Autor: Piris Laespada, Alberto. 
   Dos siglos después     
 
 Informaciones.    20/05/1978.  Página: ?, 12. Páginas: 2. Párrafos: 14. 

DOS SIGLOS DESPUÉS

Por Alberto PIRIS

EN 1867 escribía: el. polígrafo coronel José Almirante, refiriéndose a los trabajos necesarios para

actualizar las Reales-: Ordenanzas de Garios III de 1968, que ya entonces, casi un siglo después de su

publicación le parecían un «venerable monumento».

«En tales trabajos, pretender la perfección "absoluta" es un absurdo; y (es) debilidad no acometerlos por

inseguridad en el éxito o en el aplauso. Con los datos acumulados y un poco de voluntad, la "nueva

Ordenanza" podría completarse en poco tiempo.»

Ordenanzas militares y perspectiva histórica

Por Prudencio GARCÍA (Comandante Ingeniero de Armamento y Construcción.)

LOS escasos —y en ocasiones intempestivos— argumentos que estos últimos meses hemos podido

escuchar y leer en contra de la redacción de unas nuevas Ordenanzas militares que sustituyan a las

famosas y aún no derogadas de Carlos III / se han centrado básicamente en dos puntos concretos.

El primero de ellos puede resumiré en estos o parecidos términos: «Qué inaudito atrevimiento, el intentar

modificar la pieza más perfecta y el más inmutable soporte del espíritu militar español.» Y el segundo

puede quedar más o menos reflejado en la siguiente frase: «Con tanto afán de cambio, ni siquiera nuestras

Ordenzas nos van a respetar.» Pues bien, creemos que ninguna de estas dos objeciones resiste un análisis

sereno a la luz del pasado histórico y de la realidad actual. Hoy nos ocuparemos únicamente de la primera

de ellas, dejando la segunda para otra próxima oportunidad.

Recordemos, en primer lugar, que las citadas Reales Ordenanzas de Carlos III fueron publicadas hace más

de dos siglos (1768), y aue las de la Marina datan del reinado de su antecesor, Fernando VI, y fueron

promulgadas con veinte años de anterioridad. Recordemos también que sucesivas Ordenanzas para sus

Ejércitos respectivos fueron promulgadas por los Reyes Católicos, Carlos I, Felipe II, III, IV y V del

mismo nombre, y el recién citado Fernando VI, hasta llegar a las más conocidas y valoradas, las de Carlos

III, que ahora se trata de actualizar. Ningún otro Monarca con posterioridad a este último ha promulgado

nunca nuevas Ordenanzas, si bien el texto dé las vigentes fue sometido a diversas reformas hasta finalizar

el siglo XVIII. Únicamente hay que hacer notar la re--lativa excepción de Carlos IV con sus Ordenanzas

Generales de la Armada, de las que únicamente llegó a ser promulgada su primera parte; en 1793, pero

cuyo proyecto completo nunca pudo alcanzar su culminación. Posteriormente, y a lo largo de los siglos

XIX y XX, no se produjo reforma sustancial alguna en las vigentes Ordenanzas (ni del Ejército ni de la

Armada), pese a numerosos intentos tendentes a una nueva redacción.

Pero un factor decisivo e implacable fue encargándose por sí solo de llevar a cabo la más inmisericorde

poda y la más sistemática amputación de su contenido original: el transcurso del tiempo, que fue dejando

fuera de uso tomos enteros, cuyo contenido cayó en la inobservancia, así como erosionando la validez de

muchos otros cientos de artículos cada vez menos aplicables, hasta que su texto acabó por perder todo

contacto con la realidad. Así, en el momento actual, de los ocho tomos o tratados de que constaban las

originales Ordenanzas de Carlos III, cinco cayeron hace mucho en total desuso, y otros dos apenas

mantienen una mínima vigencia actual, siendo ya un único tomo, el segundo, el que se ha venido

conservando y estudiando en nuestros cuarteles y academias como magnífico código del espíritu castrense

y de los deberes del militar.

A la luz de este proceso histórico, tan escuetamente reseñado, salta a la vista la incongruencia de

pretender que deba detenerse definitivamente en el Rey Carlos III aquello que constituyó para sus

predecesores una constante preocupación: la redacción de sucesivas Ordenanzas militares que recogieran,

en cada generación, lo que de innovador era preciso introducir, y prescindieran de lo que, por imperativo

del tiempo, era. preciso desechar.

Volvamos, pues, a la situación, actual. Según el estudio efectuado por la competente comisión de 19

generales, jefes y oficiales de los tres Ejércitos designada al efecto —y que a lo largo de meses ha venido

trabajando intensamente sobre el tema—, de los 587 artículos de que consta dicho único tomo, todavía

considerado como vigente, puede estimarse que 395 de ellos han perdido toda validez, hasta el punto de

poder precederse a su supresión; otros 134 podrían ser conservados previas las necesarias modificaciones,

tendentes a su actualización, y únicamente 58 artículos (un 10 por 100 escaso del total de dicho volumen)

mantienen su vigencia esencial, por referirse a principios básicos de la milia en general y del ejercicio del

mando en particular.

En tales condiciones, pudiendo salvar tan escaso número de artículos de entre los 2.328 que integran en

total "los ocho tomos originales, resultaba evidente que no procedía una remodelación o simple reforma

de tan voluminosa obra, sino su respetuosa colocación tras una vitrina, como inestimable pieza de museo

de incalculable valor histórico, literario y sentimental, procediendo a la redacción de unas nuevas

Ordenanzas Que, recogiendo --incluso, a veces, en forma literal— lo que sus antecesoras conservaban de

esencial en su espíritu, permitieran ajüstarlo en su fondo y forma a las necesidades actuales y a las

características sociológicas y profesionales de los Ejércitos de nuestro tiempo.

Y esta, es la ardua labor que con enorme respeto, profunda dedicación y máximo sentido de su gran

responsabilidad ha abordado y desarrollado la antes citada, comisión. Tras sucesivos borradores y

numerosas enmiendas estudiadas se ha elaborado un texto aue, en calidad de anteproyecto, está siendo ya

en estos momentos examinado por la superioridad, con vistas a decidir su forma definitiva, así como el

más adecuado trámite y rango legal para su próxima promulgación.

Pues bien, ampliamente rebasado otro siglo más, la. nueva Ordenanza que deseaba Almirante ya está a

punto para su aprobación y puesta en vigor. La «inseguridad en el éxito o en el, aplauso» no ha detenido

esta vez el plausible empeño de la comisión interejéreitos creada el pasado mes de octubre para redactar

las nuevas Reales Ordenanzas. Culmi-na así un trabajo de actualización largamente anhelado, cuyos

antecedentes más inmediatos, pueden situarse, sin embargo, en los esfuerzos de la Armada, por revisar y

actualizar sus propias Ordenanzas Generales de 1793, que la llevaron a crear en 1973 una comisión para

el desarrollo de esta tarea.

Era natural que un código escrito que, como las Ordenanzas de Carlos III, pretendía regular desde las

normas morales que rigen la institución militar, hasta el número de reales de vellón que había de «gozar»

(sic) el soldado de Infantería, habría´ de quedar atrasado en muchas de sus par-´es, aunque sólo fuese por

la evolución de las formas de vida. Nunca formalmente derogadas, muchas de sus disposiciones habían

caído en desuso por la imposibilidad de adaptarlas a la moderna actividad militar, si bien parte del espíritu

que las animaba seguía teniendo validez.

Ahora, tras la publicación de las nuevas Ordenanzas, podrán conservarse íntegras las anteriores de Carlos

III en su más adecuado papel de interesante documento histórico, apto para arrojar luz sobre una época de

la historia militar española.

Las nuevas Ordenanzas son, como las anteriores, hijas de su tiempo, aunque nacen con amplitud de miras

y aspiran a tener validez durante un futuro tan extenso como las de Carlos III. Por supuesto, como obra

humana que son, no alcanzan la «perfección absoluta» que Almirante consideraba absurda como objetivo

a lograr; sin embargo, han conseguido algo casi mejor: ver, por fin, la luz.

Unas Ordenanzas militares nacidas en la España del último cuarto del siglo XX, para poder constituir el

código moral de la institución militar, han de tener en cuenta muchos aspectos de la actual realidad

española y universal. No pueden pasar por alto que la Constitución, ahora en período de gestación, será la

suprema norma escrita que encuadre en términos generales la actividad de las fuerzas armadas. Habrán dé

incorporar a su articulado ei concepto de defensa nacional como exigencia que afecta a todos tos

españoles, haciendo hincapié en que las F. A. S. forman parte- del pueblo español, que las sostiene y

estimula.

Ante la internactenalización de las actividades militares, no podrá evitarse aludir a las relaciones con

Ejércitos extranjeros, al cumplimiento en guerra dé los convenios internacionales e incluso a las misiones

dé intervención en apoyo de la paz mundial bajo los auspicios de los altos organismos internacionales.

Que el militar de hoy no se parece al del siglo XVIII es cosa que no requiere demostración; por ello,

aparte de insistir en las permanentes virtudes militares, habrá- que considerar, entre otras cosas,, la

importancia que el convencimiento racional tiene en la aceptación consciente de la disciplina y aun

establecer los límites de la obediencia militar en las fronteras que señalan las leyes, pues es evidente que

ya no puede alegarse la simple obediencia para intentar justificar un delito. El mando habrá de tener en

cuenta el valor de las vidas de los hombres que la Patria pone en sus manos, y, lejos de justificar con un

elevado número de bajas una discutible gloria, procurará evitar a sus tropas toda innecesaria molestia que

no conduzca a un mejor cumplimiento dé la misión, sin menoscabo de la necesaria austeridad que permite

hacer frente a las durezas de la vida militar.

En los dos siglos transcurridos la guerra se ha tecnificado, y, con ella, todo tipo de actividad militar. La

función técnica necesita, por tanto, una especial atención y no es ocioso añadir a la tradicional lista de

vulnerabilidades de una unidad militar (en su moral, en su instrucción, en su armamento, en su ejecución

tácnica, etcétera) la relativa al trabajo técnico, pues un simple ajuste erróneo de un mecanismo puede

llevar a la pérdida de vidas de los combatientes propios o comprometer el éxito de una misión. Tan

importante como mantener el espíritu combativo de las tropas puede ser, en la batalla moderna, la

conservación de los niveles necesarios de abastecimiento de víveres, municiones, etc., que permiten la

actividad continuada de aquéllas.

Si, como se deduce de lo anterior, es extenso el ámbito de los conceptos incluidos en unas Ordenanzas

militares modernas, que encaran el año 2000, tampoco es pequeño el relativo a los derechos

y deberes del militar, más aún si, como en el caso dé las actuales Ordenanzas españolas, éstas se han

redactado teniendo en cuenta el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

En efecto, la no discriminación por razones dé sexo, raza, religión, opinión, etc., contempla el irresistible

y deseable acceso de la mujer a las actividades militares; según costumbre cada vez más extendida en los

Ejércitos del mundo. Es evidente también la necesidad de que la institución militar respete cualquier

opción política constitucionalmente viable, aunque el pleno ejercicio de las actividades políticas haya de

versé naturalmente limitado para aquellos a quienes la sociedad reserva expresamente para encarnar el

poder militar. De acuerdó con la actual legislación militar, parece también lógico que las Ordenanzas

recojan, en su formulación de deberes y derechos, el derecho a la libertad de expresión; ahora sólo

limitado parcialmente en los casos en que tal derecho pueda poner en peligro la seguridad nacional o se

ejerza utilizando información reservada al puesto o cargo ocupados.

Este es, en fin, el panorama que van a afrontar las nuevas Ordenanzas militares que en breve saldrán a la

luz pública.

En ellas encontrará el militar de carrera el necesario tratado sistematizado que encuadre sus actividades

profesionales de toda ir dolé y que defina sus deberes derechos. La necesidad de volver a pensar y

actualizar muchos conceptos qué ahora se observarán a una nueva luz, será indudablemente un positivo

resultado que revalorizará el pensamiento militar, Pero no hay que ver en las Ordenanzas un texto

exclusivo para militares, con independencia de que los demás españoles, durante su servicio militar,

queden directamente dentro de su ámbito; por el contrario, todos los españoles deberían esforzarse en

conocerlas para, a través de ellas, aumentar su grado de entendimiento con sus fuerzas armadas, valorar

mejor la forma de ser y de actuar de éstas y comprenderlas más hondamente.

Las Ordenanzas, de Carlos III afirmaban ya que, para un oficial, «el hablar pocas veces de la profesión

militar es prueba de gran desidia e ineptitud para la carrera de las armas»; por esto, interpretando el

antiguo «hablar» como el moderno vehículo de estas páginas impresas en 1978, que también hablan a su

manera, los militares que, más de dos siglos después, pedimos a los demás españoles que conozcan mejor

a sus fuerzas armadas mediante la lectura sosegada de sus nuevas Ordenanzas, seguimos cumpliendo uno

de los viejos artículos de las antiguas Ordenanzas, que puede seguir vigente, sin modificación, algunos

siglos más.

 

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