Autor: Garrigues, Antonio. 
   La monarquía española     
 
 ABC.    05/12/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

LA Monarquía es una institución; una institución aunque multiforme, siempre igual a sí misma, siempre identificable entre todas las demás formas de gobierno, y tan antigua como la historia de la Humanidad.

No es un caudillaje. El caudillaje es personal; la Monarquía, institucional. En el origen de la Monarquía puede haber un caudillo, pero no llega a ser institucional si no se despersonaliza. Una Monarquía es una fundación política. El que hace una fundación de cualquier naturaleza la hace en servicio de unos fines determinados, a los que tienen que seguir sirviendo los sucesores del fundador, sean cualesquiera sus cualidades personales. Importan, naturalmente, estas cualidades, pero no son las que imprimen carácter a la institución, sino al contrario.

Don Juan Carlos no puede suceder al Caudillo Franco, que ha dado ya su alma a Dios y su vida esforzada a España, porque no se pueden heredar las cualidades personales. Recoge su herencia; pero no personalmente, sino institucionalmente. Un Rey no debe sentir emulación política alguna; por eso puede rodearse no de mediocres, sino de los mejores. Madrid volverá a ser Villa y Corte, pero sin cortesanos.

La esencia de la Monarquía es estar por encima de los partidismos y de los sectarismos y banderías de la política, de las pasiones de los políticos. El Rey no tiene que hacer «carrera política»; ni tiene que ennoblecerse, ni enriquecerse, ni asegurar violentamente su poder en favor de un sucesor. Todo esto lo tiene por vía natural El no tiene que gobernar, que es cosa de los políticos.

Esta institución, precisamente por su alteza, puede parecer inútil y ser por ello desechada por la ceguera de los constructores políticos. Pero por ser angular viene a constituirse en la clave del arco que se levanta a su derecha y a su izquierda, y al que da solidez y consistencia. Y belleza.

La Monarquía no es la «erótica» del poder, como puede ser la de los políticos cuando van a la política no por la pasión del servicio, sino el protagonismo personal. Es el «humanismo» del poder. Ser hombre es servir. Servir a Dios y servir a los demás hombres. Esta idea de servicio es la razón de ser de la Monarquía, mientras no se desvirtúa.

La Monarquía no es la masa, es el pueblo. No hay nada más abyecto que considerar al hombre como la célula anónima de un plasma social. El hombre es persona. El más humilde es tan persona como el Rey, o como Creso, el prototipo de la riqueza; y si es cristiano, tan cristiano como el Papa de Roma. La Monarquía necesita el amor del pueblo, el calor del pueblo. Pero no puede ser plebiscitaria sin dejar de ser lo que es.

Para ser lo que es ha de representar la justicia, la libertad, el orden, la paz. El mundo «libre» no perdurará si no corrige sus injusticias hacia el interior y hacia el exterior, nacionales e internacionales. La libertad es imposible frente a un rasero igualatorio, común —cada día menos común— impuesto coactivamente, como en los sistemas marxistas. La libertad debe engendrar desigualdades; pero legítimas, no injustas. El fiel de la Monarquía debe inclinarse, en todo caso, hacía los humildes, los desheredados. De los poderosos y de los ricos debe, por el contrario, guardarse.

La libertad es la esencia del hombre que ha sido hecho libre por su Creador. Pero hecho libre conforme a una norma moral que todo hombre está obligado a buscar dejándose guiar de su conciencia personal. Esta conciencia, como conciencia del bien y del mal, tiene que ser respetada. Coaccionarla políticamente en nombre de una ideología, de un sistema económico o social dado, de la raza, del Estado o de la religión, es absolutamente condenable. Al hombre hay que proponerle, no imponerle, una política; hay que predicarle, no sojuzgarle con una religión.

Nadie en política tiene el monopolio del «bien y de la verdad». Nadie. Los que lo pretenden, pueden tener «su bien y su verdad». Eso es todo; pero no el derecho de usar de una coacción física o moral para imponer una y otra cosa a los demás. Pero una libertad inmoral, contraria a los valores esenciales del hombre, a la paz, al bien común, es inadmisible. Un orden público que lo tolera pierde toda justificación.

La Monarquía, políticamente, es una suprema instancia moral. Tiene que promover un orden justo, que es el único presupuesto válido de una paz verdadera, pero la paz tiene que ser salvaguardada vigorosamente.

La Monarquía no es una dictadura ni puede convivir, sin riesgo de vida, con ella. La Monarquía, que a lo largo y lo ancho de la historia se ha adaptado a todas las formas y condicionamientos sociales, ha asumido en el mundo libre la participación y la representatividad del pueblo en las instituciones políticas, es decir, la libertad y la democracia.

Lo mismo que se ha escrito que «el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente», se puede decir que la democracia absoluta es la absoluta corrupción. Es así si acoge en su seno los partidos antidemocráticos, si depende del dinero, si está minada por la demagogia.

blanca o negra, si está desvirtuada por el monopolio de los medios de comunicación, si desintegrada por el pluripartidismo, si no reconoce, además del sufragio universal, otras formas legítimas de representación social

Estos no son argumentos reaccionarios, son cosas que están bien a la vista en áreas muy próximas. Sería ceguera o necedad ignorarlas. Entre la .negación totalitaria de la libertad y una libertad desaforada o utópica; hay que construir una libertad a la medida del hombre, ques es, con sus limitaciones naturales, la medida de todas las cosas. Nada desmedido es humano.

Es más fácil una democracia masificada, aritmética, desarraigada, inestable, basada en una libertad anárquica que no conozca más límite que el de la violencia de otra libertad igual y contraria. Como también es más fácil renegar de toda democracia y de toda libertad por las frustraciones y los peligros que todas las cosas humanas —y estas son bien humanas— llevan consigo. Lo uno y lo otro es lo más fácil; pero no lo mejor para el hombre. Si hasta en sus juegos busca el hombre lo difícil y la superación, cuánto más tendrá que ser en cosas que atañen a la convivencia humana, ai supremo bien de la paz y de la concordia.

La Monarquía no tiene que ser centralista, El centralismo «centralista» es una forma de separatismo. La Monarquía de Don Juan Carlos tiene en esto que ser roas habsburgo que borbónica. El hecho de las regiones tiene que ser reconocido porque no por dejar de serlo deja de ser un hecho. Pero no se puede ceder en nada al separatismo, a los Estados minúsculos para ambiciones más minúsculas todavía. Madrid no ha sido nunca capital de Castilla, sino de España; ni el feudo político de los castellanos, sino de todos los españoles.

Ninguna institución política es perfecta. Tampoco lo es la Monarquía. Ningún hombre es perfecto, tampoco lo es un Rey. La secular Monarquía española ha tenido momentos luminosos, como con los Reyes.Católicos, Carlos I, Carlos III. Momentos oscuros, como con Enrique IV y Carlos II. Ha tenido reyes aptos y reyes ineptos (incluso la ineptitud no es tan dañina con la institución monárquica como con la republicana). Pero hay áreas inmensas —como América— donde es imposible la monarquía dinástica, y momentos históricos —como la España del 31— en los que la forma republicana se impone. El momento presente para España es el de la Monarquía.

Uno de los mayores servicios que el Caudillo ha prestado a España es haber erradicado la tentación del caudillaje como forma política de sucesión, y haber reinstaurado la Monarquía. Haber dado a España un Rey y... una Reina. La Monarquía de Don Juan Carlos tiene que ser un signo de unidad y con ese signo vencerá ; siempre que los españoles, sin renunciar a su genio y a su personalidad, pero si a rencores y antagonismos estériles. lo hagan suyo.

Antonio GARRIGUES

 

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