El pronunciamiento número 237     
 
 ABC.    30/11/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

JUEVES . 10 DE NOVIEMBRE DE 1978. PAG. 3.

EL PRONUNCIAMIENTO NUMERO 237

VOLVÍA el historiador de predicar 1» Constitución de 1978 en San Sebastián de la Gomera cuando se

encontró, durante el fin de semana, a lo más granado del siglo XIX, desbordándose por los mentideros y

las plazas de Madrid. En la plaza de Oriente se demostraba que el franquismo sin Franco es precisamente

ese fascismo que Franco, pese a la obsesión de las izquierda, siempre supo evitar.

Un periódico de Madrid, en el que no me faltan amigos —sed magts amtoa veritas— descubre alborozado

los métodos de la Prensa decimonónica —predominio de I» opinión sobre I» información, cultivo

sistemático del sectarismo y la parcialidad con fines de agitación política— y llega, con este motivo, al

colmo de la tergiversación profesional. En el corazón d« Cartagena, la ciudad más injustamente

marginada y más inexplicablemente dormida de las Españas, se desmentía la más profunda tradición de

un Cuerpo admirable y conjugaba la interpretación dada por Raymond Carr de la primera fase del

pronunciamiento:

El grito, aunque su patriotismo frenó ahí su equivocación. Sin la menor relación, una pareja de insensatos

anudaba en Madrid conspiraciones de novela con el recorrido completo de esa palabra pronunciamiento

que, con la palabra liberal, constituye el legado español del siglo XIX a la praxis política y a, la ciencia

política de Occidente.

El historiador, que venía de la Gomera, es decir, de una historia seria, se tropezaba, pues, de lleno, con el

siglo XIX, que es historia menos serla cuando se desborda por las entrañas del siglo XX y nada menos

que en vísperas de una Constitución; de la primera Constitución plenamente democrática. El historiador

puso inmediatamente manos a la obra; que no podía consistir sino en tomar de la mano a la Historia

sonámbula y devolverla a su nicho. Estas consideraciones nacen de tal retorno.

Creo que la interpretación en profundidad de lo que acabamos, incrédulos, de contemplar puede armarse

sobre tres ideas convergentes: la natural resistencia a la reforma, el último coletazo de los totalitarismos y

la inercia anacrónica del pronunciamiento. Veámoslo.

Todo cuerpo social en trance de reforma profunda tiende a reaccionar contra el reformador. Esta es una

ley elemental de la sociología histórica, que experimentaron en su carne reformadores políticos cómo

Maura y Canalejas; reformadores militares como Cassola.

A reforma más profunda e inteligente, resistencia más ciega y enconada. Por eso, y para citar sólo cuatro

ejemplos, se oponen al general Gutiérrez Mellado, uno de los militares con hoja de servicios más limpia y

coherente en nuestro tiempo, quienes en el fondo desean unas Fuerzas Armada» burocráticas y

mutualistas; cierran el cuadro contra Rodolfo Martín Villa —uno de los tres políticos esenciales de la

transición— quienes prefieren «1 sectarismo de régimen a la concepción del orden como dimensión de

Estado; arremeten bajo cuerda contra Enrique Sánchez de León quienes conciben la política sanitaria

como enquistamiento de rutinas y no como método —incluso quirúrgico— de reforma profunda, y acusan

de frivolidad a Fernández Ordóñez los eternos enemigos históricos de la reforma fiscal. Todos .unidos

dirán después que Adolfo Suárez, el artífice de la transición, el .hombre que ha hecho posibilidad y

realidad ´política el designio histórico de la Coruña, es un gobernante «ue no gobierna.

Seguida interpretación: el coletazo de tei totalitarismos. El 6 de diciembre no retorna nada; empieza

todo. Los extremismos, dominadores hasta hoy de nuestra historia contemporánea, se debaten en la

agonía; coinciden trágicamente en su objetivo. Por la derecha, la nostalgia se convierte en fascismo;

conviene ir llamando a las cosas por su nombre. Por la izquierda, la oposición degenera en terrorismo.

No es una oposición política, sino una agonía. Puede parecer un esperpento y lo es, pero lo que muere el 6

de diciembre es el siglo XIX.

Por eso —tercera interpretación nada tiene de extraño que el siglo XIX agonizante nos brinde, como

estertor final, su método predilecto de acceso al Poder; el pronunciamiento. El profesor Comellas ha

contado uno por uno los pronunciamientos felices o frustrados del siglo XIX; le salen doscientos treinta y

dos. A los que habría que añadir los cuatro del siglo XX: la sanjuanada de 1926, el complot valenciano de

1929, la rebelión de Jaca en 1930 y la sanjur-jada de 1932; porque el plante de Pavía, en 1874; la decisión

de Primo de Rivera, en 1923, y el alzamiento de julio, de 1936, rebasan política e históricamente las

estrecheces del pronunciamiento clásico; son convulsiones históricas que implican a todo el Ejército, no

escarceos elementales, según la receta de la política decimonónica, a la que corresponde de manera

inequívoca la mal llamada operación Galaxia.

«Un pronunciamiento —define Conellas— viene a ser una insurrección militar con fines políticos.»

Jamás fue un acto del Ejército, sino una iniciativa particular de un grupo de militares al servicio de

intereses políticos parciales. El pronunciamiento no es un acto patriótico, sino un motín, un golpe de

mano, un abuso deshonesto e irresponsable. Que se explicaba en el siglo XIX por el vacío y la debilidad

de las instituciones del Estado; que resulta especialmente absurdo en 1978, cuando por primera vez el

pueblo español va a darse una carta de convivencia, va a otorgarse su propio Estado, y en el marco de una

Corona cuyo titular ostenta, según esa Constitución, el mando supremo de las Fuerzas Armadas.

Pocas declaraciones tan oportunas como las emanadas del alto mando militar, en perfecta sincronización

con el Gobierno, para explicar el auténtico alcance de lo sucedido. No hay que despreciar la gravedad de

los hechos, ni arrancarles de la gravedad de su contexto. Pero si hay que recurrir a Raymond Carr para

explicar el fallido grito de Cartagena y a José Luis Comellas para comprender la operación Galaxia es que

no acabamos de asistir propiamente a un problema militar, sino a la fantasmal aparición de un

anacronismo.

Ricardo DE LA CIERVA.

 

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