Autor: Aguilar Olivencia, Mariano. 
   Las Fuerzas Armadas, después de la Constitución     
 
 Diario 16.    15/01/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Las Fuerzas Armadas, después de la Constitución

Mariano Aguilar Olivenza i Comandante de Infantería)

«Hay hechos que ni los gobiernos ni los hombres políticos aciertan nunca a apreciar exactamente en todas

sus consecuencias. Los que conocen el misterio de su artificio, y los que los aceptan p combaten como

medio de oposición o coyuntura para consignar sus principios preocupados de la autoridad de su criterio,

fían demasiado en la ignorancia de los demás: el sentido común desdeña a su vez las lucubraciones de los

sabios, juzgando sólo por el resultado que le ofrecen». La «Revista Militaó, septiembre de 1.855.

Disculpamos, como disculpó la Historia a los militares que en el periodo de 1833 a 1870 apelaron a los

pronunciamientos, golpes y levantamientos, porque era preciso traer la libertad y destruir lo viejo el

régimen absoluto para edificar lo nuevo: el régimen constitucional que querían todos los españoles. Pero

es muy difícil disculpar lo contrario.

La sociedad evoluciona, la sociedad crece, el proceso del tiempo no deja nada inmutable. Las Fuerzas

Armadas íntimamente ligadas a! espíritu de la época y elemento potencia! de la constitución del Estado,

forzosamente tienen también que variar. Es ley de vida, es un hecho irreversible a prueba de nostalgias.

El estancarse, detenerse y más aún retroceder, sumiría a la institución en un ostracismo mucho peor de

aquél en el que se vio inmerso en los primeros años del siglo XX. Las convertiría en algo obsoleto, con

grave perjuicio para el Estado.

Las Fuerzas Armadas son conscientes de sus deberes y están convencidas -de que representan la única

institución capa¿ de oponerse a la seudo desmoralización que algunos pretenden hacer imperar en

Hispana. Romperán, qué duda cabe, la mísera rutina de! oscurantismo en que muchos desean se siga

desenvolviendo y comenzará el cambio de mentalidad.

Coordinación de esfuerzos

Variarán el fondo y la forma, pero sin que nadie las presione, sin que se las atosigue. Estos

procedimientos expeditos no van con ellas si no se quiere que se repitan errores anteriores de sistemas ya

en desuso. Ellas no saben de planes preconcebidos y sí de coordinación y de esfuerzo. Son laboriosas y

ademásinteligentes, pero susceptibles. No son un artículo de lujo ni mucho menos un peligro para la

libertad, comprenden muy bien lo difícil de las circunstancias por las que está pasando España, pero

quieren que se comprendan las que ellas han pasado, después de una evolución en que el país empezó tan

absolutamente la obra de su reconstrucción, en la que han participado con la contribución de su esfuerzo y

total margi-nación por falta de recursos, cedidos en bien del resto de la sociedad.

Notoria ha sido siempre, y ahí está la Historia para demostrarlo, la tendencia de los partidos a denunciar

como síntomas de enfermedad política cuanto en las Fuerzas Armadas se hace o deja de hacer, y hasta la

poca predisposición de los militares, desilusionados, a consagrar sus esfuerzos a la obra de una

regeneración y reorganización castrense, que, tantas veces invocada en años anteriores, había llegado ya a

adquirir el eco de un pretexto para consignar el capricho en formas más o menos arbitrarias.

Poder civil

Contra los que claman contra ei poder legalmente constituido y desean la preponderancia del elemento

castrense sobre el civil, la opinión militar responde que es preciso empezar por dejar a los Ejércitos

consagrarse a los especiales deberes de su profesión, sin socavar su espíritu y su disciplina con insidiosos

halagos unas veces, y con injustos apóstrofes y diatribas otras. Sólo entonces quedarán reducidos a la

esfera de acción y de influencia que les asigna la Constitución, y no se notará en la Administración civil

ninguna disminución de prestigio, ni el estado militar echará de menos una preponderancia, que sólo

ejerce cuando e! resto de la sociedad, más aún, la mayoría del pueblo, le busca como salvador de) orden y

de las leyes, a cuya defensa le consagran tanto como sus hábitos, sus juramentos y sus instintos.

Las Fuerzas Armadas no son ni carga insoportable del Estado, puesto que éste no existiría sin ellas, ni

instrumento de la tiranía ni pesadilla de presupuestos. Tal vez deban esta consideración a su disciplina; a

su discreto porte; a su abnegación y verdadero patriotismo, siempre que se las ha necesitado; a esa especie

de silenciosa resignación, por último, con que han deslizado su existencia, por esta España de sus amores,

en medio de las profundas mortificaciones con que se las ha puesto siempre a prueba.

Dejémoslas solas y no las atosiguemos, menos aún las tengamos miedo. Su acendrado compañerismo es

tan grande, la simbiosis generacional tan absoluta que están preocupadas en «confeccionar un nuevo cesto

con los mismos mimbres». Los militares tienen, sin duda, una gran fe en la firmeza y estabilidad de su

organización; en la clara precisión y brevedad de procedimientos de su justicia, y en la espiritualidad y

nobleza de su institución, cosa que no siempre ni los gobiernos ni los hombres políticos han sabido

acertar nunca a apreciar exactamente en todas sus consecuencias. Aprendamos a respetarlas y sobre

todo... dejemos de temerlas.

 

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