Autor: Conde Mongo, Lázaro. 
   Meditación sobre el presente     
 
 El País.    24/11/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, viernes 24 de noviembre de 1978

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Meditación sobre el presente

LÁZARO CONDE MONGO Teniente coronel de Caballería Diplomado de Estado Mayor

Los lamentables incidentes protagonizados en fechas recientes por un reducido número de militares están

dando lugar a todo tipo de comentarios y especulaciones. Es natural. El interés y la preocupación de la

sociedad por la institución militar es consecuencia lógica de su importancia. A los militares profesionales

esa circunstancia nos estimula y nos alienta en el cumplimiento de nuestros deberes cotidianos. Porque

somos conscientes de que primer lugar, nuestra profesión nos obliga a servir a la sociedad en que estamos

incardinados.

Por todo ello es muy penoso para todos nosotros reconocer que la inconsciencia de ese reducido número

de nuestros compañeros puede ofrecer una imagen del Ejército que no se corresponde con la realidad.

Nuestra postura no puede ser otra que el rechazo más firme hacia actitudes así. Sin que quepa la más

mínima duda que pudiera dar pie a interpretaciones gratuitas. Sentimos en nuestra carne las gravísimas

consecuencias que puedan derivarse de los hechos acaecidos para quienes los han interpretado, pero por

encima de nuestros sentimientos está el sentido del deber y la irrenunciable lealtad a un mando con el que

nos encontramos plenamente identificados.

Parece conveniente, no obstante, hacer algunas consideraciones que contribuyan a esclarecer, desde una

óptica particular, la postura de los componentes del Ejército ante hechos como los que se comentan.

Las disposiciones sobre libertad de expresión en las Fuerzas Armadas nos dan opción a todos sus

integrantes a expresar nuestros puntos de vista dentro de unos límites razonables que todos aceptamos con

el mejor talante.

Debo manifestar, porque es de justicia hacerlo, que la mayor parte de las fuerzas sociales y políticas, así

como los medios de comunicación, reconocen sin ambages el impecable papel que el Ejército está

desempeñando en la difícil transición que está llevando a cabo el pueblo español por su propia voluntad,

expresada en su momento por abrumadora mayoría. También es conveniente resaltar, una vez más, el

patriotismo y el sentido de la historia de quien desde el primer momento de su reinado se erigió en

timonel de una empresa tan noble como necesaria, tan arriesgada como sublime: terminar para siempre

con el enfrentamiento de las dos Españas, asumiendo el pasado sin complejos y poniendo a su patria en

vías de su definitiva reconciliación. El Ejército se honra y se enorgullece de estar a las órdenes de Su

Majestad el rey don Juan Carlos I.

Sería, por tanto, tremendamente injusto que ante esta evidencia pudiera fraguar, debido a hechos tan

lamentables como irrelevantes, la sospecha de que el Ejército mantiene reservas sobre la transición que

está a punto de culminar y la aceptación de la Constitución que el pueblo va a darse a si mismo.

El aval lo proporcionan las constantes manifestaciones que en este sentido se hacen desde los niveles más

altos de la jerarquía militar. Claro está que el pueblo soberano desconfía a veces de los pronunciamientos

solemnes y, por tanto, no está de más, a mi manera de ver, que desde otros niveles mucho más modestos

se emitan opiniones concordantes. Por supuesto, sin representar más que a quien las emite, tratando de

sacar a la luz unos argumentos que si pudieran rebatirse tal vez indujeran a guardar silencio. Pienso

humildemente que aportaciones así pueden contribuir a consolidar un estado de opinión que lógicamente

propende al escepticismo, al estar sufriendo la totalidad de la ciudadanía los más innobles y criminales

embates.

En el momento presente, las posiciones están perfectamente definidas. La comunidad nacional la

componemos una inmensa mayoría de ciudadanos que, plenamente conscientes de su responsabilidad

personal y colectiva, han escogido con el mayor entusiasmo el tipo de convivencia que desde el primer

momento de su reinado les ofreció el Rey de todos los españoles. Pudo ser de otra forma. Pero

venturosamente ha sido así; es así. Frente a esta mayoría se sitúan quienes pretenden negar la evidencia,

quienes, no aceptan la realidad, quienes contribuyen a ocultarla, distorsionarla y enmascararla, viendo

sólo el aspecto negativo de los hechos y haciendo alarde de un dogmatismo gratuito basado

siempre en verdades medias, que son la peor de las mentiras. Todos ellos incurren en una gravísima falta

de solidaridad, que genera tensiones que pueden acarrear imprevisibles consecuencias.

Evidentemente, el frente de rechazo presenta, a su vez, dos caras. Por una parte están los cobardes

asesinos que han escogido la vía del terrorismo para efectuar las más absurdas reivindicaciones,

precisamente en el momento en que en nuestro país se reconocen plenamente todos los derechos de una

sociedad libre, evolucionada y abierta, en la que caben todas las opciones, excluida, naturalmente, la que

trata de destruir por la fuerza la existencia de tales sociedades.

Utilizando distintos procedimientos, pero persiguiendo lamentablemente idénticos fines

desestabilizadores, se sitúan los qué desearían hacer del ejercicio del poder un monopolio exclusivo en el

que no tuvieran cabida más que quienes sustentan sus particulares puntos de vista. Para ello apelan a los

sentimientos más nobles y más sagrados, manipulándolos burdamente en su propio beneficio.

Las consideraciones precedentes tienen por finalidad llamar la atención sobre un hecho lamentable: la

provocación al Ejército. Ante esta evidencia no cabe la ambigüedad. De ahí la inequívoca postura de

nuestro ministro de Defensa al repetir una y otra vez que el Ejército no caerá jamás en tal provocación.

Hago esta meditación sobre el presente, al comentar unos hechos que indudablemente dañan la imagen

del Ejército, en mi condición de soldado profesional, al cumplir veinticinco años de servicio

ininterrumpido a mi patria. En momentos como los que vivimos, acosados por un flanco por el terrorismo

irracional, y por el otro, por la más irresponsable inconsciencia, es obligado proclamar nuestra fe en el

futuro. El privilegio de mandar durante muchos años a soldados del reemplazo, a alumnos de academias

militares y a aspirantes a oficiales y suboficiales de complemento, me permite afirmar rotundamente que

esta fe en el futuro se fundamenta en el conocimiento de un pueblo admirable que al recuperar. su

soberanía está dispuesto a asumir gozosa y libremente sus propias responsabilidades.

Al evocar las numerosas ocasiones en que al frente de esos hombres he lanzado desde lo más hondo el

inigualable grito de ¡Viva España! para recibir la enseña que simboliza y compendia nuestras mejores

esencias, siento el sano orgullo de ser ciudadano y soldado de una nación que inicia una nueva singladura

histórica con la esperanza fundada de consolidar la convivencia´ fraterna a la que todos justamente

aspiramos.

Cuando previsiblemente, en fecha ya muy próxima, el pueblo acoja jubiloso el nacimiento de la nueva

era, con la garantía absoluta que ofrece quien ostenta la Jefatura del Estado, no deberá caber la menor

duda de que el Ejército como institución y todos y cada uno de sus componentes aceptaremos agradecidos

a nuestro pueblo la misión sublime que nos encomienda la Constitución.

 

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