Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   ¿Incorporar el eurocomunismo?     
 
 ABC.    06/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

APUNTE POLÍTICO

¿Incorporar el eurocomunismo?

Por José María RUIZ GALLARDON

Me encontraba fuera de Madrid, en viaje profesional, cuando llegó a mis manos el reciente artículo de

José Maria Armero "Eurocomunismo y política exterior española". José Mario Armero es amigo mío

desde hace mas de cuarenta años y, con toda seguridad, una de las personas a quien más afecto profeso y

a quien creo conocer muy bien.

Por eso leer que hable del eurocomunismo como «un elemento integrante de una política nacional

española de cara al exterior» me parece, sencillamente, que la lectura que mi amigo José Mario ha hecho

de Santiago Carrillo adolece, por lo menos, de apresuramiento. Por eso —y porque sé que por encima de

todo está la amistad que ambos nos profesamos— me permito contestarle desde estas líneas.

Empezaré por decir que Carrillo (pagina 51) sostiene que el eurocomunismo necesita «demostrar, por un

lado, que la democracia no sólo no es consustancial con el capitalismo, sino que su defensa y desarrollo

exige superar ese sistema social; que en las condiciones históricas de hoy el capitalismo tiende a reducir

y, en último extremo, a destruir la democracia, par lo que ésta necesita ir a una nueva dimensión con un

régimen socialista». (Si ésa es la concepción que José Mario Armero aconseja como integrante de nuestra

política exterior, que el ministro de Asuntos Exteriores saque las consecuencias.)

Sigamos adelante: ¿Excluye el eurocomunismo la violencia? Santiago Carrillo contesta en la página 66 de

su libro con estas palabras: «Cierto que no puede excluirse, en un contexto internacional favorable, la

posibilidad, en un país desarrollado, en el que no hubiera libertades y una clase dominante ejerciese una

dictadura brutal contra su pueblo, de una revolución que triunfe por un acto de fuerza, a condición de que

para ello el pueblo conquiste el apoyo de una parte decisiva de las Fuerzas Armadas.» (Luego, el

eurocomunismo, para que triunfe el comunismo —sin euro—, no excluye la vía de la violencia o de la

guerra civil.)

Naturalmente, para lograr sus fines, a Carrillo —y a su eurocomunismo— interesa desmantelar

ideológicamente a las Fuerzas de Orden Público, y también al Ejército.

Veámoslo (página 72): «Se trata de luchar, por medios políticos e ideológicos, a fin de imponer un nuevo

concepto de orden público..., que no significa la defensa a ultranza de un determinado orden político

social, de unas instituciones concretas.» En cuanto al Ejército, del que afirma (página 80) que su papel

«se reduce hoy a auxiliar de apoyo a las fuerzas norteamericanas y de luchar contra la subversión

interna», «se les propone desde el Poder sostener la Monarquía y el cambio de las instituciones que antes

apoyaron.»

Para continuar «las fuerzas de izquierda y, particularmente los marxistas, tenemos que abordar

activamente la problemática militar como un componente muy decisivo de la transformación socialista de

la sociedad... Tenemos que plantearnos la cuestión de si es posible establecer una convergencia entre la

orientación general de las fuerzas que aspiran al socialismo y esa búsqueda de nuevas señas de identidad

que comienza a darse entre los militares más al día.»

Para terminar (página 85): «Es decir, de todas las nociones de que ha sido imbuido el Ejército, hay una

que importa desterrar: la de la disciplina ciega hacia todo poder emanado del orden social constituido, la

disciplina ciega a las órdenes del mando superior.» Esa es la doctrina militar del señor Carrillo, del

eurocomunismo, que debe ser «integrada» como parte sustantiva de nuestra política ¡nacional!

Y es que mi querido amigo Armero no se ha dado cuenta de que, por mucho que se llame «euro», la

doctrina que predica Santiago Carrillo —y que no inventó él, pues ni siquiera ha sido el primero en

practicar, y ahí están Gramsci y Berlinguer para demostrarlo— es, antes que nada, auténtica y verdadera

doctrina comunista.

O, dicho en otras palabras: lo que se propone es la implantación del comunismo en el mundo, en todo el

mundo, si bien no por vía —predominante— de dominación de la U. R. S. S. (Y eso es lo que ha irritado

al Kremlin.)

Para que no quede ninguna duda sobre el particular, y para que José Mario Armero reflexione sobre si la

política exterior española debe tender a «integrar a su seno» al eurocomunismo, lo que equivale a asumir

o apoyar la implantación mundial del comunismo, me permito transcribir, por último, y con sus propias

palabras, cuáles son la verdadera finalidad y objetivos de Santiago Carrillo que, sin circunloquio alguno,

nos los expone en la página 106 de su tan citado libro «Eurocomunismo y Estado» (al parecer, tan poco

leído y tan deprisa). Allí se dice: «¿Por qué no concebir, pues, la extensión mundial del socialismo como

un proceso diverso, que tiene su punto de partida en la Revolución de Octubre —la roja, la de 1917—,

que continúa con la victoria antifascista.... como consecuencia del cual los países imperialistas

dominantes históricamente pierden su papel hegemónico..., que al llegar a un grado determinado de

acumulación determinen un salto de cualidad, del orden burgués al orden socialista...?»

La democracia consiste en admitir la pluralidad de opiniones. Yo admito el derecho —y lo defendería con

uñas y dientes— a que José Mario Armero defienda al eurocomunismo como parte integrante de nuestra

política exterior. Pero opino que esa defensa es precipitada y quizá producto de una demasiado rápida

lectura o de informaciones que, quizá, terceras personas le hayan proporcionado a Armero y de las que yo

carezco.

J. M. R. G.

 

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