Autor: Cantarero del Castillo, Manuel. 
   Borrón y cuenta nueva     
 
 ABC.    10/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC. SÁBADO, 10 DE SEPTIEMBRE DE 1977

BORRÓN Y CUENTA NUEVA

Por Manuel CANTARERO DEL CASTILLO

No marchan bien las cosas para el asentamiento y la consolidación de la democracia como forma de una

definitiva convivencia española civilizada. No marchan bien las cosas ni objetiva ni subjetivamente. De

que no marchen bien objetivamente, nadie es responsable; de que no marchen bien subjetivamente, lo

somos todos en mayor o menor medida. Y no marchan bien las cosas subjetivamente, porque, como dice

la vieja sabiduría popular, quien «siembra vientos recoge tempestades». Y aquí unos han sembrado

muchos vientos en la época del Régimen, con el signo político del mismo. Ahora los siembran otros con

el signo contrario. Este es, fatídicamente, el cuento de nunca acabar. Durante los veinte últimos años, del

franquismo gasté mi modesta pólvora dialéctica en reivindicar los derechos y libertades ciudadanas de la

izquierda vencida. Ahora, la poca que me quede, me entran ganas de gastarla en defensa del franquismo

decente, que es hoy —en el intento de democracia en el que estamos inmersos— tan merecedor de

respeto como lo fuera la izquierda humillada en los días del Régimen. Y si alguien me dice que no hubo

franquismo decente estará incurriendo en el mismo condenable maniqueísmo del Régimen, para el que no

hubo nunca ningún izquierdista decente.

Aquí, como siga la verbalización política por la espiral a través de la cual discurre y no le toque al país un

«premio gordo» en la lotería económica (y no le va a tocar), se va a armar «la de Dios», si Dios no lo

remedia. Sin un mutuo respeto esencial a la honorabilidad de las personas e instituciones, pasadas y

presentes, sea cual sea su signo político, la democracia no va a funcionar y no va a funcionar tampoco lo

que es aún más importante en una situación de adversidad colectiva como la que España padece: la

imprescindible solidaridad esencial de todos.

Durante los años indicados, insistí una y mil veces que había que «superar» la victoria de 1939,

precisamente para que esa victoria pudiese tener un significado histórico positivo. No sirvió para nada. Se

siguieron sembrando vientos y hoy se recogen tempestades. Desde antes de la muerte de Franco traté, por

otra parte, de llamar la atención de la izquierda en el sentido de hacerle comprender que el tránsito de la

dictadura a la democracia había que concebirlo también como «superación» y no como «reversión» de la

victoria de 1939. Y ello, aparte de por razones éticas, por razones de condicionamiento histórico objetivo.

La izquierda no parece haberlo entendido así y está practicando, salvo dignas y hasta paradójicas

excepciones, un triunfalismo que es otra siembra de vientos prometedora de nuevas y seguras tempestades

futuras.

Lo he dicho y escrito muchas veces: la irracionalidad engendra irracionalidad. Y la irracionalidad en

política es siempre, y a la postre, violencia y sangre. La democracia española no se va a consolidar y a

asentar si el «pacto nacional» imprescindible, el pacto de las condiciones esenciales para la convivencia

de todos, el pacto de la racionalidad mínima de todos, no parte de un sincero e histórico «borrón y cuenta

nueva» general; si todos como tantas veces he pedido, no nos decidimos a hacer política prospectiva y no

retrospectiva.

Aquí, en política —¡atención, compañeros de la pluma!— hay que que dejar de hablar de una vez dé las

responsabilidades de Franco o de Azaña, de Carrillo o de Fraga, por poner algunos ejemplos de vivos y

muertos; aquí hay que dejar de hablar, de una vez, de los crímenes del comunismo o del fascismo; aquí

hay que dejar de pensar en sentar a nadie en el banquillo por las conductas de ayer; aquí tenemos que

amnistiarnos todos a todos; aquí, en fin, hay que dejar de hablar de responsabilidades pasadas de unos o

de otros para responsabilizarnos todos, solidariamente, del presente y del futuro, en el plano de lo esencial

comunitario que es en el que se cimenta toda auténtica democracia.

Desgraciadamente, no parece que nadie esté dispuesto al imprescindible «borrón y cuenta nueva» y el

espectáculo político al que asistimos, que a mí me produce náuseas en aspectos trascendentales, es el de la

siembra de una tremenda tempestad política; el de la fabricación de una nueva gran frustración histórica.

Tal vez, de una nueva tragedia civil. ¡Ojalá me equivoque!

M. C. del C.

 

< Volver