Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Hombres de Estado     
 
 Ya.    06/10/1977.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

HOMBRES DE ESTADO

CUANDO el Estado está an crisis. (y pasa de veinte años desde que publiqué la primera edición de mi

libro ´,´La crisis del Estado"), cuando la nave estatal hace agua y se ve rodeada de escollos, surge de modo

natural la búsqueda de hombres de Estado capaces de restaurarlo y ponerlo de nuevo a rumbo y con

navegación segura.

La empresa no es fácil, porque hoy todos los Estados atraviesan una profunda crisis, que en cierto modo

exige una nueva fundación.

AQUELLAS potentes unidades que fundaron a finales del siglo XV personalidades de la fuerza de los

Reyes Católicos en España, de los Tudor en Inglaterra o de Luis XI en Francia, y que han estructurado

.políticamente a Europa durante cinco siglos, y dado su modelo >al resto del mundo, están hoy con

problemas muy serlos. Nacidos .de un deseo de paz interior, se encuentran hoy con formas

internacionales de terrorismo, de guerrilla urbana, de piquetes violentos, que utilizan la fuerza al servicio

de sus causas o intereses, como en los peores tiempos de la anarquía medieval. Surgidos de una necesidad

de defensa exterior más eficaz (el inventarse la ar ´ tillería y otras armas potentes), se han quedado

pequeños (.económica, técnica e incluso geográficamente) ante los armamentos actuales. Superadores de

los fragmentados espacios económicos del Medievo, y creadores de grandes sistemas de producción, se

ven obligados hoy a integrarse en uniones aduaneras y económicas. Integradores de los viejos reinos

menores y señoríos feudales. Se ven asaeteados por demandas de autonomía, que unas veces

corresponden a legítimas aspiraciones de descentralización y autogobierno y otras encubren el deseo de

privilegios y de fragmentación de la unión cimentada por los siglos.

NO son, pues, los políticos de tiempos fáciles, ni los simples funcionarios o tecnócratas los que han de

enfrentarse con loa problemas de los Estados actuales. Hacen falta más Quiñones. Se necesitan hombres

capaces de superar la mera adscripción a una ideología; de trascender sobre tal o cual interés local; de

concebir intelectualmente al Estado en su con ´ junto; de enfrentarse con valor probado con las situaciones

criticas; de tomar sobre espal, das anchas una carga que las crisis económica, social, moral y de

civilización hacen grave y pesada en nuestros días.

EN algún comentario reciente he visto que se quiere dar a entender que el hombre da Estado es el hombre

que no se expone, que no se moja; que rehuye los puestos de desgaste, que no ha de mostrar arrojo´y

sentido del riesgo. Se sitúa su definición en la habilidad, en la imagen suave, en la capacidad de

desenfilarse, en la sonrisa estereotipada, en el maquillaje televisivo. Por favor. Estarnos en la hora de la

verdad, como todo el mundo sabe. Hay que salir al ruedo y torear de una vez.

BASTA ya de cuestiones previas, de homologaciones foráneas, de viajes propiciatorios y da otras

maneras de esquivar el bulto. Basta ya de burladeros y de largas cambiadas. Vamos a. decirle al país

cómo vamos a resolver sus problemas, y en qué plazo, y a qué coste. Vamos a dejar de. echarles las

culpas a los pasados, y a decir cuá1 es nuestro programa concreto para superarlos. Todo lo demasíes filfa,

engaño, niñería y embeleco.

HOMBRES de Estado. Capaces de decir sí o no, de enfrentarse con las cuestiones antipáticas, de dar un

puñetazo encima de la mesa cuando haga falta dar por terminada una cuestión. Así lo fue el cardenal

Cisneros, en mi opinión el más importante de nuestros hombres de Estado; reformador de la Iglesia,

promotor de alta cultura en la Universidad de Alcalá, mecenas de las artes, conquistador de Ora,n. Duro

consigo mismo y con los demás, tuvo a raya a los nobles ambiciosos y a loa clérigos intrigantes, y le

entregó a Carlos V un reino que era un pura sangre bien entrenado.

Así lo fue Richelieu, que encontró una Francia destrozada por las guerras civiles y religiosas, y le entregó

a Luis XIV un país unificado, fuerte y rico. Así lo fue Bismarck, que unificó a Alemania y le dio un

Estado fuerte y eficaz, y comprendió que eüi el mundo contemporáneo sólo una genuina justicia social

podía servir de cimiento al Estado. A^í lo fue Lincoln, que unió definitivamente a los Estados Unidos,

abolió la esclavitud y sometió por la fuerza a los separatistas del Sur,

ESOS fueron hombres de Estado, hombres sin miedo y sin tacha, que los sacaron de crisis graves para

dejarlos más unidos y más fuertes. No fueron políticos blandengues ni acomodaticios, de sonrisas

estereotipadas, palabritas dulces y abrazos fáciles.

Sa dirá por alguno: hoy los tiempos áon democráticos. Nadie más demócrata que Lincoln, el del

"Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". Demócratas convencidos fueron Churchill y De

Gaulle; el último tuvo dos veces la oportunidad de ejercer la dictadura y la rechazó. Pero la democracia

no tiene por. qué ser débil ni engañosa.

EL Estado democratic sigue alendo unE atado, es´ decir, que ha de ser algo estable, algo que está; que es

sólido y permanente. Que mantiene la unidad de la´ patria; que defiende la paz, la seguridad, el orden

público; que garantiza el trabajo, la inversión, la estabilidad económica, él desarrollo social. Si no hace

esto, no es Estado, ni puede ser democrático; es desorden, d ••»

Manuel FRAGA IRIBARNE

* íi ií

(Continúa en pág. sigte.)

(Viene de la pág. anterior)

gia,, inseguridad. Es fuga ¿te localismo, derrumbamiento de los mercados de valores, sálvese quien

pueda. Es vacío político, caos social, desorden económico, pérdida de confianza. Es desesperación de la

mayoría, envalentonamiento de la sutoversión y enfrentamiento creciente.

ES la hora de verdaderos hombres de Estado, no de los aficionados, ni de los imitadores, ni de los

privados. Hay que cimentar al Estado en la realidad social, no en la apariencia. Hay que reforzarlo

moralmente en vez de disiparlo en la debilidad y en la frivolidad. Hay que darle una sólida estructura

jurídica, una fuerte base legal, en vez de sumirlo en la confusión de los legalismos oportunistas. Hay que

movilizar las fuerzas productivas e inversoras en vez de rechazarlas, Importunarlas y acobardarlas. Hay

que planear con años de previsión, en lugar de vivir al día en la pequeña maniobra y la improvisación.

ESA es la tarea de los hombres de Estado. Su función es la misma del arquitecto: una cosa es hacer tin

edificio adaptado al terreno, bien cimentado, con un tejado resistente, con buenas vlgas, con una

distribución funcional. Lo demás ea tema de decoradores, acuchilladores y demás menesteres

subsidiarios. Cuando na hay edificio y solo meras bambalinas, no se aguanta una lluvia fuerte, como en

los famosos burgos que Potemkim colocaba al lado de los caminos que debía recorrer la zarina de Rusia.

Los hombres de Estado no hacen edificios d© cartón piedra; dejan huellas de piedra y de bronce. Sus

elogios no se escriben en las gacetillas, sino en la historia.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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