Autor: Iglesias, Juan. 
   Concordia y libertad     
 
 ABC.    23/12/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

CONCORDIA Y LIBERTAD

HAY una historia de todo ponto extraordinaria, fabulosa. Es la historia que es germen de la historia europea. Es la historia cayos innumerables acaecimientos y peripecias cabe expresar por la manera sumaria y escueta de esta fórmula: «el suceso romano».

Desde los días de la infancia hasta la hora del Imperio todo nos habla de un bregar incesante para ir a la conquista de lo eterno. Lo que es simple y llano y lo que es intrincado dentro de la vastedad ímnensa de lo vario, todo, absolutamente todo, nos habla de una empresa única, de una empresa sola: la lucha por la duración sin fin de la urbe romulea.

De esa historia viene bien recrear no pocas cosas. Viene bien, por ejemplo, recrear y glosar, ahora mismo, en este nuestro instante español, la actuación de dos fuerzas díamantínas cifradas en las palabras «concordia» y «libertas».

«Concordia» —de «concors», «concordis», de «cum» y «cor»— quiere decir comunicación de corazones.

Palabra es, por verdad, que apunta derechamente al empalme de eso tuyo y eso mío, de eso más entrañablemente nuestro, en cuyo regazo tiene su trono el mundo de nuestras creencias. Que son cosa distinta, estas, las creencias, de las ideas, inquilinos veleidosos y tránsfugas de nuestras cabezas.

Quien tiene ideas, y sólo ideas, corre el riesgo de andar por el mundo sin ganar noticia alguna sobre cosa cierta. Quien tiene creencias, tiene vida. Tiene vida, que es latido, fuerza, movimiento, y fe de que se vive y se espera, de que se es y se marcha hacia adelante.

No digo yo, ni por asomo, que haya que encerrar en prisión las ideas. Digo, sí, que para las cuestiones decisivamente importantes no otra cosa cabe ´invocar que la concordia, en cnanto aumentada y sostenida por las creencias. Corazones anudados, enlazados por las creencias, hacen realidad ese magno tema de la vida en común, o lo que es lo mismo, del ser nuestro, del que es tuyo, conmigo y mío contigo, en ayuntamiento civil, civilizado.

La Roma ascendente fue hija de la concordia entre los poderosos y los desvalidos, entre los patricios y los plebeyos. Porque estos últimos no abrigaron la intención de «acabar con los otros», sino de ser, junto con ellos, Roma. Dígase si las ideas, las solas ideas, hubieran bastado para llegar al abrazo por el que Roma siguió adelante y hacia arriba.

Tesoro de bienandanzas fue ese de la concordia. Y empalmado con él, de una u otra manera, el de la «libertas». La «libertas», algo real y positivo, en nada y por nada relacionado con vaguedades o abstracciones; algo que se define como facultad de actuar dentro de los linderos marcados por la ley y, sobre todo, y más que nada, dentro de esos otros que se impone a si mismo ese maestro de energías y virilidades que es el ciudadano romano. Pero esto último exigiría hablar, largo y tendido, sobre aquello que allí era dicho «officium», el deber...

Para los romanos la libertad está en no querer ser libres del todo. «Todos somos esclavos de la ley, para poder ser libres», decía Cicerón. Así, de esta manera, ese legislador de sí mismo que es cada romano contribuye a la suprema ley común, por la que se fragua la convivencia. La convivencia, traducida en forma de sociedad más principal, de Estado, es cosa de todos —«respublica»—, y el vínculo más firme para su salvación —nos lo dirá también Cicerón— es la concordia.

Traigo aquí todo esto en ocasión harto oportuna. Nada más y nada menos que en la ocasión de los españoles de esta hora. La ocasión —así, en singular, y con énfasis— que no debemos perder cuantos estamos afiliados directamente a España. Por lo mismo que se da nuestro creer en ella, que es más, mucho más que tener ideas sobre esto o aquello, sobre estas o las otras cosas y, lo que es peor, y tal como ocurre tantas veces, sobre cosas que no son de momento, cuando e1 momento urge a sólo tener trato con algo en todo y por todo decisivo.

Todo tiene su secreto, como todo tiene sus fronteras. El secreto de la concordia está, en lo mejor nuestro, que es nuestro propio corazón. El corazón, el corazón-alma, y no ya la sola cabeza de las razones y las sinrazones.

El secreto de la libertad.. Lo diré con palabras de Unamuno: «La libertad está

en el misterio; la libertad esta enterrada, y crece hacia adentro y no hacia afuera.. La libertad no está en el follaje, sino en las raíces...»

Todo tiene sus fronteras. También la democracia, contra lo que practican —no contra lo que dicen— algunos que a sí mismos se llaman demócratas.

Es verdad. Es verdad la de que sólo en juego democrático pueden actuarse esas cosas tremendamente buenas que se nombran con las palabras «concordia» y «libertad». Pero también es verdad verdadera la de que el juego democrático ha de estar sujeto a reglas inspiradas en principios de decoro, sanidad y firmeza.

Hay que ir —concordes, con corazones ayuntados— a la paz. A una paz de todos ganada por pacto hecho entre todos. Las circunstancias, nuestras circunstancias, mandan que la paz se haga por esa manera de pacto que los juristas llamamos transacción. Todo un discurso ordenado —humano, muy humano, hasta sobrehumano— que obliga a renuncias mutuas, para llegar, en definitiva, a evitar lo peor. Y lo peor sería que los de uno y otro bando siguieran instalados en un pasado bélico con aptitudes nunca del todo negadas, a lo que pienso, para el rebrote.

Cualquier regateo en punto a este pacto, y venga de donde viniere, supondría una traición a esa mayoría inmensa de nuestro pueblo, de ese pueblo —bendito, por encima de todo— que en estos últimos días ha ofrecido el espectáculo, realmente grandioso, de conducirse con una serenidad en la que hay abrigo .para las mejores esperanzas.

Importa, en todo caso, que nada ni nadie le haga el juego a los primeros y habituales rompedores, reventadores de nuestras grandes posibilidades nacionales. Me refiero no ya a los políticos, sino a los politicastros; no ya a los fabricantes de hacendosidad, sino a los trepadores y logreros; no ya a las publicaciones serias y responsables, sino a ciertos papeluchos con sólo letras para la política al menudeo.

Que una paz, segura, salvadora, con basamento en la concordia y la libertad, venga a nosotros, los europeos. A los de allí y a los de aquí. Y por obra de lo mejor de Europa, que es su propio espíritu, alimentado por tres lenguas teológicas —Jerusalén, Roma y Atenas—. Por obra del espíritu europeo, librado de esa modorra en que hartas veces lo meten los desgobernadores de unas patrias cuya unión real y efectiva —y política, primero, y metapolitica, después— debemos pedir todos.

Juan IGLESIAS

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