Autor: Navarro Rubio, Mariano. 
   Democracia de doble vía     
 
 ABC.    07/12/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

DEMOCRACIA DE DOBLE VIA

LOS partidarios de la democracia de tipo clásico sienten una especie de alergia cuando oyen hablar de la necesidad de montar, de algún modo, Una representación de tipo orgánico. Oreen que se tes viene abajo todo su sistema. Y los que defienden, por principio, la participación orgánica, sienten la misma repulsa hacia todos aquellas que les hablan de elecciones generales. Píensan que vamos a volver a las malas andadas. Hasta ahora estáis posturas han Sido inconciliables. ¿Por qué?

Por lo pronto, en una primera aproximación, se me ocurre lo siguiente. Cabe hacer un reparto de competencias entre las dos exigencias políticas. Cuando se trate de asuntos generales, que intervenga el diputado elegido por al pueblo. Pero cuando se trate de asuntos enanamente especializados, que participen las organizaciones creadas para la defensa de sus intereses. Si se observa que los parlamentos continúan siendo idóneos, en una serie -- grande, mediana o pequeña— de cuestiones, que sigan discutiendo estos problemas. Pero si tenemos conciencia clara de que ño sirven en determinada clase de aburaros --que se prestan, por otro lado, a un tratamiento especializado con la intervención de sus organismos naturales— párece lógico abrir otra vía. Nadie debe rasgarse las vestiduras porque se trate, evidentemente, de una participación de carácter orgánico.

Quiérase o no, la sociedad moderna se. ha estructurando a base de asociaciones (de defensa de intereses en todos los órdenes de la vida. Es una realidad innegable. No se puede meter, como el avestruz, la cabeza debajo, del ála. Hay que, actualizar el planteamiento ¡democrático.

Salvador de Madariaga, en su libro «Anarquía o Jerarquía», dice lo siguiente: «Las clases directoras de la democracia no se han dado cuenta casi nunca de la verdadera índole orgánica de la Sociedad y del Estado, y cuando por ventura se han dado cuenta de ello, no han tenido el valor de afirmarlo y de obrar en consecuencia.» Aplaudo la sinceridad de Madariaga.

Desde luego, cuando se ponen etiquetas definitorias a un régimen, resulta muy difícil hacer la mas mínima concesión a la idea contraria. La lógica suele brillar por su ausencia. Todo se radícaliza del modo más absoluto y simplista. El exclusivismo de la democracia inorgánica resulta tan absurdo como el organicismo cerrado del que dieron muestra aertos regímenes. Tan incongruente es que un diputado «sabelotodo» entienda sobre la articulación de un plan de desarrollo, como que un sindicalista especializado pontifique en nombre de su país acerca de la reforma del título preliminar del Código Civil.

El puesto apropiado para este representante sindical debería estar en aquel sitio y lugar en que se hable de precios, salarios, condiciones laborales, desarrollo, etc.; en suma, política de rentas. Y como la política de rentas en los parlamentos sólo se trata incidentalmente, si nos obstinamos en que el diputado sindicalista permanezca allí, nos habremos equivocado de vía.

Cada cual debiera estar en lo suyo. Hay en este problema una extraordinaria confusión. Empezamos por trastocar continuamente las Meáis básicas. Se habla de participación y representación como si fuesen principios o expedientes políticos equivalentes, y no lo son. La participación política puede concebirse por sí sola con independencia de cualquier otro sistema, y tiene, además, valor prioritario sobre la representación. Pensemos razonablemente: lo ideal sería que los intereses pudiesen protagonizar directamente el planteamiento y defensa de sus propios designios —ésta es, por otro lado, la democracia más pura—. Tan sólo ante la dificultad política de llevar a la práctica el principio de participación es cuando debe recurrirse al expediente supletorio de la representación general.

En algunos casos, la representación general resultará indispensable, bien por el carácter de los asuntos, o por no existir otro procedimiento hábil para conjuntar posiciones de base muy amplia. Pero este procedimiento es defectivo por su propia naturaleza. Se justifica por no haber otro camino viable. Si se encuentra claramente la posibilidad política de participar de un modo directo, esta opción debe primar y anteponerse a la de la representación general Parece razonable que en estos casos —claros, indiscutibles, convenientes— se abra de un modo diferenciado la vía de la participación. El viejo sistema de la representación general siempre quedará para todos los demás trámites políticos. Como hojas secas que caen en el otoño por falta de savia, irán desfalleciendo muchas funciones parlamentarias a medida que se abra con convincente eficacia la vía de la participación social.

Pero voy a dejar las disquisiciones teóricas, e incluso las figuraciones de futuro, por muy razonables que parezcan, para ir en derechura al terreno de la realidad. ¿Qué pasa con estos asuntos que se han separado «de facto» de la competencia parlamentaria, sencillamente porque los Parlamentos no saben qué hacer con ellos? Ocurre —nadie discutirá lo que afirmo— que son precisamente aquellos en los que los gobiernos ejercen una auténtica dictadura. Y tomo ciertamente esta palabra en su sentido más propio y riguroso: el de la asunción por el Poder ejecutivo de la función legislativa. El uso y abuso de funciones legislativas por los gobiernos, con carácter exclusivo y excluyente, atrae la presión de los grupos dominantes en busca de una política de cortocircuito en defensa de sus intereses. Los problemas se resuelven en los despachos oficiales prematuramente, sin oír, las más de las veces, a todos los interesados, o al menos sin colocarlos en igualdad de oportunidades defensivas. Los Ministerios, por lo común, acaban por ir. a remolque de las fuerzas verdaderamente leviatanescas —empresarios, sindicatos, efe.— que: forman la estructura subyacente del Poder. Las decisiones, en la inmensa mayoría de los casos, resultan violentadas, oportunistas, parciales. O no existen, ni siquiera, decisiones, porque los cruces de intereses chocan de una forma desajustada y producen verdaderos nudos gordianos.

Puestos a buscaí una explicación a este fenómeno de desquiciamiento de los sistemas políticos del mundo occidental, convendré con Toynbee en que la política no ha sabido colocarse a la altura de su circunstancia histórica: no ha evolucionado al compás de la corriente social. Los procesos de socialización y de tecnificación tan fuertemente manifestados en la época en que vivimos, han desbordado por completo el esquema de nuestras viejas democracias. Gran parte de la vida política ha tenido que salirse fuera del cauce parlamentario.

Se impone un reajuste de la competencia parlamentaria. Hay que romper el mito de su omnisciencia. No sé quién dijo que el Parlamento puede hacerlo todo írtenos convertir un hombre en una mujer. (Aunque sea una humorada, diré que ésta es precisamente una de las pocas cosas que ahora está haciendo: la de convertir jurídicamente a las mujeres en hombres.) Pero en grandes áreas del quehacer político, los viejos Parlamentos están acusando unos fallos que piden urgente remedio.

Se habla mucho en nuestro país de reanimar la vida parlamentaría, llevando a las Cortes Españolas- a representantes auténticos, elegidos, todos ellos, con vote popular. Cuando en su día se plantee este problema —mediante la oportuna reforma de nuestras Leyes Fundamentales— aceptaré, en principio, esta revitalización de la representación parlamentaria, pero sobre la base de revisar y mitigar su competencia, limitándola a lo que de veras es capaz de hacer de un modo responsable: asuntos generales, directrices, principios, leyes de base y función de control de los gobiernos. Y pediría, como «conditio sine qua non», que se abriese una nueva vía para los problemas especializados que la inoperancia parlamentaria remite constantemente al Gobierno.

No podemos correr el serio peligro de caer en una dictadura gubernamental, abocada a un intervencionismo sistemático. No se olvide que en Inglaterra las disposiciones delegadas por el Parlamento al Gobierno alcanzan, en números redondos, la tercera parte de la competencia legislativa. Se necesita congruentemente abrir otra vía de participación. Los grupos interesados necesitan encontrarse.

Tienen que plantear los problemas, sin necesidad de convertirse en grupos de presión ante ios gobiernos.

Han de escuchar las razones de los demás (las del propio Gobierno, en primer término). Y habrán de establecer, en su caso, los conciertos necesarios para garantizar un orden estable. No hace falta que esta nueva vía consista necesariamente en un foro deliberante. Las organizaciones sociales actúan de otro modo. Pero siempre debe existir un concierto efectivo de intereses, bajo \i mirada vigilante del Estado.

Habrá que puntualizar algo más este planteamiento. De momento, tan sólo intento apuntar la necesidad de establece una democracia de doble vía, esencial mente inspirada por el principio de 1a participación social. Y aclarar la confusión padecida por algunos. Que no e poca:

Mariano NAVARRO RUBIO

 

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