Autor: García Escudero, José María (NEMO). 
   Sólo un historiador     
 
 Ya.    26/10/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

SOLO UN HISTORIADOR

LO preguntó alguno a la entrada, "¿Quién habla hoy?" "Un historiador." El

preguntón, que acaso

pensaba que iba a escuchar a Santiago Carrillo, no disimuló su decepción: ¡sólo

un historiador!

Otro historiador pasó por el Club Siglo XXI la semana anterior-Ricardo de la

Cierva. Pasó arrollando: por

su obra y por su personalidad. Este otro historiador que le ha seguido, Xavier

Tusell de muy diferentes

características personales, con un fondo de timidez que se le asoma a los ojos,

a pesar de esto también ha

entrado en la historia arrollando. Arrollando con sus libros. Le cuento ocho:

todos importantes. Pero si los

ponemos en relación con una juventud que por el corto número de años, debo

calificar de insolente, habré

de convenir en que la palabra "arrollando" no es exagerada.

Tusell empezó por la sociología y nos dio un libro ineludible: "Las elecciones

del Frente Popular en

España". Escribió luego, a caballo entre la sociología y la historia, un libro

cuyo título era ya un atrevimiento: "Oligarquía y caciquismo en Andalucía". El

título era un atrevimiento, pero el libro lo

justificaba, y Costa, en su tumba, pudo removerse satisfecho. Por último, Tusell

ha desembocado en la

historia política. Y hasta en la política, que es condición para que un

historiador no sólo sepa de lo que

escribe, sino que lo viva, que es saberlo dos veces.

"Oligarquía y caciquismo", a juicio mío y no sólo mío, es su libro mejor, un

libro que le ha nacido clásico

ya. Pues bien; su autor se retrata en él de cuerpo entero cuando censura a las

clases conservadoras, que,

"lejos de ser lo suficientemente reformistas, como para resultar, en última

instancia, conservadoras"... Me

parece reveladora esta frase, que tan extraordinariamente se parece a la famosa

del príncipe de

Lampedusa en "El gatopardo" ("SÍ queremos que todo siga como está, es preciso

que todo cambie"), con

tal que quitemos a ésta lo que contiene de cinismo para quedarnos con la justa

referencia à lo que no

puede cambiar sin que se derrumbe todo. Pero a un hombre que suscriba esto

último, ¿cómo le

llamaremos?

EN España hemos hecho imposibles muchos términos a fuerza de meterles dinamita.

Aquí no se ha

podido hablar de izquierdas sin que las monjas se santiguaran, y ahora mismo,

¿quién es el guapo que se

presenta como de derechas? Por esto ha habido que Inventar el Centro. Por

supuesto, el Centro no es sino

una derecha bien vestida mentalmente, una derecha con educación, que es lo que

rarísima vez han sido

nuestras derechas, montaraces y berroqueñas. Esto explica que un hombre como

Tusell haya escrito una

historia de la oposición democrática al franquismo poniéndose él dentro de esa

oposición, y que persona

tan plácida, respetuosa y ponderada, a mi juicio, como soy yo mismo, haya podido

escandalizar en ciertas

épocas a determinados sectores de nuestra sociedad.

Huyamos, pues, como del fuego de la palabra "derecha" y digamos sencillamente

que Tusell es un

conservador inteligente, un conservador a la europea, que a mi entender es lo

más noble y responsable

que se puede ser en política, con todo aquello que acompaña a esa actitud y la

hace fecunda: el sentido de

la estabilidad y de la libertad, el gusto por la moderación y la armonía, la

tolerancia, e¡ espíritu de

convivencia, el respeto a la realidad y a la evolución que impone la realidad;

todo aquello que hoy puede

permitirnos sacar adelante la transición si no Jo echa todo a rodar el brillante

utopismo nacional.

Entre esas cualidades quiero destacar el respeto a la realidad, que es la marca

del auténtico político y del

historiador que sabe comprender, que es lo que debe hacer, y no juzgar, el

historiador. Todavía hace tres

años, cuando Tusell publicó su "Historia de Ja democracia cristiana en España",

y, analizando la

experiencia de la CEDA, echaba, de menos que no se hubiese formado un partido

demócrata cristiano

químicamente puro, aunque hubiese sido al precio de partir aquél en dos, yo

tenía que reprocharle ese

planteamiento excesivamente académico. ¿Qué quería: que se hubiese echado a la

gran masa de derechas

hacia su extrema derecha, como pasó en e1 otro lado con la gran masa de

izquierdas? Ya se sabe lo que

sucedió cuando estalló la guerra civil y dejó a ambas masas sueltas. Pero, por

esto mismo, el deber de la

CEDA no era cerrar a las suyas el colegio, sino mantenerlas en él.

Educar a las derechas, que eran su fuerza, no prescindir de ellas, era el

problema de los años treinta. ¿Y

no sigue siendo el problema de los años setenta? La constante debilidad de las

alternativas democráticas

al franquismo, que ha historiado Tusell, era que se movían en el vacío. Este era

el argumento de quienes

pretendían el cambio desde dentro. La realidad ha dado la razón a los de dentro

y a los de fuera: a los que

creían que no podía haber cambio contra Franco y a los que .sostenían que no

habría cambio con Franco;

en efecto, el cambio sólo ha podido hacerse después de Franco, pero desde dentro

y apoyándose en las

masas de Franco. Y esto Tusell lo vio, y el articulo en que anunció su cambio de

actitud hacia la única

que le parecía posible (y en política lo posible es la única verdad) fue un acto

de .sensatez tan heroico

como en tierra de locos lo es .siempre la cordura, y que por sí solo vale tanto

como e! que valga más de

los libros que su autor ha escrito.

* * *

EN el Siglo XXI habló del regionalismo. Dijo cosas muy sensatas y

esperanzadoras: la que más, la

comparación entre 1931 y 1977; lo que entonces se hizo mal, ahora se está

haciendo bien. Exacta-mente

eso puntualizó: se está haciendo. Porque el problema es complejo, difícil y de

solución a largo plazo; y

pienso en e] matrimonio donde las cosas van mal: tan mal, que se ha llegado a la

situación, que exponía

Ortega, de que hasta las caricias se sienten como un irritante roce de cadenas.

Pero entonces, ¿qué se

puede hacer? Pues lo que el mismo Ortega proponía en las Cortes de la República:

con-llevarse; esperar

del tiempo lo que sólo el tiempo puede conseguir cuando nos apoyamos en él y no

lo forzamos: lo cual,

como digo en mi "Historia política de las dos Españas", "podrá no ser fórmula

que a todos satisfaga, pero

no sé de ninguna mejor".

Por primera vez en dos siglos parece que nos encontramos en coyuntura y estado

de ánimo adecuados

para empezar a aplicarla. Hacía falta que, al hurgar en el problema, se hiciera

con tanta delicadeza que,

profundizando la indispensable para recordar las equivocaciones comunes, nunca

se llegase tan adentro

que saltara la sangre. Delicadeza y amor puso el conferenciante en sus palabras.

Y esa esperanza, repito,

que tanto se echa de menos en tantos, quizá por-que, cuando contemplan con

aprensión el futuro, se han

olvidado de comparar dónde estamos y dónde podríamos estar. Seguramente «e debe

a que no están

acostumbrados, como un historiador lo está, a mirar el pasado para aprender a

pisar firme en el presente.

¡Sólo un historiador!, decía alguno a la entrada. A la salida podríamos haberle

replicado: ¡todo un

historiador!

José María GARCÍA ESCUDERO

 

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