Autor: Pitarch Bartolomé, José Luis. 
   La lealtad de las Fuerzas Armadas     
 
 El País.    17/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

TRIBUNA LIBRE

La lealtad de las Fuerzas Armadas

JOSÉ LUIS PITARCH Capitán de Caballería

En las Fuerzas Armadas no hay que confundir unión con uniformidad. Esto lo dice incluso el general

Jorge Videla (entrevista a EL PAÍS, 12 de noviembre último), jefe del Ejecutivo tras un golpe de Estado,

refiriéndose a las diversas opiniones y estados de ánimo de los componentes de los Ejércitos. Esto lo han

dicho también muchas veces, desde luego, las máximas jerarquías de las Fuerzas Armadas españolas.

Y ha sido precisamente el ministro teniente general Gutiérrez Mellado quien ha consagrado en textos

positivos el derecho fundamental a la libertad de expresión de los militares, sometido a controles previos

antes de este ministro. La unión o unidad, fruto del espíritu militar, la lealtad y el compañerismo, se

fundamenta en la voluntad de asumir solidariamente la responsabilidad de la defensa, de acuerdo con el

proyecto de ley de reales ordenanzas, actualmente en trámite parlamentario.

Pero, obviamente, la diversidad de opiniones es una cosa y la rebelión o la traición otra. No quiero entrar

en ningún juicio de lo que está «sub judice» y tampoco puedo hacer crítica de quienes siguen siendo

superiores míos jerárquicos. Mas sí tengo derecho, y la obligación, de hacer axiología, y hacerla a fondo,

respecto a quienes incitan, una y otra vez, a la rebelión y a la traición a las Fuerzas Armadas. Aquí, los

periódicos que todos sabemos y la revista que también todos sabemos, la cual regala suscripción a los

cuarteles y unidades, si éstas se dan de baja, y sigue enviándoles sus ejemplares; que ataca a la Monarquía

cuando le viene en gana, siendo así que el titular de esta Monarquía es mi jefe supremo, según la ley

Constitutiva castrense de Cánovas, según la Orgánica del Estado de Franco y según la Constitución que

hemos aprobado —mal que les pese— el pasado día 6 la mayoría de los españoles. Y este Rey, no lo

olvidemos, lo primero que dijo al ceñir la Corona es que quería serlo de «todos» los españoles. Eso

significa admitir lo que los españoles decidan, y nadie por ellos.

No olvidemos tampoco que Francisco Franco dijo en su testamento a los militares: «Rodead al Rey de ¡a

misma lealtad que a mí.» Esta fue una orden tajante y sagrada, por ser la última de un moribundo. Un

Rey, además, que accedió al trono porque así lo quiso el generalísimo.

Yerran, por tanto, quienes se preguntan como obsesivamente «qué piensa hacer el Ejército», o «los

militares», No hay más que una respuesta jurídica y política: lo que les mande el Rey. Aún pudiera tener

algún sentido la cuestión desgranando de ella el término «hacer». Pero eso sería descender a los fueros

internos, diversos e irrelevantes al exterior. Por otra parte, caso de que, hipotéticamente, algún mando

diera un día una orden dispar de lo dispuesto por el jefe supremo y sabido por todos, esa orden sería nula

de pleno derecho. Ya dice el artículo 35 de las nuevas Ordenanzas que cuando las órdenes entrañen la

ejecución de actos que manifiestamente constituyan delito ningún militar está obligado a obedecerlas.

(Pensemos, como ejemplo arquetípico. en el caso de un coronel que manda hacer algo y luego un capitán

dispone lo contrario, siendo clara y constante para los subordinados del capitán la orden del coronel. Eso

seria la selva y no la disciplina. ¿Qué derecho tendría el capitán a ser obedecido? ¿Qué harían sus

subordinados? Este es el viejo problema jurídico de Austin. En realidad, no existen casos de capitanes

haciendo tal, salvo locura flagrante del coronel. Y, con los máximos respetos, don Juan Carlos parece

inmensamente cuerdo y, además, muy bien asesorado.)

Estas cosas creo que las conocen perfectamente la gran mayoría de los militares, mientras parecen

ignorarlas muchos civiles, que alientan, a veces con su mismo miedo, los mitos «de papel»; los cuales

sólo se hacen de cartón gracias a ese aliento indirecto y paradójico. Lo que sí puede darse dentro de la

institución castrense son tormentas en vasos de agua, algún reducido pataleo que pretenda gratuitamente

reflejar sentires colectivos, tensiones, en fin, de un organismo vivo y acostumbrado a digerir, durante

muchos años, otros alimentos.

Un golpe, un putsch, no tiene ni tendrá viabilidad. No hay condiciones internacionales ni internas. Y

somos inmensa mayoría, o todos, los militares leales al jefe supremo de los Ejércitos, a su ministro, a sus

jefes de Estado Mayor, Eso quienes mejor lo saben son los eventuales aspirantes a «golpistas».

Si alguien pide más pruebas de lo que aquí se dice, piense en el cúmulo de condiciones teóricamente

«favorables» al golpe en enero o abril de 1977, o en tantas otras ocasiones, siempre padeciendo

instigación, desde los mismos sectores, a la .rebelión. ¿Y qué pasó en todas ellas?; orden, disciplina,

lealtad al Rey.

Evidentemente, en fin, el Rey tiene numerosos asuntos de que ocuparse, además de mandar el Ejército,

muy importantes y urgentes para el país. Así que, como criterio práctico, indubitable, inmediato, para

conocer lo que ordena el jefe supremo (serenidad, entre otras cosas, según suele repetir), como cotidiano

criterio, decimos, bastará fijarse en lo que indique su ministro de Defensa, que goza de la completa

confianza del Rey y del presidente del Gobierno, cosa que saben hasta las piedras.

Y, si se quiere un paso más, ver qué dicen los jefes de Estado Mayor de los tres Ejércitos, primeros

eslabones en la cadena de mando respectiva. Luego, cada uno haga bueno el refrán «zapatero a tus

zapatos». Pero no nos engañemos: cuando al ministro le dicen «el señor Gutiérrez», cuando esos mismos

intentan provocar la defenestración de este ministro o del de Interior, se está apuntando más arriba y más

abajo.

Una reflexión y un ruego final dirigidos a los capitalizadores profesionales del asesinato y la sangre: no es

digno ni bueno ejercer comercio político con la tristeza y el dolor de quienes ven morir a compañeros de

uniforme y dedicación cada semana o cada día. Yo les juro por Dios que derramo lágrimas por estas

muertes, y me pregunto si no me tocará a mí alguna vez. Pero tenemos que acabar de parir la democracia.

Y un parto conlleva siempre sangre, sudor y lágrimas. Es la ley inflexible y dura de la vida. Aunque

después del parto viene algo que siempre hace pensar que valió la pena.

 

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