Autor: Perinat, Santiago. 
 Defensa y democracia.. 
 La violencia del soldado     
 
 Diario 16.    13/01/1979.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

La violencia del soldado

Santiago Perinat (Comandante de Ingenieros)

En su conocida teoría sociológica, Max Weber adjudica al Estado el monopolio de la violencia; en lo que

viene a coincidir con el «Leviathan» de Hobbes, que asigna a la autoridad poderes omnímodos, por

cuanto considera la fuerza como fuente única de derecho.

Los «hombres de armas» del Rey, príncipe o magistrado supremo, etc., son los ejecutores de esa

violencia; y la ejercen tanto contra el enemigo exterior como para mantener «la ley y el orden»

internos/Sólo en tiempos relativamente recientes estos hombres de armas» se escinden en dos ramas

especializadas: el ejército y la policía.

La tesis de Gaetano Mosca es paralela. Estima este autor que en toda sociedad hay cierto número de

individuos que, si se les provoca adecuadamente, reaccionan violentamente. Quienes entre ellos posean

un acentuado sentido de jerarquía social, se harán soldados profesionales.

Evolución tecnológica

Es difícil negar que estos requisitos se cumplieron en el soldado o guerrero de tiempos atrás. Pero las

aportaciones de la cultura, y, sobre todo, de la tecnología han hecho variar las circunstancias: en lo que se

conoce como Mundo Occidental, la violencia ha dejado de ser (o lleva camino de ello) condición o

«virtud» indispensable para el militar. (No puede decirse lo mismo del policía..

La evolución del armamento ha provocado que los combatientes se hayan alejado físicamente entre sí, a

lo largo de la historia del arte de la guerra. Hasta el siglo XVII, las armas decisivas eran las contundentes

o incisivas, empleadas con las manos: picas, espadas, mazas... El choque entre ambos bandos era directo.

Los guerreros se golpeaban, agarraban y empujaban, viéndose y odiándose directamente. Las batallas se

resolvían en carnicerías espantosas. Los relatos de Cesar, o de las Guerras Púnicas, hablan de decenas de

miles de muertos, entre los habidos en la jornada de lucha y el degüello de prisioneros que proseguía.(I).

Y no era menor la violencia ejercida por el mando contra los "propios soldados díscolos o rebeldes: los

cartagineses crucificaron centenares de mercenarios, sublevados tras la 1.a Guerra Púnica. San Mauricio y

sus compañeros sufrieron parecida suerte por un problema de conciencia.

Los luchadores se distancian

En Europa esta época termina en las luchas religiosas del. siglo XVII. Sólo las guerras civiles posteriores

verían horrores semejantes. Pero a partir de 1700 las guerras convencionales se benefician de las

aportaciones de una cultura más humana, y de las ventajas del fusil. Utilizando éste, los ejércitos

combaten ya a un centenar de metros de distancia. Ahora el saldado dedica su atención no a herir al

enemigo o esquivar sus golpes, sino a cargar su arma (lo que le absorbe el mayor tiempo de su actividad),

apuntar y prestar oído a su oficial, que es quien ordena la descarga simultánea de toda la fila.

La guerra se hace dentro de unas normas dé caballerosidad que no volverán a repetirse. El alejamiento

físico entre los combatientes no fue, por supuesto, la causa única. Pero, por otro lado, la disciplina seguía

imponiéndose por métodos que no diferían demasiado dé los del siglo anterior. El héroe militar de este

siglo, Federico II de Prusia, describió a sus soldados como «montón de vagos, a quienes la necesidad

obliga a convertirse en mercenarios, para desempeñar la honrada profesión de salteadores de caminos»

(citado por Fuller), y no dudó en imponerles una férrea disciplina con castigos brutales. A él se atribuye la

conocida expresión de que «el soldado ha de temer más la vara de su sargento que las balas del enemigo».

Las guerras mundiales

Aunque la incidencia de los nacionalismos decimonónicos volvió a atizar el odio hacia el enemigo, la

evolución de las armas de fuego siguió alejando unos de otros combatientes. En 1900, los soldados

disparan a 200 ó 300 metros de distancia. Los artilleros ya no ven al enemigo: y no es trivial que sean

considerados los más liberales.

Por el contrario, la Caballería se empeña en, mantener hasta deshora sus tradicionales cargas, una dé: las

acciones de mayor dinamismo y violencia que puedan tener lugar; y, generalmente, los oficiales de

Caballería se alinean entre los de ideología más conservadora, por toda Europa.

En la primera guerra mundial se han de crear departamentos de propaganda para alimentar el odio hacia el

enemigo. Más bien es el hastío y la amargura lo que sienten los soldados en sus trincheras. En 1940 se

reproducirá la misma situación, de forma más clara en la Alemania del Dr. Goebbels.

Encima de las trincheras, los aviadores sostienen unos combates de nuevo cuño, y la atención que han de

prestar a sus sofisticadas máquinas es tal que se permiten mantener unas reglas de caballerosidad nunca

vistas. A pesar de la trifulca entre el Barón Rojo y el Teniente Brown, aún en la Batalla de Inglaterra

(1940), se mantiene una tónica semejante

La guerra de botones

En la actualidad, el «campo de batalla automatizado» es ya una realidad. Al menos en operaciones

navales. Encerrados en el interior de sus naves, los «guerreros» actuales no ven del enemigo sino un

punto luminoso en una consola o pantalla. Los parámetros de este enemigo les han sido dados por aviones

de reconocimiento volando a gran altura, por satélites, por pequeños aviones sin piloto (teledirigidos), por

los propios sensores del buque (radar, sonar...) o de otros buques de la flota propia, etc. Toda esta

información integrada se traduce en un puntillo luminoso contra el que el comandante del navío, mediante

botones que accionan complica dos mecanismos, dirige « fuego de sus misiles, torpe dos guiados,

cañones automáticos, etc.

Aunque existe algún escepticismo sobre si podría alcanzarse tal grado dí automatismo en las operaciones

en tierra, la tendencia es la misma: un mundo en que los guerreros sor especialistas en electrónica

sistemas hidráulicos, motores, mecanismos de mf tipos, interpretación dí datos, etc. Un mundo er que no

caben los «quintos»; iletrados y embrutecidos, n: los «vagos, salteadores dí caminos»; y, por tanto donde

no hay lugar para e´ «sargento de vara».

Tanto la violencia coactiva (sobre los propios hombres), como la institucional (sobre el enemigo

convertido en un punto luminoso de la consola de un ordenador de tiro) serán no sólo innecesarias, sino

engorrosas para los combatientes de la tercera guerra mundial. (En una nueva interpretación de Weber, la

violencia será monopolio exclusivo, y posiblemente imprescindible, en los órganos supremos de la

dirección de la guerra, no forzosamente militares,.

La consecuencia sociológica de lo anterior es que el «hombre violento» de G. Mosca, ya no se hará

soldado profesional. Las fuerzas militares saldrán ganando. (Otra cosa es saber hacia dónde encaminarán

sus energías los «hombres violentos». No se trata).

(1) En la batalla de Caimas murieron unos sesenta mil romanos. El mismo número de muertos que en

Nagasaki.

 

< Volver