Autor: Santamarina, Álvaro. 
 Pasaron cien años.... 
 Carta al general Alfredo Kindelán     
 
 Diario 16.    26/05/1979.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Pasaron cien años...

Carta al general Alfredo Kindelán

Alvaro Santamarina

Mi general:

Estoy seguro de que estas líneas llegarán a su destino. No sé cuando, pero sé que llegarán. La carta la

hemos escrito entre todos. Hay líneas de Icaro, de Leonardo, de los Wright y de Vives. Ha viajado esta

carta en una cometa de papel escapada de la mano de un niño, se ha quedado cautiva en los primeros

globos, ha intentado avanzar en los dirigibles y ha pasado en relevo, como la antorcha ateniense, del

Farman al Sávoia, del Bristol al Junker, del Saeta al - F-15. Y continuará, mi general, sobre la

desconocida aleación de cualquier objeto volador todavía sin identificar.

Observará usted, mi general, que muchos, muchísimos de sus párrafos, han sido escritos por usted; los

que se refieren a las primeras ascensiones aerostáticas, los que hablan de los primeros records, los que

hablan de los mil y un pasos -callados, esforzados, perseverantes— que hubo que dar para que en España

se comenzase a volar, los que narran los gestos heroicos de las campañas marroquíes, los que denotan- la

diestra dirección de las fuerzas aéreas en nuestra última contienda; en definitiva, señor, todos aquellos

párrafos que cuentan cómo nació en España la Aviación. Porque esta carta, mi general, es eso

precisamente, la historia de nuestras ´ Fuerzas Aéreas. Y esa historia —los hombreas que visten de azul

gris lo saben especialmente— le debe sus primeras líneas y muchas de las siguientes.

Cuando ¡as lea su recuerdo volará —otra vez el vuelo— hacia aquel globo con nombre de Rey borbónico,

el «Alfonso XIII», hacia aquel otro con nombre de mujer —«María Teresa»—, en el que vivió la

peligrosa aventura del Mediterráneo. Recordará sus tioras de estudio juntó a Torres Quevedo, sus pruebas

en los prototipos Wright, sus esfuerzos en la creación de las bases de Cuatro Vientos, de Getafe, de

Melilla y de tantas otras. Evocará los primeros aeroclubs, los cielos hostiles de las plazas, africanas, el

sonido del «rateo» y de la imponente ametralladora antiaérea. Le vendrán a la memoria las figuras de sus

camaradas Vives, el Infante de Orleáns... y las jóvenes promociones de pilotos que supo conducir a las

últimas victorias béli-. cas. Volverá, en definitiva, dentro de su uniforme de ingenieros, a gestar lo que

hoy y siempre ie rendirá el homenaje a que se hizo acreedor. ´ Ha pasado sólo un siglo.

En estos cien años, vino, estuvo y se fue, mi general. Pero su obra permanece. Cada día más alta, cada día

más rápida, cada día´ más potente. La Cruz de San Andrés, multiplicada, ha hecho realidad sus sueños

profetices. Ahora, mi general, se encuentra a una altura a la que jamás llegará ninguna nave, pero el

último relevo lo harán algunas alas movidas por la fuerza del espíritu. Sabrá entonces que nuestra

aviación sigue el camino trazado bajo su mando. Sabrá también que cualquier avión español, por donde

quiera que se eleve, llevará en sus alas una oración y un recuerdo. A sus órdenes, mi general.

 

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