Autor: Alfaro, José María. 
   Vista al mañana     
 
 ABC.    25/10/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

VISTA AL MAÑANA

PAUL Valery, que no era precisamente un político, pero que se pasó la vida investigando lo concerniente a la sensibilidad individual y colectiva del hombre, escríbió: «Un Estado es más fuerte en tanto puede tolerar en su seno lo que actúa en su contra.» Lo de que Valery fuese un liberal poco tiene que ver en este caso, cuando lo que dictaba, a través de su reflexión, era una advertencía de política práctica.

Lo que de peor tiene el inmovilismo político —aparte sus intenciones de congelar la marcha de la sociedad— es su intolerancia y su sordera. El inmovilismo semeja a aquel que se instala satisfecho en su conquista, en su posesión, como el pastor se sienta sobre «1 peñasco para contemplar sus ovejas bien confinadas en el aprisco. E1 pastor puede echarse a dormir tras de contemplar el crepúsculo y verificar la seguridad del encierro. Pero el hombre no suele ser oveja ni, mucho menos, soñar que el rebaño sea un ideal de organización comunitaria.

La condición clave del sentido de la libertad reside en la capacidad de decidir. La voluntad de participación en el quehacer político proviene de ahí en buena dosis, junto con el ensueño de felicidad colectiva —medio y secuela de la individual— que florece en los espíritus más nobles. Los demás procesos de la vocación política —de la vocación de poder— acostumbran a estar impelidos por vientos espurios y frecuentemente generan las más diversas corrupciones.

Por ello, una de las cosas que más agradece el gobernado en el gobernante es la sinceridad. Sinceridad en las palabras y sinceridad en los actos. Correspondencia de esa veracidad —en último término— entre lo que se proclama y lo que se ejecuta. La credibilidad es una de las cualidades que deben emanar del político, sobre todo si ejercita el poder y este poder —sean cuales fueren las circunstancias— le ha sido adjudicado graciosamente. La suspicacia ciudadana se exacerba con cualquier motivo, máxime si los actos de la autoridad escapan a su fiscalización.

Claro que esta susceptibilidad no alcanza siempre los mismos grados. Se agudiza, lógicamente, en los tiempos procelosos, en las etapas de transición, en los momentos en que la historia abre sos cortes, sus interrogantes y los presentimientos de sus abismos. Nadie puede negar —a no ser que se sienta posado por la embriaguez del mando— que nos hallamos en uno de esos períodos. Las bocas, las miradas, las plumas, los ademanes se pronuncian —más o menos preocupadamente—: ¿qué va a pasar aquí? –

No pertenezco a la especie de los pesimistas o los asustadizos. Pero observo a mi alrededor, percibo e1 latido de las angustias ajenas, de las interpelaciones ansiosas. Si todo futuro —por el hecho mismo de serlo— se contempla con poca disimulada inquietud, ¿qué pueden sentólos españoles ante un mañana guarnecido por las sacudidas del cambio? Porque de eso no creo que puedan caberles dudas a nadie. Para los tímidos, los acomodaticios, o los «acomodados», los miedos,ante el futuro se inspiran en los terrores del cambio. Los que así piensan —o lo que es peor, sin pararse a pensar, sólo sienten los temblores de la marcha— son los integrantes y forjadores de las resistencias reaccionarias.

Pero tengamos el coraje de mirar los hechos cara a cara y la precaución responsable de no echarnos arena a los ojos. Por mucho que se repita, y por más sordera que afecte a los que tendrían más obligaciones de oír, la realidad del cambio —sea cual fuere el alcance y los divertimientos semánticos que quieran darse a la palabra— está ya ahí, materializando la conciencia de nuestra sociedad. Los síntomas y los testimonios —de los prometedores a los amenazantes, desde tos turbulentos hasta los constructivos— irrumpen cada amanecer con perentorias premoniciones. De tal modo que las cabezas más permeables del «establishment» han comenzado a alertar sus posturas.

Acabo de leer unas declaraciones, salidas a luz precisamente en A B C, de tonos a la par alentadores y dolorosos. Nada menos que el vicesecretario general del Movimiento, señor Chozas Bermúdez, ha manifestado —con deplorante y justa agudeza—: «El marco político institucional hoy en día no se corresponde con las exigencias efectivas de la nueva sociedad que hemos llegado a ser.» Complementando esa viva aseveración con otras dos concordantes: «Ahora lo que hay que hacer en política es recuperar el tiempo perdido» y «necesitamos unas instituciones más auténticas, más eficaces y más representativas».

Si unos y otros empezamos a estar de acuerdo y las voces oficiales comienzan a expresar —autorizadamente supongo— lo que los demás expusimos desde el tundido llano, ¿por qué no nos decidimos, todos juntos, como cabe a una sociedad integrante e integradora, a poner en marcha una auténtica operación de alto estilo político?

No faltan rumores para consuelo de desesperanzados. Pero los rumores —por muchos indicios que apunten— pueden resultar de tardía materialización. Aparte de que algunos de ellos apuntan a astutas maniobras retardatarias. Por ejemplo, se indica —y hasta se patrocina— de absoluta buena fe por parte de quienes siempre la emplearon el posible establecimiento de un titulado «Gobierno de concentración», que con su ascendiente «pluralista» enfrentaría los perentorios problemas del cambio. La idea, en principio, no es mala, en cnanto parece transparentar una intención movilizadora. Claro que casi todos los gobiernos del Régimen lo fueron y que una minuciosa dosificación de las fuerzas representadas presidió sus designaciones. Hasta el extremo de que al interrumpirse esta tradición con uno de dios —por cierto de poca brillante memoria— éste fue saludado con «1 mérito de su «monocolor» por la jubilosa trompetería inaugural y oficiosa.

Por lo que los rumores arrastran, ahora se pretendería una recomposición mirando al pasado, en lugar de hacerlo hacia el futuro —que constituye la tarea por acometer—, con el riesgo de incurrir en una peligrosísima vuelta atrás, difícilmente admisible por una suspicaz conciencia ciudadana. Esta posibilidad podría, en cambio —en caso de producirse bajo un sistema suficiente de consultas y diálogos previos—, servir de catalizador de la oligarquía dominante. Para el presidente Arias resultaría, a la postre; altamente significativa, permitiéndole descubrir no pocas posiciones bastardeadas y actitudes ocultas.

Sin embargo, la mayormente beneficiada sería la base de confianza de que dispondría una conjunción politica de este porte, sobre todo si acertaba — por una parte— a ampliar al máximo sus colaboraciones, a la par que se circunscribían las presencias a las más limpias patentes. Téngase en cuenta que la opinión pública, con lógica intuitiva y primaria, suele ser muy susceptible en materia de ética. ¡Para qué cargar a estas alturas con culpas antiguas y ajenas!

Claro que esta última parcela de mis elucubraciones pueda resultar gratuita disgresión producto de unos rumores. En esta eventualidad, ¡allá quienes los lancen, los alimenten y los manipulen! Mas antes de concluir, una advertencia a cargo de pluma ajena. La del poco sospechoso ginebrino Henri Frederic Amiel, tan poseído por la soledad y la contumacia intimista, como alejado de las concupiscencias del poder y los anhelos del hombre público. «Las Instituciones —escribió Amiel— no valen más de lo que valiere el hombre que las emplea.»

José María ALFARO

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