Autor: García Dolz, Vicente. 
   Lo necesario y la fe de los soldados (Y II)     
 
 Diario 16.    29/01/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

Lo necesario y la fe de los soldados (y II)

Vicente García Dolz (Comandante de Aviación)

Era preciso el cambio porque la democracia, cuando se consolida, integra todas las opiniones y todos los

patriotismos. Pues el patriotismo no es cosa de unos pocos que parecen pensar que si España no es a su

gusto se aleja de ellos, y niegan la posibilidad de que sea para los demás («Esto no hay quien lo arregle,

aquí no hay más «remedio» que el nuestro»). Es como el tango: «la maté porque era mía».

Era preciso el cambio porque la unidad de España no significa encadenamiento coercitivo, sino

integración consciente y posible entre regiones (o nacionalidades, como ahora se dice; no convirtamos los

nominalismos en un drama.

Era necesario el cambio para que la tolerancia mutua, la libertad de opinión y de conciencia, lleguen a ser

un hecho. Para que nadie asocie el concepto «ateo» con el de canalla o el de despreciable truhán, o con el

de «agnóstico», «deísta» o simple no practicante de las formas externas de la religión.

Era necesario el cambio. Es más duro abrir la mente a horizontes cosmovisionales que mantenerla

cómodamente enrocada en limitadas concepciones. Quien no conserve ágiles y jóvenes sus facultades

intelectivas, pasará irremisiblemente al desván espiritual y telarañoso de la nación, a la «España de

charanga y pandereta que tiene la cabeza cana», causará baja total en la «España de la rabia y de la idea».

Era necesario el cambio.

La fe de los soldados

El Rey nos pide fe. No una fe con tintes sentimentales e inmediatos, ajena al mundo, al que se deja andar

por sus propios caminos. No se trata de una fe de la que resulte la posibilidad de un soldado

espiritualmente partido en dos: fiel por las vías sensibles del corazón y al mismo tiempo «piadoso

disciplinado». Pues el pietismo navega en pleno escepticismo.

La fe que se nos pide es metafísica; se trata de una fe no disociada del intelecto, según la vieja escolástica.

El ideal constitutivo de toda fe —religiosa o no— es la feliz unión al modo «fides quaerens intellectum»

o la razón al servicio de la fe. Hay que racionalizar la fe. La fe del soldado precisa de los preámbulos

racionales.

El complemento de la fe es el valor moral, que «se adquiere en tiempo de paz mediante la meditación, el

estudio, el ´perfeccionamiento de la cultura. Y que no puede tratarse de una cultura exclusivamente

militar» (S. M. Don Juan Carlos).

El soldado es un hombre, no un marciano. Convive con hombres, trabaja con hombres, manda y dirige

hombres, a veces en circunstancias particularmente graves. Es, pues, tan importante para el soldado

profesional la formación humanística como la militar o la científico-técnica. Si el militar ahonda su

humanismo y globaliza su cultura, llegará el momento en que su acción o su no acción, su valiente

iniciativa o su prudente serenidad, se dirigirán positivamente hacia el servicio de los demás hombres y no

hacia su destrucción, tanto en el ámbito nacional como en el internacional.

Soldado completo

No existe antítesis entre el hombre de acción (el soldado) y el intelectual. El soldado pensante es ahora

más necesario que nunca, entendiendo por tal al «soldado completo», uno de los tres modelos que

propuso Napoleón´(el soldado impulsivo, el organizador y el completo).

Un soldado cuya principal o única norma moral consiste en la lealtad al jefe, es un mercenario. Un

soldado que no ha cimentado sus convicciones éticas en las fuentes del saber social y humanístico puede

convertirse en un fanático, en un observador parcial y limitado de la realidad objetiva, presto a no

comprender orden alguna procedente del poder civil.

La disciplina que cuidamos y practicamos en los cuarteles tiene el valor de herramienta profesional

indispensable. Pero la disciplina consiste en bastante más: su. expresión colectiva se plasma en el

acatamiento del orden constitucional, en la aceptación reflexiva de la supremacía del poder civil, en la

convicción de que el Ejército nace de la sociedad, como Minerva de la cabeza de Júpiter.

Un Ejército no es un Estado dentro del Estado. Y poner en permanente y sistemática duda la capacidad,

preparación y patriotismo de los políticos, además de una irracional aberración, pudiera parecer una

hipocresía.

Militares y políticos

Los militares y los políticos son dos tipos de hombres, cualitativamente distintos pero esencialmente

iguales Ambos navegan en el mismo barco y se necesitan mutuamente, pues si se ha dicho que la guerra

es demasiado importante para dejársela a los generales, los militares, en justa correspondencia, podríamos

afirmar que la paz es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos. Ambas afirmaciones

sólo son cómicas.

El militar es el guardián de la paz. Odia la guerra como el cirujano al tumor. Pero la paz tiene su origen

´en la justicia, no en el «orden» ciego o la fuerza bruta como única solución. Y para comprender esto

plenamente es preciso un no despreciable bagaje cultural. Por esto el soldado profesional, además de ser

soldado profesional, debe ser un sociólogo, un psicólogo, un filósofo de la ética y de la política, un

comentarista de la historia. Sólo así tendremos un soldado equidistante de la´ ceguera del militarismo

(aprendiendo en los casos históricos de Asiría y Esparta, por ejemplo) y del ingenuo pacifismo.

Tendremos a un soldado profesional socialmente sumergido, moralmente inmanejable por las facciones

políticas y entregado en cuerpo y alma al Estado de todos.

Yo propongo la creación de una Universidad de las Fuerzas Armadas, dependiente de los Ministerios de

Cultura y Defensa. Allí mezclaría profesores y alumnos, tanto civiles como militares. Es notoria y

ejemplar en este aspecto la experiencia alemana. Constituiría un medio más para seguir fusionando a

España.

 

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