Autor: Espina, Wilfredo. 
   La corona y Cataluña     
 
 ABC.    29/07/1977.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

ABC. VIERNES, 29 DE JULIO DE 1977.

LA CORONA Y CATALUÑA

Por Wilfredo ESPINA

NO pocos socialistas, comunistas y autonomistas esperaban más del discurso de la Corona. ¿Por que

disimularlo? Algunos líderes, incluso, 1o han calilicado de «genérico» y «flojo». Esperaban, sobre todo,

algo más concreto. Subjetivamente es posible que tengan razón, pero objetivamente es más discutible.

Porque si en nuestro país ha comenzado verdaderamente la democracia es hora da que vaya

desapareciendo todo resquicio de subconsciente mentalidad totalitaria; en el Gobierno y en la oposición.

El franquismo parece haber imprimido carácter no sólo en muchos de quienes han ejercido el Poder, sino

también en bastantes de la oposición. Distintas reacciones al discurso del Rey ante las primeras Cortes

democráticas después de cuarenta años así parecen indicarlo, aunque nos gustaría equivocarnos.

¿No serían tentaciones totalitarias pretender enfeudar la Corona a favor de una causa concreta, por muy

respetable y defendible «ue sea, o intentar cobijar a su sombra programas de gobierno o actitudes de

oposición? Porque la Corona es de todos o no será de nadie. Y la única forma de que, incluso para las

mentes proclives al republicanismo v los corazones inclinados a la izquierda —como nos ocurre a tantos

catalanes—, sea aceptada sinceramente en nuestra razón y en nuestro sentimiento la institución

monárquica, es precisamente que sea de todos los españoles; lo que quiere decir también d« todos los

catalanes.

Por esto nos parece de capital importancia que el Monarca se haya definido rotundamente como

«constitucional» y haya definido claramente a las Corles como «constituyentes». Declarar

«constituyentes» a las Cortes es reconocerles «carta blanca» para dictar libremente las normas básicas de

la convivencia política. Declararse «constitucional» el Monarca es comprometerse a respetar fielmente

aquellas normas básicas. En definitiva, es reconocer explícita y solemnemente la soberanía popular.

ESTE es el gran mensaje del discurso de la Corona al Parlamento. Por esto el líder comunista catalán

López Raimundo no ha dudado en declarar que lo más positivo ha sido el «compromiso de Monarca

constitucional» y «ue en este sentido el discurso «está en el camino que debía estar». Y para un demócrata

liberal como Jiménez de Parga, «el Rey ha hecho lo que tenía que hacer: iniciar la apertura del Estado a

todos los españoles. No debe entrar en temas polémicos, sino decir yo soy el Rey de todos los españoles y

presidir el proceso con autoridad. Se trata, en suma, de adaptarse a un nuevo estilo de gobierno», ha

añadido el profesor catalán, tantos años en la oposición y ahora ministro.+

En efecto, «hay que adaptarse al nuevo estilo de gobierno». Ya no vale el autoritarismo beligerante de la

Jefatura del Estado a favor de unas opciones concretas. La Corona debe estar a favor y por encima de

todas ellas. El Rey se ha adaptado ya a este «nuevo eslilo de gobierno» adelantando su intención de

someterse n la voluntad popular —¿por qué ha de ser criticable, como han creído algunos socialistas r

comunistas, adelantarse a lo que, sin duda, la nueva Constitución establecerá?— y reconociendo a las

Cortes, como representación de aquella voluntad del pueblo, el derecho de hacer esa nueva Constitución.

¿Cómo podrían ahora Gobierno u oposición intentar poner regateos a aquella voluntad popular? En esto

consiste la democracia: en acatarla; otra cosa sería farsa o palabrería. Cuando Felipe González, Carrillo o

Suárez. aplaudían al Rey, después del discurso de la Corona en la apertura de la primera legislatura de la

Monarquía, sabían aue estaban aplaudiendo un gran gesto democrático: el haber declarado

«constitucional» ]a Corona y «constituyentes» las Cortes. Lo demás vendrá después.

TIENEN mucha razón, por ejemplo, los líderes autonomistas cuando se sienten insatisfechos por las

palabras reales sobre los nacionalismos. «Aún se tiene miedo a hablar de nacionalidades, como antes de

partidos», ha dicho Antonio Gutiérrez. «Muy flojo», han contestado Antonio Cañelles y Jordi Pujol al

referirse a este aspecto. «Ha tratado de forma restrictiva el tema de las nacionalidades y regiones», ha

afirmado el senador Benet. Y otro senador, Candel; «Las palabras nacionalidad y autonomía no han salido

por ninguna parte.» Para Pere Portabella «no puede ser que aún haya en el discurso tabúes semánticos

heredados de la etapa anterior». Opina Trias Fargas que «el tema de las nacionalidades ha sido tratado de

forma decepcionante», Y según Verde Aldea es preocupante «la utilización de la terminología puramente

regional dentro de una óptica gubernamental sobre la cuestión.» Y cree Ramírez Heredia que el Rey

«debía haber sido más explícito, porque no se puede olvidar que el primer problema al que se enfrentarán

las Cortes serán las nacionalidades y regiones». Todos tienen, sin duda, mucha razón. Y me sería muy

fácil suscribirlo.

Sin embargo, no hay que dramatizar todas estas insatisfacciones, ampliamente sentidas entre nosotros los

catalanes; deberán ser ahora colmadas por el Congreso y ej Senado. Son precisamente los señores

diputados y senadores los que tienen confiada la tarea de redactar la nueva Constitución que deberá

enmarcar y definir los grandes problemas que tiene planteados el país. O se tiene fe en las Cortes,

democráticamente elegidas y para cuyos escaños se presentaron los líderes políticos, o no se tiene fe en

ellas. El discurso de la Corona puede no haber sido muy explícito en algunos aspectos realmente

importantes, pero hay que reconocer que no ha cerrado ninguna puerta, antes las ha abierto casi todas. El

Rey ha puesto su plena confianza en las Cortes como representantes genuinas del pueblo. Y es dentro de

este marco que deberán luchar ahora diputados y senadores para hacer prevalecer sus opciones concretas,

que pueden escapar de la función integradora y del poder arbitral de la Corona, que, sin embargo, incluye,

(Pazo a la página siguiente.)

(Viene de la página anterior.)

naturalmente, la debida tutela de las minorías para que no sean atropelladas. Es en Las dos Cámaras

legislativas donde deberán batirse con sus mejores argumentos y todo el peso de sus votos los diputados y

senadores para merecer la confianza que les han depositado quienes les han elegido.

LA afirmación del líder socialista catalán Joan Reventós de que «no ha sido un discurso protocolario, •ino

de expresión de la voluntad de la Corona, y en este sentido merece que se estudie con atención», es

mucho más profunda, prudente v política que la de otros líderes.

En efecto, el discurso —repetimos— no ha cerrado ninguna puerta y, en cambio, las ha abierto casi todas.

Incluso en este tema de las comunidades nacionales, cuyo «tratamiento terminológico» en el discurso,

como dice el diputado Espinet, «puedí considerarse como una cuestión semántica». V en esto coincide el

senador Socías ai afirmar Que el Rey ha planteada la cuestión de los pueblos del Estado español, de lo

que podría desprenderse que sus palabras reconocen Implícitamente «1 derecho de los pueblos a

organizarse». «Quizá falta una concreción —ha añadido—, pero la Corona ha querido respeíar el derecho

de las Cámaras a decidir.)»

El paso más significativo lo dio el Rey ftl recibir recientemente a Josep Tarradellas, presidente de la

Generalitat de Cataluña en el exilio. ¿No «a desde esta óptica, señores diputados y senadores españoles,

como habrá que Interpretar correctamente el último discurso de la Corona? Hay cestos que salen más que

cien palabras...—W. E.

 

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