Autor: Álvarez Álvarez, Carlos Luis (CÁNDIDO) (ARTURO). 
   El problema vinícola     
 
 ABC.    01/10/1958.  Página: 47. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL PROBLEMA VINÍCOLA

El vino inocente, nuevo, tierno como un niño, saldrá pronto a raudales del mundo breve e irisado de la

uva. Castilla se teñirá de morado y Gonzalo de Berceo volverá a cambiar su "román paladino" por un

vaso hasta los bordes. La algazara de los vendimiadores remata las faenas agrícolas del año, y, no

obstante, la inminencia festival nos conduce, irónicamente, al arduo problema que plantea la economía

del vino. Así es. No para el asunto en la fronda de los pámpanos, en el perfume de los orujos. La Mancha

vitivinícola, es decir, la Mancha, padece hoy de una grave preocupación que se extiende, en mayor o

menor grado, al resto de la España vinicultora. Del laboreo y transformación del vino dependen unos diez

millones de españoles. Pero es en la Mancha, precisamente, en donde Tomelloso, por ejemplo, tributa por

el vino tanto como tributa Navarra por todos sus productos, sobre la que los filos del problema están más

cerca de la carne viva. Se trata, en conclusión, de la competencia entablada entre los alcoholes vínicos e

industriales.

El alcohol vínico se extrae, para que ustedes lo sepan, de los vinos puros, convenientemente destilados y

rectificados, y representa el 60 por 100 de la fabricación total. El resto se consigue mediante el laboreo de

los orujos, de las lías y madres del vino, es decir, de sus heces. Por su parte, el alcohol industrial que ha

irrumpido en nuestro mercado procede de las melazas de la remolacha azucarera. La remolacha, como

conviene a nuestros intereses, está protegida con precios que oscilan alrededor de las novecientas pesetas

por tonelada y, consiguientemente, la protección estatal alcanza también al azúcar. Por lo tanto, el alcohol

industrial originado por la transformación de las melazas proviene de un residuo de primeras materias

protegidas. La cuestión se complica si observamos el sistema preparatorio de los alcoholes vínicos.

Sistema evidentemente muy penoso. La uva es un fruto de ciclo vegetativo largo, pues necesita doce

mesas para su granazón. Además, requiere constantemente el mimo del labrador. Para elaborar un litro de

alcohol vínico son necesarios unos ocho litros y medio o nueve de vino de doce grados, con lo cual -

fijémonos bien - no es posible proteger adecuadamente a la viticultura si al misino tiempo no se protege la

posterior transformación del vino. Mientras el costo de la transformación de las melazas de la remolacha

es prácticamente cero, por cuanto sobre esta labor gravitan benéficamente las medidas protectoras a las

que hemos aludido, el alcohol vínico soporta, además de un costo elevado, una serie de impuestos que,

globalmente, alcanzan de siete cincuenta a ocho pesetas. El resultado de competencia tan desigual es fácil

adivinarlo.

El cronista, que ha hecho la vía de Ciudad Real, de Almagro, de Valdepeñas, de Tomelloso y de

Manzanares, ha visto muy da cerca estos problemas, y quizá debido a la cercanía no los haya visto muy

bien. Sabe también el cronista que los problemas no han do entenderse unilateralmente y que el juego ha

de hacerse en común, así como también su rectificación. Pero sigamos. La Comisión Interministerial del

Alcohol señaló como precio mínimo para el kilo de uva el de 1,50. Precio señalado para la campaña

vínico alcoholera de 1958-59. Añera bien: ¿cuál es el precio de coste de la uva? Según el estudio

realizado por el Sindicato Nacional de la Vid en el mes de marzo de 1957 el precio de coste de la uva es

de dos pesetas diecisiete céntimos el kilo. Entonces, ¿sobre quién cae, sobre quién se derrumba, sobre

quién golpea esa diferencia entre el precio de coste y el precio mínimo?

Porque si, evidentemente, la Comisión Interministerial del Alcohol fija lo que pudiéramos llamar un,

precio de amparo y no un precio mínimo que corresponda al coste real, entonces el problema es de índole

superior, ya que sería necesario un Servicio Nacional de la uva y del vino que, análogamente al Servicio

Nacional del Trigo, fijara un precio real de mercado.

El cronista insiste en que se da cuenta perfectamente de que los problemas acucian por diversos sectores,

y que aquí hace falta mucha serenidad. No abunda la serenidad, sin embargo, en las cuatrocientas fábricas

y pico de la alcoholería vínica española. El precio máximo señalado para el alcohol vínico es, me parece,

de veintiséis pesetas y inedia. Al quedar, irremediablemente, por debajo del que la realidad del mercado,

impondrá a los productos vitivinícolas, determinará la constante y abrumadora salida de los alcoholes

industriales. Su impacto será a todas luces irresistible y de ningún modo podrán competir los alcoholes

vínicos. Por otra parte, el precio mínimo ordenado para la uva influirá para que en algunas zonas se

compre uva a tal precio, mientras que en aquellas otras en las que exista competencia industrial o se

hayan creado Cooperativas, se alcanzarán los precios reales que, en vista de las diversas circunstancias

del mercado, serán probablemente aceptados. Esta situación que, efectivamente, parece complicada,

origina una nueva complicación. La posibilidad de una nueva complicación. Es ella la salida, en la época

de la vendimia, de los alcoholes industriales, suceso que puede producir beneficios considerables en

algunas zonas; beneficios de los que, ciertamente, no participarán, los viticultores que tuvieron antes que

vender sus productos a precios ostensiblemente insuficientes, obligados por la necesidad de atender a su

coste.

El Estado, sumamente perspicaz y de entendimiento probablemente sereno, busca solución a este

problema y a cuantos en esferas distintas y sucesivas tienen con él algún contacto. La Mancha necesita

del vino para sobrevivir, y, pues que es así, ¡viva el vino!

Por lo demás, el cronista puede asegurarles que la Mancha es tan hermosa, tan sosegada, tan dulce...

Carlos Luis ALVAREZ.

 

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