colecciona ceniceros.

Entonces la izquierda, la verdadera izquierda, se replegó, decepcionada, vencida en las urnas, con el estigma de sus deslealtades, viendo cómo conservadores, cristiano-demócratas, liberales y demás tropa de la ante-guerra, responsable —pensaban— de «nazismo» y «fascismo», se llevaban a Europa de calle, camino de las vacas gordas de anteayer. Decepción doblemente amarga para los intelectuales europeos, que se pusieron a mirar atrás con ira, como los «young angry men» ingleses, o a practicar la náusea existencialista en las «caves» de París. La cereza que remató la amarga tarta fue la España franquista sobreviviendo al hacha que habían afilado durante cinco años.

El éxito de los reformistas y gradualistas, sacando a Europa de sus escombros; la indisputada hegemonía de los Estados Unidos, para los que «socialismo» era una «dirty word», una «palabra sucia», y los rigores ideológicos que impuso la guerra fría, con una mínima tolerancia para la izquierda verdadera, se combinaron para arrinconar a ésta en el fondo del congelador, dejándola allí por años y años. Helada, pero no desmemoriada.

Un buen día, la guerra fría acabó en deshielo y después en distensión; los Estados Unidos comenzaron a desmoronarse y a entrar en pérdida, juntamente con todo su aparato económico, militar y diplomático internacional; la Unión Soviética convenció a todo el mundo de que su comunismo se había hecho vegetariano ; y por último, la misma Europa occidental, hasta ayer un enorme éxito eco-

nómico y una moderada esperanza política, empezó a sentir — y a enseñar— los efectos de la fatiga, de la inflación, del paro, de la indisciplina industrial, de la violencia y del terrorismo.

Este cuadro, tan distinto del de hace muy pocos años, mostrando una Europa occidental tan vulnerable y ansiosa de" cambio como en 1945; unos Estados Unidos sin Vocación alguna de aventuras ultramarinas, y una Unión Soviética con nueves planes de expansión, en el Indico y en el Mediterráneo, ha sido como un toque de diana para la izquierda europea; una llamada, en seguida, para desenterrar las ilusiones perdidas hace treinta años, y una convocatoria para un definitivo asalto al Poder. A estas horas, señores, Europa ya está siendo gobernada con el permiso de la izquierda.

Los gobiernos del Reino Unido hace años que gobiernan con el permiso de las Trade Unions (sindicatos), manipulados por una jerarquía comunista mil veces denunciada y nunca tocada. En Francia, el presidente Giscard d´Estaing, por la sola fuerza de su precaria victoria sobre la izquierda, tiene que gobernar con el permiso de socialistas y comunistas. En Italia todo parece indicar que vamos hacia el «pacto histórico» y hacia las posibilidades comunistas de 1948, frustradas en buena parte por la presencia en aguas italianas de la Flota norteamericana, y por este orden todo lo demás que ustedes saben.

En la pared está escrito el relevo de los socialistas reformistas, gradualistas, moderados, por los socialistas revolucionarios, radicales, y por los comunistas. En los congresos anuales de los partidos socialistas democráticos de la Europa occidental los veteranos reformistas tienen que escuchar, intimidados, las tremendas acusaciones de sus cachorros, las juventudes socialistas, que les marcan como traidores a la clase obrera, como traidores a la revolución, como títeres de burgueses y capitalistas multinacionales. Algunos, como Helmut Schmidt, se han vuelto como panteras contra las arrogancias de los «Jusos», rebotando sus abusos y sus utopías; pero la causa está perdida, o lo parece.

De cualquier, manera, ante lo que está Europa occidental plantada es ante un segundo y formidable asalto de la izquierda radical, que viene por todo con el hacha de abordaje en alto y las reclamaciones y decepciones de 1945 en el saco para el botín. Naturalmente, en su mapa está España, de forma que cuando esa izquierda triunfante e intimidante agarró por las solapas a ciertos Gobiernos europeos acobardados, para exigirles la caja de los truenos contra nuestro país, la respuesta fue la de un complaciente tendero:

—¿Cómo la quieren ustedes, entera o en rodajas?

M. BLANCO TOBIO

3

 

< Volver