Autor: Marías Aguilera, Julián. 
   Los cristianos y la política     
 
 El País.    07/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Los cristianos y la política

JULIÁN MARÍAS

La historia de las relaciones entre la religión y la política es larga, confusa y con frecuencia deprimente.

Ambas convergen en la vida de! hombre, y no es fácil separarlas. Pero si se quiere alguna claridad para el

presente, conviene reducir el tema a aquellas épocas —cercanas, si se mira bien— en que ha habido

política como un tema general, como una ocupación de todps los hombres (o. si no. como una privación).

Más o menos, desde la Revolución francesa, cuando se intentó someter a los eclesiásticos a jurar la

«constitución civil del clero» y esto los dividió en los assermentés o «juramentados» y los «refractarios»,

fíeles a la obediencia a Roma. Poco después se inventó aquella lamentable «alianza del trono y el altar»,

que había de tener tan largas consecuencias, y de la que se encuentra una temprana muestra en las

palabras del anónimo denunciante de Jovellanos. en 1800. que hace mucho tiempo ciíé en Los españoles:

acusa a los que «asestan sus tiros contra la cabeza de la Iglesia, procurándola destruir, haciendo ridículo

de lo más sagrado de nuestra religión católica, y concluyen echando por tierra y hollando los tronos, los

cetros, y las coronas; porque conocen que unidas las dos potestades, son •absolutamente invencibles; mas

separadas, ni una ni otra puede resistirles».

Esa alianza, a decir verdad no muy santa, ha llevado a muy tristes consecuencias, y no será a españoles a

quienes sea menester recordárselo. Y su ejemplo ha estimulado otras alianzas en que los poderes púbíicos

o Jas fuerzas políticas buscan el apoyo o la fuerza persuasiva de la Iglesia, v ésta puede caer en la

tentación de buscar un «seguro» para un futuro dudoso. Naturalmente, las cosas no se presentan nunca

con toda su crudeza: ha habido y siempre habrá «justificaciones»: es notoria la propensión irreligiosa o

antirreligiosa que han tenido muchos movimientos políticos contra las estructuras y fuerzas tradicionales,

y la «defensa de la religión» era el pabellón que podía cubrir todos los reaccionarismos. aun los más

opresivos; no es menos evidente que la pretensión de defender a los pobres y a los oprimidos suscita

fuertes resonancias evangélicas, aunque a la vez se destruya el núcleo mismo del mensaje evangélico.

Para un cristiano, la utilización de la Iglesia o, con mayor motivo, de la religión como tal para fines

ajenos es inaceptable. Pero esto no quiere decir que ese mismo cristiano no se encuentre en la necesidad

de saber a qué atenerse en cuestiones políticas, y es falso que su cristianismo nada tenga que hacer en

ello. Este es el delicado problema que hoy tenemos planteado en todo el mundo.

En todo, es cierto, pero de muy diversas maneras. Acabo de leer con vivo interés una nota pastoral

publicada por los obispos del Sur (Andalucía y Canarias). Se ha informado de ella con gran desigualdad,

desde el texto completo hasta una mínima y arbitraria selección de párrafos fuera de contexto. Empieza el

documento con estas palabras: «Ante la multiplicidad de opciones políticas que solicitan la adhesión de

los ciudadanos, son muchos los fieles que nos piden una orientación moral. Creemos que es nuestro deber

pastoral iluminar la conciencia de los católicos desde el Evangelio para que adopten una decisión libre y

responsable.»

Nada menos «intemporal». Los obispos andaluces hablan «ante la multiplicidad de opciones políticas que

solicitan la adhesión de los ciudadanos». ¿En cuántos países —y en qué fechas— se pueden o han podido

escribir palabras semejantes? En España, durante cuarenta años, por supuesto, no. Y hoy. ¿acaso en Chile,

o en Cuba, o en el Perú, o en Polonia. Hungría. Checoslovaquia. Rumania, la Unión Soviética, o en

ninguna de las dos Coreas, o en Vietnam, o en los países árabes, o en casi ninguna parte de África? Y casi

lo mismo podría decirse, con alguna atenuación, de otra enorme porción del mundo. Los obispos fechan

su texto: «Adviento 1976». En España, donde escriben, se trata de otro advenimiento menor, con modesta

minúscula, pero bastante excepcional: el de las opciones políticas, el de la posibilidad y la necesidad de

elegir, frente al uso generalizado de que todo esté ya elegido por los demás.

Lo nías interesante de esta pastoral andaluza es que es religiosa. Los obispos han hablado a hombres

civiles, a ciudadanos que tienen deberes y parece que van a tener derechos —y el deber de usarlos—; pero

no pierden de vista que sobre quienes tiene autoridad espiritual es sobre los católicos, y precisamente en

cuanto lo son. Por eso. tras una introducción en que apelan a la responsabilidad política, el realismo y

sentido crítico y el respeto a los discrepantes —todo ello temporal v válido para hombres civilizados sin

más distinciones—, consideran desde el cristianismo las exigencias absolutas de cualquier opción

política: la libertad, la justicia, la moralidad. (Los obispos dicen: «El valor libertad», «el valor justicia» y

«el valor moralidad», y no estoy muy seguro de que estas expresiones sean las mejores: lo mismo que

cuando dicen que los fieles piden «orientación moral». Esto lo pueden dar muchos hombres: creo que a

los obispos hay que pedirles orientación religiosa, aunque no desdeñen los valores: lo que primariamente

deben buscar es la salvación de los hombres. Para ello hace falta que la política de los cristianos tenga

libertad, justicia y moralidad: la política de los cristianos y no la «política cristiana», porque esto no

existe.)

Y los obispos andaluces piden que la cosa no se quede en palabras y proclamaciones, sino que llegue a las

obras. «Lo que importa no es lo que se dice, sino lo que se hace», escriben. Yo creo que también importa

lo que se dice, porque decir es una de las más importantes cosas que los hombres hacen, pero la intención

es clara y justa.

No hay una política cristiana, porque los cristianos pueden tener muchas y muy diversas; lo que hay

ciertamente es políticas —demasiadas— que no pueden ser cristianas; aquellas que destruyen o pretenden

destruir aquello en que consiste el hombre para un cristiano, y por supuesto su vida sobre la tierra. Si se

¿espoja al hombre de su libertad política y social; si se niega su libertad personal: si se reduce su

horizonte al de este mundo y se lo despoja de su esperanza en una vida perdurable, dejándolo abandonado

a la radical desesperación de la adversidad, la mutilación, la enfermedad, la vejez o la muerte sin otra

alternativa; si se lo utiliza y explota como un medio; si se lo priva de sus derechos en este mundo

remitiéndolo hipócritamente al otro: si se disminuye la producción por cualquier motivo, condenando a

los demás a la pobreza innecesaria; si se desprecia la voluntad de los hombres y no se cuenta con ella ni

se tolera su expresión; si no se siente la responsabilidad por el destino de los demás, se ha abandonado

radicalmente la condición .cristiana y no se la puede invocar con ningún pretexto (porque pretexto hay

siempre para todo).

No es muy brillante la historia de la Iglesia —o. si se prefiere, de los eclesiásticos— en sus relaciones con

la libertad. Nominalmente ha aceptado con demasiada facilidad la existencia de formas políticas y

sociales que faltaban a la justicia, pero de hecho ha paliado la injusticia dominante en muchas ocasiones.

Frente a la libertad, las cosas han sido peores, porque después de una proclamación de la libertad

«esencial» del hombre, poco se ha hecho para defenderla, asegurarla, reclamarla. Hoy. que las cosas están

cambiando tanto y tan de prisa, la reivindicación de la justicia, causa de innumerables más. para aceptar la

falta de libertad o al menos olvidarla, sin querer advertir que La privación de libertad es la más profunda

injusticia, causa de innumerables más.

Tengo esperanza de que en el último cuarto de este siglo la Iglesia tome posesión plena y sin restricciones

de esa porción nuclear del cristianismo y comprenda que es simplemente irrenunciable.

 

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