Morir en Madrid     
 
 ABC.    22/07/1978.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC. SÁBADO, 22 DE JULIO DE 1978.

MORIR EN MADRID

No nos preocupa en estos momentos la filiación política de los asesinos del general Sánchez Ramos y de)

ayudante de éste, teniente coronel Pérez Rodríguez. Nos preocupa que el terrorismo campe por sus

respetos, y nos tiene sin cuidado cuales sean los territorios o lugares donde su acción resulte más

frecuente y cruel, porque el terrorismo persigue unos fines políticos, sean de tipo marxista revolucionario

o sean de tipo reaccionario y clerical como en alguna forma puede colegirse a través de determinadas

homilías que nos ruborizan como cristianos. Entendemos a nivel de civilización occidental que los

términos vida política y terrorismo son incompatibles, y denunciamos sin griterío, pero con toda la

firmeza de una tradición a la que no renunciaremos, la equivalencia que ciertos portavoces de los partidos

nacen en plena sesión del Congreso de los Diputados entre la exposición de motivos para no conceder en

la Constitución tales y tales facultades y el asesinato puro y simple de los adversarlos.

Denunciamos que la Cámara de los Diputados haya permanecido silenciosa durante media hora oyendo

las justificaciones de un representante del pueblo vasco en el sentido de que las bombas conectadas con la

«ikurriña», la liquidación a tiros de los servidores del Orden Público y todas las monstruosidades que van

desde el secuestro al tiro en la nunca sean resultados lógicos del insuficiente grado de «democratización»

que debería mejorar urgentemente colocando a los asesinos de hoy en los altos puestos de la

administración autonomista de mañana. Ni un rumor ni una voz airada cortó aquella sarta de disparates.

Denunciamos la actitud de los parlamentarios que insisten una y otra vez en que lo que hay que salvar es

la democracia a costa de lo que sea, como si las vidas de los españoles todos pudiesen ser inmoladas una

tras otra para que sus señorías puedan continuar impertérritos en su tarea. El terrorismo sólo puede

prosperar en un Estado que se niega a cumplir la primera de sus obligaciones: que los ciudadanos puedan

seguir viviendo. Ningún Parlamento democrático puede colocar en el mismo platillo los resultados

frecuentemente trágicos de la acción de las Fuerzas del Orden Público en las calles con el .libre asesinato

por parte de pandillas particulares a las que se ampara indirectamente cuando se escandaliza sobre sus

abusos supuestos o reales.

Se piden dimisiones de miembros del Gobierno no porque hayan abandonado el ejercicio de la autoridad,

sino justamente por lo contrario: porque lo han ejercido aunque haya sido tarde y torpemente.

Los partidos políticos no pueden salvarse de su responsabilidad en el deterioro de la paz pública con

simples palabras que no son más que eso: palabras. El Gobierno del señor Suárez no ha tenido en ningún

momento el respaldo unánime y cerrado del Congreso para emprender una acción tan enérgica y rápida

como fuese necesaria, pero sí ha tenido que hacer frente a los ataques constantes, a las denuncias más

audaces y poco fundamentadas, desde el hemiciclo o desde algunos órganos de Prensa que entienden ¡a

democracia en .un solo sentido: garantías máximas de que no habrá excesos en la represión del crimen. Y

así los terroristas son más numerosos cada día, y sus golpes son asestados con mayor dureza.

Es evidente también que las brutalidades de los llamados «elementos incontrolados» no pueden ser

tampoco puestas en el mismo platillo que los equipos de asesinos provistos de metralletas. Y esto está

ocurriendo, y está ocurriendo en el Parlamento. Y está ocurriendo que la desestabilización de la vacilante

democracia de estos días difíciles está siendo facilitada por los partidos que se apellidan democráticos y

no tienen el valor —ni siquiera la inteligencia— de comprender que el porvenir de esa democracia pende

de un hilo cada vez más delgado que ellos podrían reforzar si se atreviesen a garantizar a este Gobierno, o

a cualquier otro, un frente común y enérgico para exterminar al terrorismo. En vez de pedir explicaciones

y recla mar depuraciones ideológicas, el país espera que se hagan cargo de sus responsabilidades o

renuncien a sus escaños por Incompatibilidad moral con la democracia cuya misma naturaleza reclama el

fin expeditivo del asesinato como medio habitual de lucha política.

El terrorismo, tenga la filiación que tuviere y venga de donde viniere, sólo prospera en regímenes

totalmente corrompidos a la hora de establecer una escala de valores morales, el primero de los cuales no

es ni puede ser otro que la garantía de que todos podamos seguir viviendo aunque disintamos. ¡Ah! Y que

no se nos diga que lo primero que hay que salvar es la democracia. Además de la democracia hay algo

que no debe ser olvidado: nuestro pueblo, nuestras gentes, nuestra sociedad, en fin, eso que se llama

España, palabra que por vez primera se pronunció ayer en el Congreso por boca de un diputado del "P. N.

V. A lo que, también por vez primera, contestó el líder del P. S. O. E. con un vocablo fuera de modo.

Este: «la Antiespaña».

Conviene que nuestros diputados salgan de su letargo y demuestren con nachos que están dispuestos a

que la democracia pueda al fin vivir y garantizarnos por lo menos e! derecho a la vida.

 

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