Autor: Calvo-Sotelo, Joaquín. 
   Fin y principio     
 
 ABC.    09/12/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

FIN Y PRINCIPIO

«MIRO la muerte cara a cara y la muerte bajó los ojos.» El hombre al que muy bien hubiera podido dedicarse ese epitafio ha agotado dramáticamente su ciclo biológico. La Historia, como algunas aves rapaces, se alimenta de los muertos; pero sean cuales sean sus juicios puede adelantarse que pecarán de sectarismo los que enmascaren el bienestar que los casi ocho lustros de su mandato supuso para España y los españoles y sépase que, conseguirlo, es la meta esencial de toda obra de gobierno.

El 30 de octubre, con irrevocabilidad que hasta los más lerdos presintieron, se produjo el traspaso de los poderes de la Jefatura del Estado al Príncipe Don Juan Carlos. Esa fue una fecha solemne. En ella cesó el más largo período de vacaciones que ha conocido el hombre español, por muchos saboreado como un regalo de la Providencia, si por otros no, desde que al promedio de 1939 se extinguieron los últimos fuegos de la guerra civil, hasta hoy.

Al hablar de las vacaciones me refiero naturalmente a las de sus funciones ciudadanas que tuvo pocas oportunidades de ejercer, salvo las esporádicas y sucintas respuestas dadas a través de las urnas a algunos requerimientos graves y a otros de menor enjundia. La política, reconozcámoslo, se ha hecho en su transcurso no sólo con el beneplácito, sino con el entusiasmo de una inmensa mayoría (si no no hubiese podido hacerse), pero sin su participación directa; y siempre, eso sí, merced a la capitanía de la altísima, mítica y anchamente acatada figura de Francisco Franco.

Esa etapa feliz, próspera sin comparación con ninguna otra, con un mínimum de traumas y de zozobras, se acabó ya. A la nostalgia de muchos le marcará un punto de partida el 1 de noviembre; pero la mujer de Lot en el Año Internacional de la Mujer desempeña un inoperante papel del que conviene olvidarse.

Volver la vista atrás sería suicida. La Política, con mayúscula, regresa a nuestra escena y se erige en protagonista. Las restantes actividades pasan, así, a ocupar un puesto de segundo rango. Ahora bien: la política es, para unos, función, oficio, sacerdocio, o medro para otros, según al ánimo con que cada uno de los que la sirven o la cultivan se acercan a ella; pero es, en todo caso, un quehacer común sobre las coordenadas de unas ideas cualesquiera: las que se orientan a la izquierda, a la derecha, al centro, o las que desbordan esas cuadriculas limitadas y convencionales y plantean absorbentemente sus postulados (comunismo-maoísmo-fascismo).

La política, en todas las naciones europeas, consume una parte del tiempo de cada ciudadano; en diversa medida, naturalmente. No es igual la cuota que paga en Francia el presidente de la República, un diputado de la Asamblea o un pescador de San Juan de Luz; pero todos, cada uno en su coto, han de consagrar una parte de sus actividades a esa hoguera permanentemente encendida de la política. Al que en menor grado —el pescador— le corresponda preocuparse de ella le llevará, por lo menos, a discutir en las tertulias de sus convecinos, a votar cuando se le cite y a tributar a su partido la mesada pactada. Hacer política es asumir una parte de responsabilidad en los destinos del país a que se pertenece, inclinando sus rumbos en un sentido o en otro. Es una servidumbre, pero también es un privilegio y, en todo caso, un honor irrenunciable. De esa participación, con sus aspectos positivos y negativos, ha estado ausente, como acabamos de decir, durante treinta y nueve años un inmenso sector de nuestra sociedad, mientras diversos equipos, bajo la suprema y prudentísima magistratura del Jefe del Estado, disponían lo que consideraron conveniente para el bien común. Es justo proclamar que sus aciertos han sido máximos y sus errores mínimos: buena prueba de lo cual es el auge logrado por España en la era de Franco.

Sin embargo, en su transcurso, el pueblo español, que ha dado su adhesión sin lugar a dudas a sus rectores, ha ido dimitiendo poco a poco, y sin apenas apercibirse de ello, del deber elemental de elegir por sí mismo los caminos preferidos. Si esto es bueno o malo no seré yo quien lo determine. Lo único que yo hago es limitarme a afirmar que eso se acabó para siempre. Para siempre, sí, ha terminado el cómodo sesteo, el dejarse conducir por terceros sin influir para nada en la designación de éstos ni en sus orientaciones, como si partiéramos de la base de que sus itinerarios serían los nuestros, el liberar de hipotecas políticas nuestras horas invirtiéndolas únicamente en el trabajo profesional o en el descanso. No. A la política, como a la Iglesia en la Edad Media, hay que pagarle, desde ahora, diezmos y primicias. Y, por supuesto, abonando altos réditos. La figura del ciudadano apolítico ha de raerse de la vida española como algo, de una parte, anacrónico; de la otra, delictivo. Ningún profesional, por asépticas que sean sus actividades especificas, ha de quedar exceptuado de esa convocatoria, de ese deber.

La política es una lucha que hay que hacer incruenta, pero es una lucha a la que están llamados todos los habitantes de un país, hombres y mujeres, con expresa mención de éstas a las que corresponde Una tarea decisiva. Esa movilización tuvo lugar en la etapa de la II República —1931 a 1936—, no en la del 23 al

30 — la Dictadura—, ni en aquella en la que se jugó la suerte de España, breve, pero intensísima, de enero del 30 a abríl del 31 —destronamiento de Alfonso XIII—. Esa movilización urge volver a hacerla ahora. Me refiero, claro está, a la movilización del sector no revolucionario (porque el revolucionario estuvo movilizado siempre), que yo creo, sin miedo a equivocarme, que es el de mayor anchura y el de mayores virtudes cualitativas de nuestro país; a ese sector no revolucionario en el que se agrupan, verticalmente, núcleos enormes cuyo principal objetivo es aventar «in eternum» el espectro de una convulsión. Y hago hincapié en lo de la verticalidad porque el horizontalismo no es una frontera ni una divisoria ideológica en la España de hoy: quiero. decir que hay fermentos disolventes en zonas de las clases altas y mediáis, y otros, por el contrario, fuertemente conservadores en las clases bajas.

La convulsión de que hablo es la que persiguen grupos de gran virulencia, resueltos, organizados, capaces, pese a su exigua entidad numérica, de colorear de rojo el medio en que se producen; y huelga decir que la mejor manera de impedir que alcancen sus fines es no darles tregua, evidenciar ante propios y extraños que son los menos y que, fanáticos de una causa, subordinan esa inmensa entidad que se llama Patria a sus principios de partido: como tales perecederos, fluctuantes, sujetos a la versatilidad y asechanzas de los tiempos.

Si nos percatarnos de la peligrosidad del adversario, si logramos trabar los vínculos elementales para oponernos a ellos, nada habrá que temer. En cambio, cualquier catástrofe nos amenazaría si enflaqueciéramos, si desertáramos, si siguiésemos creyendo, milagrosamente, que hay quien vela por nuestra paz relevándonos del sagrado deber de edificarla con nuestras propias manos; esto es, si no ayudáramos al joven Rey, que la fortuna nos depara, con todas nuestras potencias y nuestros sentidos en la ardua pero luminosa tarea que le espera.

Ha llegado, pues, la hora de matricularse en ciudadanía y de ejercerla con arreglo a nuestra conciencia; y ello nos obliga, sin apelación posible, a estar presentes en todos y cada uno de los momentos en los que se tomen determinaciones políticas, a condicionarlas en uno o en otro sentido, según nuestro criterio y por los medios a nuestro alcance: la persuasión cerca de los que nos rodean, el proselitismo, la laica evangelización de los discrepantes, de los que están en contra de nuestras ideas, pero a los que nos es hacedero llegar por el diálogo y por la propaganda escrita.

No conozco tierra más urgida de misiones que la nuestra ni de más próvidas cosechas si la siembra es buena, si se hace con inteligencia, si se comienza mañana mismo sin dejar pasar una sola jornada. Ni la angustia ni la euforia serán buenas consejeras. La angustia, por injustificada, oorque nada hay perdido; la euforia, porque pudiera poner en peligro muchas cosas esenciales que hay que salvaguardar a toda costa.

A esta inmensa legión de españoles a los que repugna el desorden, a los que, con razón, horroriza la vuelta al pasado, conviene ponerles de pie y hacerles saber que ellos son los vigías y los autores de su propio futuro, sin delegaciones, sin tutorías, mayores de edad ya para siempre. La paz, en lo sucesivo, dejará de ser un regalo mesiánico para convertirse, bajo la sombra augusta de Don Juan Carlos, en el premio del trabajo y el sudor diarios.

Joaquín CALVO-SOTELO De la Real Academia Española

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