Autor: Valls Taberner, Luis. 
   El rey no gobierna     
 
 ABC.    16/12/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

EL REY NO GOBIERNA

CADA uno de nosotros cree saber lo que el Rey debe ser y debe hacer. Todos nos sentimos con el derecho de aconsejar al Rey. En esto se cumple a la perfección la tercera ley de Parkinson.

De palabra o por escrito, en privado o públicamente, en nuestra tertulia o en el Palacio de la Zarzuela, todos quisiéramos decir a Don Juan Carlos lo que, en nuestra opinión, debiera hacer a haber hecho.

No he conocido ningún político que no se canse o se harte pronto de los consejos. «Lo que al país le conviene lo sé yo», reaccionaba un amigo mío. Y en parte no le faltaba razón.

Sabemos lo que el Rey debiera hacer, porque en este «gran teatro del mundo» el papel asignado a Don Juan Carlos está en el libreto, en la «carta magna», en nuestra Constitución actual. No va a ser un Rey absoluto ni va a ser una figura decorativa. Va a ser un arbitro.

Conocemos, pues, cuál es su papel; pero ¿sabemos cuál es el de cada uno de nosotros? ¿Qué es lo que debemos hacer cara al Rey?

Si se está pensando en que e! Rey dure —no sólo porque es joven, sino porque hasta las personas más débiles se van a sentir amparadas por su sola augusta presencia—, su permanencia en e1 Trono dependerá más de nuestra actitud, de nuestro comportamiento, que del suyo.

Nosotros al Rey apenas le debiéramos visitar. Necesita su tiempo para leer y para pensar, para trabajar y para descansar, para tener la serenidad y la altura de miras de las águilas en la cumbre de las montanas.

Nosotros al Rey no le debiéramos pedir cosas: ní Cargos ni recomendaciones, ni que presente ni que rechace candidatos, ni que nos apoye ni se mezcle en banderías o partidismos. El campo de juego está muy a menudo fangoso y al Rey no te podemos poner en el nesgo de que se salpique o se enfangue.

Nosotros al Rey no le debiéramos pedir que mande. Sería el peor o el más flaco servicio que le haríamos a él personalmente. Para cualquiera que haya leído un poco dé Historia o que tenga un mínimo de experiencia sabe lo que el Poder desgasta y también lo que corrompe. Y, además, porque su función no está configurada como la de un Rey absoluto.

Nosotras al Rey debiéramos dejarle por encima de buenos y malos, de rojos y de azules. Debiéramos hacer lo posible para que las materias reservadas a su decisión —no digo a su refrendo— fueran muy pocas y sólo las inevitables.

Seria imprudencia temeraria por nuestra parte que dejáramos estar al Rey en la línea de fuego o en la línea de mando.

Bastante arriesgado es que el Rey tenga que decidir entre una terna. De alguna manera deja resentidos a los dos que no se elige, y al que cesa. Pero lo que el país no debiera perdonarnos es que nuestro comportamiento fuera cortesano en el sentido peyorativo de la palabra; es decir, estar siempre dispuesto a asentir • al de arriba, aunque como compensación se sea más duro de lo normal en el hogar o con los colegas y con los subordinados.

Nadie podrá pensar que el Rey quiera administrar, que quiera presentar candidatos para cargos públicos de relieve o de secundaria importancia. Esto es innecesario y desgasta muchísimo. Pero en el supuesto de que el Rey quisiera mandar —¡Dios no le permita caer en la tentación!—, la culpa sería nuestra si lo toleráramos.

Quien" no tenga demasiada afición al arte de gobernar puede leer el comentario anterior en la respuesta dada por un gran estadista español, de dilatada permanencia en el Poder, a la pregunta de un diplomático extranjero acerca de cuál era la razón de la larga duración de sus gobiernos: «Un ministro que cesa implica su enemistad, la de su familia y la de sus amigos. De haber cambiado con frecuencia tendría enfrente a medio país.»

Nosotros hemos de instar al Rey a que sea siempre imparcial, a que no tenga privados, a que no se deje guiar por simpatías 9 antipatías, a que no sea rencoroso, a que sepa «tragar sapos», como vulgarmente se dice. Como un gran actor, su cara nunca traicionará sus sentimientos íntimos, ya que siempre está en escena. Esto es lo que convierte en pesada, la púrpura. No se la puede quitar de encima.

He dejado para el final el jema de las Instituciones. ¡Qué penoso sería que se dejaran avasallar! Mil veces preferible que se equivoquen dieciséis hombres —pongo por caso— que permitir al Rey que salga de las reglas de juego establecidas o, lo que es igualmente grave, que te sea posible cometer un error al decidir; cargando además, «a posterior», con las inevitables equivocaciones o desaciertos.

Si las Instituciones no han podido rodar plenamente hasta aquí, hora es de que lo hagan ya. Mejorarán, se harán más representativas, modificarán lo que quieran cambiar. Empleemos el nosotros —no el nombre del Rey—. Que los expertos «arrimen el hombro» y que al Rey, y a quienes estamos felices en nuestro trabajo, nos dejen en paz. Cada uno a su papel, y a intervenir en lo ajeno sólo cuando alguien lo pase mal; y, en este caso, para, echarle una mano si la precisa o tratar de mejorar su situación si lo pide.

Huelga decir que hemos de «sonreír al porvenir». Tomemos ejemplo de la mujer valiente que con tanta fuerza describe el libro de los «Proverbios». Pero debemos analizar con un constructivo pesimismo los datos que tenemos del presente, piara poder enfrentarnos esperanzada mente con el futuro, que puede ser condicionado, especialmente por aquellos que pertenecen a la dase política.

Nosotros no debemos volver a tropezar en el mismo escollo, aunque sea condición humana que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. No podemos ser responsables de que ocurra de nuevo lo que, hará pronto cuarenta y cinco años, sucedió con el abuelo de Don Juan Carlos: abandonó España por culpa nuestra, porque no supimos cumplir con el deber de evitar que interviniera cuando no debía hacerlo y terminara, quedándose solo.

Luis VALLS TABERNER

 

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