Autor: Pérez de Armiñán, Gonzalo. 
   Cerrar los ojos y abrir las puertas     
 
 Ya.    26/10/1977.  Página: 5,7. Páginas: 2. Párrafos: 4. 

DIÁLOGOS UNIVERSITARIOS

CERRAR LOS OJOS Y ABRIR LAS PUERTAS

NO es facil que la anécdota se convierta en categoría. Pero, a veces, la primera es tan representativa que

supera la nías prolija de las explicaciones. Vaya, pues, por delante la referencia personal. A comienzos de

la década del sesenta se convocó en España, por nuestro Ministerio, Un seminarlo sobre planificación

educativa. Asistí, como experto del Consejo Superior Bancario en materia de formación profesional, para

explicar lo que hacía la banca en ese campo. Y Díaz Hochleitner, que había venido a título de asesor de la

Unesco y que años más tarde trataría de introducir en nuestros esquemas educativos la experiencia que

había adquirido llevando desde el Banco Mundial recursos y técnicas occidentales a los países

subdesarrollados, quiso saber por qué loa bancos no financiaban una Universidad. Era a los banqueros, y

no a mí, a quien correspondía satisfacer su curiosidad. Pero la oportunidad no era para despreciarla. Y

aproveché para se. fialar que como catedrático si tenia algo que preguntar al representante ministerial.

¿Cómo es posible que alguien crea que puede mantenerse una universidad en serio cuando el usuario sólo

paga una pequeña fracción del coste y éste es insuficiente para proporcionar una enseñanza de calidad?

Nunca olvidaré la respuesta de Fernández Miranda, entonces director general de Universidades: "Si

intentásemos cobrar lo que de verdad costaría una enseñanza buena, el país no lo toleraría."

ESTA ha sido, desgraciadamente, la política oficial, y, por lo que parece, sigue siéndolo. El resultado está

a la vista. Quince años después, lo que se ha convertido en intolerable es la situación universitaria.

Acabemos de una vez con las hipocresías que durante tantos años han colocado púdicos velos ante

realidades sangrantes. No tenemos Universidad. Estamos todos, en mayor o menor grado de culpabilidad,

siendo cómplices de una farsa. Porque farsa es, con expresión certera de ese gran universitario que se

llama Laín Entralgo, lo que no alcanza el nivel de "presentable". Y sólo alcanza ese nivel, para decirlo

con sus mismas palabras en un artículo reciente sobre ética y economía, cuando "... sin desdoro ... si con

elogio, tanto mejorpueda ser exhibido en el lugar donde pública y umversalmente comparezcan las obras

a cuyo género pertenece aquella de que se trate". Pues bien, no hay un universitario que merezca ese

nombre que no reconozca, con profundo dolor, que nuestra universidad es impresentable.

NO voy a enumerar causas ni apuntar soluciones; las primeras son muchas y bien conocidas; las segundas

son complejas y cuestionables porque suscitan profundas opciones políticas. Pero debo destaca un punto esencial que, dada mi profesión, no puedo soslayar. No es la falta de recursos el único problema de la Universidad ni la causa principal de su conflictividad. Pero mientras no se aborde en serio el tema de la financiación será vano esperar una mejora, Porque un país

pobre y España no está, aunque nos hayan querido convencer de ello, al nivel de los países con los que

el consurnismo nos homologa aparentementeno puede permitirse el lujo de tener una Universidad mala.

Una Universidad presentable es muy cara, en términos de alternativas sacrificadas. Eso debe el Estado

hacérselo saber a la Sociedad para que ésta decida si está dispuesta a pagar el precio renunciando a otras

cosas. Pero una Universidad mala es todavía más cara, aunque el coste se mida en desmoralización del

profesorado, frustración del alumnado, degradación de la enseñanza, desesperación de los titulados,

colonialismo científico, etc.

TODOS los años, por esta fecha, se recrudece el problema de la insuficiencia de medios para atender

una creciente demanda. Y la respuesta del Estado es la misma: certar los ojos y abrir las puertas. Creo que

ha llegado el momento de que la Universidad se niegue a seguir soportando las consecuencias de que la

Sociedad se resista a pagar el coste de la enseñanza que exige. He citado con mayúscur las a los tres

protagonistas de este drama. Porque los tres han de dar la cara y jugar limpio. Hace más de cincuenta años

que un catedrático de lar Complutense escribía de nuestras universidades: "Estancos de títulos

profesionales, en los cuales unoa funcionarlos más o menos desagradables imponen libros de texto,

exámenes absurdos y otras clases de penalidades para expedir certificados de aprobación, que son

cambiados por un título más tarde, y a los cuales acuden los alumnos forzadamente y sin otra finalidad

que la de adquirir el título con el menor esfuerzo y la menor molestia posible." La descripción del

profesor Olariaga podría completarse con una predicción: si las Juntas de gobierno de las universidades

siguen transigiendo ante la irresponsabilidad del Estado y la ceguera de la Sociedad, llegará un momento

en que los diplomas universitarios tendrán que sortearse en conexión con la lotería o las quinielas. Al fin

y al cabo, ¡para lo que les van a servir, a muchos!

Gonzalo PÉREZ DE ARMIÑAN

Catedrático de Economía Política

 

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