Autor: Solana Madariaga, Luis. 
   La UMD y las Fuerzas Armadas     
 
 El País.    17/07/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

TRIBUNA LIBRE

La UMD y las Fuerzas Armadas

LUIS SOLANA

Desde los días de la legalización del PCE o de los debates constitucionales, nunca se habían oído tantos

rumores, visto tantos gestos y barruntado tantas amenazas entre y desde los hombres de uniforme como

en estos momentos.

Una revista de pensamiento militar, escrita por militares, en su último número, pública un duro editorial

de advertencia. Se dejan caer sorprendentes rumores —no desmentidos— respecto a pretendidas

encuestas sobre una propuesta legislativa asumida, hasta ahora, por la inmensa mayoría del Congreso de

los Diputados.

Conceptos claros: un sector de las Fuerzas Armadas (FAS) no acepta y pretende evitar que el Congreso

apruebe la reincorporación de los antiguos miembros de la UMD a las filas de la milicia. Un sector de las

FAS hace gestiones —según parece— para que los representantes de catorce millones de españoles con

derecho a voto no aprueben lo que quieren aprobar.

La historia final del caso no es complicada, es una especie de exponente, una buena muestra de esas

complejas coordenadas que en la relación democracia-FAS existieron al inicio de la transición.

La realidad es que las Cortes aprobaron una amnistía para todos los que de cualquier forma hubieran sido

castigados por las leyes dictatoriales de los pasados cuarenta años. Todos. Incluso quienes habían usado

de la violencia para cambiar el destino sin libertad del pueblo español. ¿Todos? No. Un grupo de oficiales

que habían pensado organizarse para llevar a cabo, en paz y silencio, su ideal de España libre, recibieron

trato distinto: amnistía sí, pero no completa; ya no podrían vestir el uniforme militar. Ahora, las Cortes

pretenden cumplir plenamente lo que entonces no se quiso o no se pudo hacer. Y suenan voces duras de

protesta, no de opinión.

Lo malo es que ya ha empezado a aparecer el espectro del miedo. El miedo va filtrándose aquí y allá y

parece ser que las filas de UCD son las más afectadas. Podría ocurrir incluso que el ministro de Defensa

entrase en un peligroso síndrome por el cual cada vez que escucha que un regimiento pasa bajo sus

ventanas sale corriendo por las escaleras, para ponerse a su cabeza, sin preguntar si esa regimiento pide

algo o no, si va de maniobras o de paseo, si está dentro o fuera de la Constitución.

Los militares tienen —se lo hemos dado con confianza y orgullo todos— el monopolio de la fuerza.

Pero ese monopolio y ese honor tiene sus servidumbres, porque, de lo contrario, se entra en una especie

de libertad tutelada que nadie ha inscrito en la Constitución de 1978. Esa servidumbre es la aceptación de

una absoluta primacía del poder constitucional. Opinar en contra de una decisión del Gobierno, de las

Cortes o de la Justicia es un derecho que —oportunamente regulado— nadie niega, pero oponerse a una

decisión adoptada por las Cortes o presionar para que una propuesta ya presentada entre en vía muerta,

eso es absolutamente intolerable por parte de quienes tienen toda la fuerza frente a quienes se la han

concedido.

Decía antes que al ministro de Defensa es posible que estas presiones directas o indirectas le hayan

desequilibrado ya. Pero el ministro de Defensa no es el portavoz de un colectivo concreto (.el militar) ante

el Gobierno, sino el ejecutor de una política en un segmento del Estado. No es un jefe sindical, ni un

teniente general: es un ministro, que no tiene que defender más intereses que los globales de España en

una importante y delicada parcela. No puede plantearse que el ministro de Obras Públicas sea portavoz de

los ingenieros de caminos, o el de Hacienda de los abogados del Estado. Los funcionarios públicos —y

los militares lo son— no pueden convertir a su respectivo ministro en traductor de abajo a arriba de

inquietudes corporativas. Un ministro de Defensa puede ser que lo cesen, que lo dimitan o que —

¿dramatizamos?— le peguen un tiro en su despacho, pero jamás puede tolerar que le zarandeen o

manipulen moral o físicamente todos los días con pretensiones propias de sindicatos corporativos.

La democracia tiene que dar diariamente una lección fundamental: de cómo la fuerza cede ante la ley.

Con un Boletín Oficial del Estado o con uno de las Cortes generales, un ministro es más fuerte que todos

los fusiles del país. De lo contrario, estamos ante una cobardía o ante un golpe de Estado. Apúntese cada

uno a lo que prefiera, porque en esto ya no podemos seguir con medias tintas.

En septiembre espero que se apruebe —si UCD no busca bizantinas excusas para disfrazar un «no» en

technicolor— la incorporación de los antiguos miembros de la UMD a las Fuerzas Armadas. Conozco

muchos militares profesionales y sé que no les va a gustar. Pero ahora vamos a ver si esos amigos míos

saben cuál es la honra y la servidumbre de las armas, la servidumbre de un militar en un país libre y

democrático: obedecer las leyes, aunque no gusten. Cuando llegue ese día espero que esos amigos míos

sepan recibir a sus antiguos compañeros con respetuoso silencio; no pueden olvidar que esos militares

llegarán con dos respaldos: su honor de militar constitucional nunca empañado y el apoyo de una ley.

Nada más y nada menos.

Quienes desde el poder político han entrado en el juego del corporativismo, que se vayan por ineptos o

por cobardes.

Amigos militares: muchos civiles que os estimamos más de lo que vosotros mismos pensáis, estamos

ansiosos de ver cómo aceptáis, defendéis y hacéis público que un Boletín Oficial tiene más fuerza que un

carro blindado. Silencio ya. Está hablando la mayoría de España. A la inerme, pero decidida voz de

¡firmes!, dada por el poder democrático, quien tiene el monopolio de la fuerza cumple la orden sin dudar.

Amigos, quien rió entienda ese maravilloso gesto de obediencia gratuita, no entiende cómo y por qué

funcionan los ejércitos en las democracias. Cuando desfila una unidad militar, yo la contemplo con

admiración y orgullo, aunque a su frente pueda ir un capitán que no cree en la democracia. Porque no

pasa un capitán, sino una parte de una institución de la democracia, en la que creo junto con millones de

españoles.

Cuando las Cortes generales aprueban una ley, los militares tienen que cumplirla con disciplina y orgullo,

aunque muchos militares piensen que los diputados han cometido un error o no conocen bien a las

Fuerzas Armadas. Amigo militar, acepta a los antiguos miembros de la UMD, porque vienen de la mano

de la ley. Yo no pregunto nunca cuando venís a mi casa qué pensáis: nos une la España democrática y su

defensa. Queda claro que en las armas mandáis vosotros, amigos militares, pero en las leyes mando yo

con el pueblo español. Basta ya de intrigas, encuestas y presiones. Vosotros no podéis dar miedo más que

a los que ataquen la soberanía o la integridad de España. Pero nunca a mí. Yo sólo obedezco a la

Constitución y al pueblo. Ojalá que los civiles que gobiernan sepan entender este mensaje.

Luis Solana Madariaga es diputado del PSOE por Segovia.

 

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