Autor: Casado, Pablo. 
   El código de justicia militar y las ordenanzas     
 
 Informaciones.    20/05/1978.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

INFORMACIONES POLÍTICAS

20 de mayo de 1978

FUERZAS ARMADAS

EL CÓDIGO DE JUSTICIA MILITAR Y LAS ORDENANZAS

Por Pablo CASADO Comandante auditor.)

A poco que reflexionemos sobre las Ordenanzas militares, concebidas como el conjunto de principios y

normas que han de presidir el comportamiento de los miembro de las fuerzas armadas y el marco de sus

deberes y derechos, y sobre el Código castrense, concebido como el conjunto de leyes penales y

disciplinarias militares y de sus correspondientes disposiciones orgánicas y procesales, nos daremos

cuenta de que unas y otro han de ser perfectamente congruentes entre sí, porque, en último término, sólo

son dos aspectos o facetas de una misma realidad.

Si las primeras marcan las líneas, el camino, por donde ha de desenvolverse la vida de la comunidad

militar y el actuar de sus componentes, el segundo tiene por objeto garantizar que ese camino va a

recorrerse por encima de cualquier obstáculo, advirtiendo a todos las consecuencias de sus posibles

desviaciones, castigando, efectivamente, a los que las cometan y reparando, hasta donde se pueda, el mal

causado. Si las primeras hacen, referencia a lo biológico en ese complejo organismo que es la milicia, el

segundo lo hace a lo patológico.

La propia Historia nos confirma nuestro aserto anterior, ya que tanto las tradicionales Ordenanzas del

Ejército, de Carlos III, como las de la Armada, de Femando VI y Garlos IV, como las múltiples y menos

conocidas que les precedieron, dedicaron gran parte de sus preceptos a los temas de justicia, «porque —

en el decir de la época— si ésta no se administra pronta y rectamente, no es posible la subordinación, ni la

disciplina y buen espíritu de las tropas».

Fue ya en plena etapa codificadora, al publicarse las primeras leyes de Organización y Atribuciones de los

Tribunales Militares y de Enjuiciamiento Militar, en 1884 y 1886, y los primeros Códigos Penales del

Ejército y de la Marina de Guerra, en 1884 y 1886, respectivamente, cuando se derogaron expresamente

los correspondientes Tratados de Justicia de aquellas Ordenanzas, regulándose desde entonces esta

materia por separado.

Hoy, la coincidencia de la noticia de una próxima revisión y actualización de las Ordenanzas, aplicables a

los tres Ejércitos, que ha de ir seguida de las correspondientes reglamentaciones para el servicio y

régimen interior de cada uno de ellos, y el anuncio del proyecto de reforma del Código de Justicia Militar,

dan actualidad a este tema de la interconexión entre ambos textos.

Efectivamente, conceptos como los de «honor», «disciplina», «subordinación», «obediencia», «mando»,

«diligencia», «deberes y obligaciones reglamentarias» y otros, que, en su sentido afirmativo, son

utilizados en las Ordenanzas, lo son también por las leyes penales y disciplinarias militares al sancionar

conductas que contra ellos atenten. Difícilmente podrán tipificarse estas conductas que llevan aparejada la

imposición de una pena o un correctivo, si no se parte de esos mismos conceptos, entendidos en un

mismo sentido. Si se tiene de la obediencia, por ejemplo, un concepto sin límites de género alguno, como

seguimiento ciego de una orden, las desobediencias siempre habrán de castigarse; si, por el contrario, la

obediencia tiene algún límite, como pudiera serlo cuando se ordena la comisión de un hecho

manifiestamente delictuoso, entonces la desobediencia puede estar justificada y no constituir

contravención alguna. Si de la relación de subordinación entre inferior y superior se tiene un concepto oue

supera el marco del servicio, será muy difícil encontrar excusas para las conductas de los inferiores que

afecten a los superiores con motivo u ocasión de relaciones sociales, económicas, familiares, deportivas,

etc.

Esto nos lleva a una primera conclusión, y es la de que debe existir una identidad radical entre el

esquema de bienes y valores que, conforme a la Ordenanza, el militar ha de vivir y el que el Código

pretende salvaguardar.

Esta equivalencia sustancial no nos debe hacer olvidar o pasar por alto, sin embargo, la diferencia de

grado que existe en uno y otro caso. En el primero, las exigencias son sin límite, lo que lleva hasta «el

deseo de ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga» y por motivaciones que trascienden a lo

jurídico y sólo encuentran su acomodo en lo ético o moral, y así, «el oficial cuyo propio honor y espíritu

no le estimulen a obrar siempre bien, vale muy poco para el servicio». En el segundo caso, esas mismas

exigencias se circunscriben, a esos mínimos necesarios y suficientes que protege todo ordenamiento de

carácter punitivo.

Un ejemplo, típico, puede ayudarnos a comprender mejor la cuestión. Las Ordenanzas prescriben que

«todo servicio, en paz y en guerra, se hará con igual prontitud y desvelo que al frente del enemigo», no

obstante, en el Código hay previstas infinidad de conductas que son sancionadas hasta con la máxima

pena cuando acaecen «al frente del enemigo» y que, sin embargo, cuando no concurre esta especial

circunstancia, tienen señaladas sanciones notoriamente muy inferiores.

¿Quiere decir esto que tales preceptos no son coherentes o aue se contradicen o desvirtúan entre sí? No.

Creemos, firmemente, que no; lo que ocurre es que uno y otros operan en planos distintos. Cuando se

señalan las características que deben rodear a todo servicio se está hablando del espíritu, del estilo, de la

buena disposición que debe animar al militar en todo su que hacer, lo cual no es susceptible de

graduación, y ha de estar incluso por encima de lo que la sociedad organizada, el Estado, le va a pedir a

cuenta, por el contrario, cuando se están configurando delitos y faltas, se atiende a criterios más

pragmáticos, más susceptibles de avalúo, como puedan ser el daño producido o podido producir.

Los militares, ciertamente, han de dar mucho más de lo que se les puede exigir, por eso tantas veces no

son bien comprendidos en esos ámbitos donde difícilmente nadie da más de lo «justo».

 

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