Polémica educativa     
 
 Diario 16.    13/02/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Polémica educativa

Es lógico que las polémicas en torno a la organización del sistema educativo alcancen particulares

enconamientos. Aunque la España de 1980 es muy distinta de la de hace medio siglo, la «cuestión

religiosa» —por usar una denominación que parecía enterrada y ha surgido en estos días— subyace aún

en las posturas antagónicas.

Están en las Cortes dos proyectos de gran importancia: el Estatuto de Centros Docentes y la ley de

Autonomía Universitaria. Uno afecta a la enseñanza media y el otro a la superior. Y desde luego, no cabe

ocultar que tienen redacciones de inspiración diversa que no hacen sino evidenciar realidades del país.

Que el enconamiento de la campaña contra ambos proyectos no haga distingos, es lo primero que causa

cierta perplejidad, porque la LAU, proyecto progresista, padece, sin embargo, una ofensiva

descalificadora aún más fuerte que la desatada contra el más conservador Estatuto de Centros Docentes.

Sin embargo, uno y otro proyectos son asumibles, con más o menos entusiasmo, desde una lectura pro-

gresista de la realidad española. Si pensáramos que el Estatuto de Centros Docentes apunta a mantener el

«statu quo» de la enseñanaza media en España, no escribiríamos una línea en su defensa. Pero no es así.

Lo que sucede —muy distinto— es que el Estatuto parte de una realidad que existe y abre los cauces para

que la sociedad vaya adecuando y modificando esa realidad. Ni asienta la realidad, ni la cambia. Senci-

llamente, la reconoce y pone su curso en manos de la sociedad.

Nosotros estamos con el cambio y deseamos que la realidad actual se modifique sustancialmente, pero sin

que ello suponga llevar el caos a la enseñanza media, ni volver a hacer del tema una insoluble «cuestión

religiosa» que resucite el enfrentamiento incivil del clericalismo y el anticlericalismo. Resucitar el viejo

concepto decimonónico de la «libertad de cátedra» como un slogan contra la utilización por el

establecimiento del concepto de la «libertad de enseñanza» equivale a enzarzarnos en una polémica

equívoca y estéril. No hay libertad de enseñanza sin libertad de cátedra, ni la libertad de cátedra podría

ejercerse fuera del marco de la libertad de enseñanza.

En cuanto a la campaña contra la LAU, es curioso y clarificador constatar cómo convergen los

radicalismos callejeros con los intereses reaccionarios. Subrayan los responsables del Ministerio de

Universidades que no se ha presentado ni una sola enmienda original al proyecto de LAU. Y es que, en el

fondo, los dos frentes de la campaña son uno solo: los que no quieren que cambie la penosa realidad

actual de la Universidad española, y los que gustarían de heredar, tan arbitrario como ahora es, el

esquema estructural de la Universidad para ponerla dogmáticamente a su servicio. Entre dogmáticos anda

el juego, amparado por la arraigada obsesión de la «titulitis», que es una forma burocrática del miedo a la

libertad.

Lo cierto es que la LAU aspira a conseguir una Universidad distinta de la que padecemos. Una

Universidad dedicada a la docencia y a la investigación, y no a la expedición de títulos que, por

sobreabundancia, han llegado incluso a perder gran parte de su significación económica elitista.

Hay muchas cosas que decir contra el actual sistema educativo español. Pero la demagogia nunca es el

camino de la libertad, sino el caldo de cultivo de la confusión.

 

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