Autor: Carabias Sánchez-Ocaña, Josefina. 
   Escribe Josefina Carabias. El dimisionario suelto     
 
 Ya.    26/10/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

[

«JOSEFINA CARABIAS

El dimisionario, suelto

Puede que algunos no me crean si digo que el tiempo se me hacía corto escuchando a los intelectuales de

la Sociedad de Estudios Sociológicos (FUNDES), reunidos durante dos días para debatir el tema —el

problema, sería mejor decir— de «La libertad de enseñanza» en España.

Deberían, sin embargo, creerme, porque, sin duda, los intelectuales, si lo son de verdad y se les escucha

con atención, resultan mucho más amenos que algunos de los que tratan de distraernos y hasta de

divertirnos.

Además, el filósofo don Julián Marías, presidente "y animador de FUNDES, es un magnífico clarificador

de debates. Posee la rara habilidad de poner diáfanas, con sólo una media docena de palabras, las ideas

que algunos nos presentan nebulosas, aunque se sirvan de cincuenta hojas para expresarlas.

Pero está visto que los periodistas no podemos evadirnos de la actualidad, por mucho que nos descansen y

nos atraigan los debates culturales. Así, cuando más enfrascada estaba el otro día en las disertaciones de

nuestros hombres y mujeres de talento, alguien me pasó una noticia todavía inédita:

«Hubert Matos ha sido puesto en libertad en La Habana y autorizado a trasladarse a Costa Rica con toda

su familia.»

Me alegré. La situación de preso político es una situación desigual y generalmente injusta, tanto si se

produce en países revolucionarios como reaccionarios. Digo esto porque ya es bien sabido que hay presos

políticos que aun habiendo cometido actos señalados en los códigos como delitos graves, salen triunfantes

a los cuatro días o a los dos meses o al año de estar en prisión. Hay otros, en cambio, que con cargos

mucho menos graves se pasan media vida en la cárcel y aun se considera una suerte que se les autorice a

emprender el camino del destierro.

«He aquí —pensé también— el caso curioso de un país como Cuba, que ha resuelto los graves problemas

de enseñanza pública que en este seminario de FUNDES se están debatiendo. Pude observar, no más lejos

que en el mes de abril de este mismo año, que en Cuba no hay niños sin escolarizar, en muy buenas

condiciones; que puede seguir una carrera todo el que sirve para ello; que salen buenos médicos en

abundancia y que la asistencia pública en los hospitales funciona muy bien.»

«Y..., sin embargo —seguí pensando—, en esa misma Cuba cuyas realizaciones, en ciertos aspectos como

la enseñanza y la sanidad pública, son evidentes, puede darse el caso de que a un hombre situado en uno

de los puestos más altos del país, y sin que fuera notorio que cometiera delito, le caigan veinte años de

cárcel y tenga que cumplirlos sin que se le perdone un solo día.»

El nombre de Hubert Matos suena poco en España. Sin embargo, a quienes seguimos con interés los

avalares de la revolución cubana sí que nos suena mucho.

No es cierto, como aquí han difundido noticias erróneas, que Matos tomara por asalto el cuartel de

Moncada, en Santiago de Cuba, en nombre de la revolución castrista. El episodio del cuartel de Moncada

no fue más que un intento, el primero, que dio como resultado la prisión y proceso de Fidel Castro —

hasta entonces poco conocido—, quien después huyó a México, de donde volvió con unos cientos de

compañeros en un yate. Fracasado el intento de desembarco en armas y muertos muchos de los

revolucionarios, otros lograron ganar las distintas sierras de la isla y allí se les fueron uniendo numerosos

campesinos, muchos estudiantes y gran número de gentes de todas clases, así como desertores del ejército

de Batista, enviado para aplastar la guerrilla.

Hubert Matos se presentó a Fidel en la sierra, al mando de trescientos cincuenta hombres. Había ejercido

su carrera de maestro. Pero en aquellas fechas dirigía una plantación de arroz propia. Sus trabajadores y

algunas otras gentes de su comarca le siguieron en la aventura. Matos era, probablemente, el de más edad

entre los jefes de la guerrilla —ahora cuenta sesenta años, mientras que Fidel Castro no cumplirá hasta el

año próximo los cincuenta y tres—, y tal vez eso le valió une cierta autoridad y el respeto de los jóvenes.

Al triunfar la revolución, Hubert Matos fue miembro de la Junta de Comandantes —el máximo grado

militar y el más alto organismo político a la sazón—, siendo después nombrado gobernador militar de

Camagüey, con mando de poderosas fuerzas:

Fue en julio de aquel mismo año, 1959, cuando Matos pronunció un discurso vivamente anticomunisla. El

Estado no sería comunista hasta dos años después. Y fue el 19 de octubre cuando Matos envió a Fidel

Castro una carta de dimisión, muy cariñosa, y que se publicó en los periódicos.

«Te pido mi relevo —decía— no en mi calidad de comandante, sino como uno de tus camaradas de la

sierra, ¿te acuerdas?, como uno de los que salieron dispuestos a morir para cumplir tus órdenes.»

No mas lejos que al día siguiente Matos fue detenido. Y meses después, condenado a veinte años. Los

informes son contradictorios, según el lado de donde se tomen. Pero lo cierto es que Matos no hizo uso de

la fuerza, a pesar de que tenía muchas e incondicionales a sus órdenes.

¡Veinte años de cárcel por dimitir! Se hace duro creerlo, aunque ello explique la escasa afición de los

políticos a las dimisiones.

 

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