Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Sangre, sudor y lágrimas     
 
 ABC.    22/07/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

SÁBADO. 22 DE JULIO DE 1978. PAG. 3

ESCENAS PARLAMENTARIAS

Sangre, sudor y lágrimas

Los representantes del pueblo español, los diputados del pueblo soberano aprobaron ayer el evangelio de

nuestras libertades recobradas en una sesión en que las ilusiones y las esperanzas grandes, solemnes e

históricas hubieron de venir amasadas con sangre: sudor y lágrimas. La sangre la vertió el terrorismo, ese

terrorismo «asesino de la vida y de la libertad», como dijo don Felipe González en el mejor discurso de

todos cuantos se pronunciaron ayer en la Cámara. El sudor del caluroso día de julio era como un símbolo

de todo un año de sudores y esfuerzos para elaborar un texto constitucional que, por vez primera en

nuestra historia, podía servir de catecismo ecuménico y universal para la convivencia política de todos

los españoles, y no de patente de corso de unos españoles contra otros, y podía también servir de símbolo

para representar las graves dificultades que, hasta última hora, rodearon el alumbramiento de fórmulas,

que permitieran el pacto y el acuerdo de la mayoría de los diputados. Las lágrimas —aparte de las que

debemos a las nuevas víctimas del terror— fueron lágrimas de emoción, y las puso el señor presidente del

Congreso, don Fernando Alvarez de Miranda, al proclamar aprobado el texto de la Constitución.

Los españoles tenemos tristes y repetidas experiencias de que la libertad no se regala, sino que se

conquista, y casi siempre hemos de conquistarla con sangre. Ahora, también. En algunos momentos de

estos días pasados, el aire de la Cámara estaba como cargado de electricidad. Los desgraciados sucesos de

Pamplona, de San Sebastián y de Rentería; las tensiones de la negociación parlamentaria con los

representantes vascos; el dramático tableteo de la metralleta verbal del señor Letamendía amenazando con

«un baño de sangre» en, Euzkadi; la emoción de tocar ya con la punta de los dedos algo tan largamente

deseado y tan largamente fugitivo, y un vago presentimiento de que no nos dejarían celebrar en paz y en

fiesta el final de los trabajos constitucionales, ponían en el aire del hemiciclo algo así como el presagio de

una tormenta. Por las mismas fechas en que otros años empezábamos una guerra entre españoles, íbamos

a firmar ahora el pacto de la reconciliación y la paz entre todos los españoles de buena voluntad. «Yerano.

violín rojo, barriguita de abeja, carro de manzanas maduras», dijo Pablo Neruda, el poeta que en aquellos

años de sangre también puso a España en su corazón. Y cuando íbamos a hacer del verano un verano de

cosecha, un carro de manzanas maduras, otra vez nos han mojado los frutos y las paces con los goterones

de la sangre violenta.

Alguien que está queriendo romper la paz, romper España, romper la democracia y romper la libertad, ha

cumplido el triste designio de que esta Constitución no sólo se celebre con el humo de la pipa de la paz,

sino que se rubrique con la sangre. La emoción del Congreso era. ayer mañana, algo que pesaba sobre los

ojos y que se podía coger entre las manos. Cuando hablan la pólvora y la metralla, hasta los más

elocuentes se quedan como mudos. Las palabras se quedan vacías e inexpresivas. Sin embargo, tenemos

que construir un futuro sobre las palabras y no sobre la sangre. Y las palabras más repetidas eran de

serenidad y de firmeza. «Rabia contenida», decía don Felipe González. «Babia contenida», repetía

después el presidente del Gobierno. La mejor, la única respuesta al terror, enemigo de la libertad, era

terminar la Constitución para la libertad.

Cuando don Adolfo Suárez ha entrado en la Cámara; cuando el general Gutiérrez Mellado, con su

uniforme militar, se ha sentado en su escaño, se ha hecho en el Congreso ano de esos grandes silencios de

la Historia. Hablaba don Santiago Carrillo. «El Ejército ha derramado hoy su sangre por la libertad y por

la Constitución», ha dicho, y en esas palabras, por tantas y tantas cosas que quedan atrás como en una

noche de nuestro pasado trágico, puede quedar representada la esperanza de la paz española. La respuesta

al terror ha sido, precisamente, la de terminar la Constitución. No ha sido éste, que es sólo el final del

primer acto, un desenlace demasiado feliz. Algunas sombras han oscurecido la fiesta. No sólo la sangre.

También las terquedades de algunos, los menos y los que menos cuentan entre la gran mayoría de

españoles.

La sesión ha estado ensombrecida por los nuevos desplantes de ese personaje entre infantil y guerrillero,

entre siniestro y romántico, que es el señor Letamendia. No parece sino que estuviese forzando a la

Cámara a que lo condene a la pena del destierro. Esta vez el insulto ha sido el arma disparada contra otro

señor diputado, y ha acusado a Fraga de «fascista». Antes, el señor Letamendía había presumido de

defender el derecho de Euzkadi a la autodeterminación a riesgo de su vida. El señor Fraga le ha

respondido que nada tiene que temer el señor Letamendía de aquellos que en este país hacen política

asesinan» do con la metralleta en la mano.

También los representantes vascos han echado sombras sobre esté desenlace constitucional. Al final, les

ha sido aprobada una enmienda sobre la autonomía. El Estado podrá delegar o transferir competencias

propias en los entes autónomos, y, además, atender a su subvención. No se podía llegar a más, 7 habrá

muchos españoles que votarán «sí» a la Constitución con el escrúpulo de que la presión y la coacción de

la violencia han arrancado a los padres constituyentes concesiones peligrosas para la unidad de España.

Y, además, se ha añadido ese párrafo, ridículo desde un punto de vista jurídico y sin otro fundamento que

el sentimental y el afán pueril de querer borrar la Historia, por el cual se derogan las disposiciones de

1839 y 1876 que hacen referencia al País Vasco, y que ya no tienen otro valor que el de documentos para

conservar en el archivo de Simancas. Y, sin embargo, los representantes de la minoría vasca no estaban

ya en sus escaños para dar el último «sí» a la Constitución.

Los votos en contra del señor Letamendía y del señor Silva Muñoz son dos puras anécdotas personales,

de muy opuestas motivaciones. Y la gran sorpresa de la votación final: la abstención del grupo de Alianza

Popular. El señor Fraga ha enumerado los puntos conflictivos de la Constitución en su explicación de

voto, y en ellos ha intentado justificar la abstención. Igual podrían haber hecho todos los demás Grupos

Parlamentarios. El señor Fraga ha cumplido escrupulosamente su deber de discutir la Constitución. Lo ha

cumplido como pocos diputados lo han hecho. Ahora, tiene el deber de ayudar a que todos la acepten, a

que todos la pongan obre su cabeza.

Jaime CAMPMANY.

 

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