Autor: García Martínez de Murguía, Prudencio (MARCO AURELIO). 
   Él Ejército en la España del futuro (I)     
 
 Arriba.    20/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Viernes 20 mayo 1977

EL EJERCITO

LOS acontecimientos cié las pasa das semanas han vuelto a colocar sobre el tapete, una vez más, el

enorme peso ejercido por los sentimientos arraigados, convicciones profesadas, formación e información

recibidas por un estamento tan decisivo para la vida política y social de un país como son sus Fuerzas

Armadas; y también una vez más vuelve a ponerse de relieve la perentoria necesidad de que las

convicciones, nobles sentimientos y patrióticas aspiraciones de los milita-res profesionales con-cuerden,

en sus principios básicos, con el modelo político y social escogido por la decisión soberana de aquella so-

ciedad a la que prestan su servicio vocacionai.

Si hay algo en lo que todos, civiles y militares, estamos de acuerdo en este país es en la firme, radical,

imperativa y suprema determinación de evitar Ios horrores de otra nueva guerra entre españoles. Pues

bien: partiendo de este común y básico consenso, tratemos de reflexionar, con el debido respeto y la

´necesaria sinceridad, sobre la actitud de nuestros Ejércitos ante esa futura España que nuestro pueblo

aspira ilusionadamente a edificar.

Está claro que la consolidación de nuestra convivencia nacional ha de asentarse sobre el general consenso

de dar por definitivamente terminado el doloroso episodio que constituyó nuestra pasada contienda, y no

menos claro resulta que tal propósito nunca podría lograrse sobre la forzada y antinatural perpetuación —

a través dé generaciones sucesivas—de una lejana victoria, sino sobre él logro efectivo de una verdadera

reconciliación. Dicho de otra forma: nuestra futura convivencia no podrá en absoluto ser alcanzada sobre

la imposición d e una permanente condena y proscripción d e quienes fueron vencidos dos generaciones

atrás —lo, que nos colocaría en trance de perpetuo enfremamiento civil—, sino mediante la absorción e

integración de sus supervivientes y descendentes ideológicos dentro de los cauces de una ordenada

concurrencia sociai y política, en cuyo seno puedan hacer oír civilizadamente sus planteamientos. Todo

ello encuadrado en el marco del pluralismo natural —tan legítimo como in-évitabler— generado por una

moderna sociedad industrial como la qué, desde hace ya más de una década, tiene vigencia en nuestro

país.

Nada de cuanto antecede puede conceptuarse como una utópica pro clamación teórica; se trata, por el

contrario, de una concreta meta práctica y un efectjro propósito que, explícitamente, el Rey y su actual

Gobierno se han propuesto alcanzar y que nuestro pueblo, a través del pasado referéndum, ha demostrad»

sobradamente compartir.

Intereses de orden superior

No resulta difícit comprender —por muy diversas y respetables razones cuya enumeración alargaría en

exceso este trabajo— que numerosos miembros del Ejército experimenten reminiscencias negativas y

sentimientos de repulsa ante la legalización del Partido Comunista en nuestro país. Pero obsérvese que se

trata precisamente de eso: de sentimientos y reminiscencias, originados por acontecimientos producidos

cuarenta años atrás. Y no es con ese tipo de ingredientes, por muy humanamente comprensibles que

resulten, con los qué se elabora el futuro de un pueblo, y menos en uña etapa como la que actualmente

atravesamos,

EN LA ESPAÑA DEL FUTURO (!)

que tan altas dosis de dj[Cisión, pragmatismo, superación de inercias, renovación y creatividad requiere

por parte de quienes llevan sobre sus hombros la supre-r£« responsabilidad d e su dirección.

Ocurre, de hecho, que mestamento social o sional—y el Ejército, si cabe, en mayor grado aún— tiene una

forma peculiar de contemplar e interpretar la realidad política como resultado de los condicionamientos

específicos—profesionales, formativos, sociológicos— que pesan sobre su perspectiva y limitan su

ángulo de visión, necesariamente parcial y fragmentario respectó a la compleja realidad total. Solamente

existen, que nosotros sepamos, «loe niveles cuyos prota-gopistas poseen una f&´m pleta perspectiva

jgeheral de la situación, jjpr confluir en ellos la totalidad de los datos enjuego, externos e in-leiinos, de

todos los orígenes y procedencias: la jefatura del Estado, y el.Gobierno de la nación, cada uno de ellos en

su respectiva y bien diferenciada esfera de jerarquía y responsabilidad.

Así, pues, incluso si la mayor parte del Ejér-c ílt o experimenta u n sentimiento de repulsa ante la ya

citada legalización, s u postura, a ni|estro juicio, no puede nináebe ser otra que la expresada por el Conse-

jó Superior del Ejército Üfcjmanifestar que admite disciplinadamente dicha medida, «en consideración a

intereses na-cfónaies de orden superior». Porque, de hecho, así es exactamente. Ha sido justamente el

interés supremo de la Patria --?jpues no existe interés más elevado que la consolidación sobre nues-tr|

suelo de una civilizada y estable convivencia para nuestro pueblo— el que ha aconsej jado dicha decisión

gubernamental, tomada por añadidura con minucioso respeto a la vigente legalidad.

Es preciso, por otra parte, captar con toda claridad esta elemental realidad: propugnar I a legalización de

un determinado partido, por reconocer la conveniencia üs la misma, no significa en absoluto pertenecer a

él, ni simpatizar con sus planteamientos, ni ocultar siquiera una firme oposición ideológica al comunismo,

a s í como el propósito de combatirlo activamente por la vía electoral dentro de la contienda política legal,

o en cualquier otro terreno si se saliera de aquélla. Basta, pues, con llegar a la conclusión objetiva —como

es nuestro caso— de que la no lega-I i z a ción acarrearía al país males superiores a la decisión

legalizadora, para que, pragmática y patrióticamente, deba optarse por esta última solución.

Permítasenos,.sin embargo, decir que sería extremadamente, deseable para este país y. para su futuro,

mediato e inmediato, que todos los esta irentos deseosos de alcanzar una pacífica convivencia —entre lo?

que sin c´uda el Ejército se incluye de Heno—colaboren a dicha meta impulsados por una generosidad y

un patriotismo que les haga superar no sólo sus posiciones de grupo o estamento, sino incluso —lo que,

en ocasiones, es aún más difícil y meritorio— sus sentimientos particulares en aras de los intereses

superiores de la Patria, en cabeza de les cuales figura el logro de esa convivencia justa y estable que

nuestro oueblo merece y aspira a alcanzar.

MARCÓ AURELIO

 

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