Autor: Moya Moreno, Arturo. 
   Las Fuerzas Armadas/ y 2     
 
 El País.    24/05/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

POLÍTICA

EL PAÍS, miércoles 24 de mayo de 1978

TRIBUNA LIBRE

Las Fuerzas Armadas 1 y 2

ARTURO MOYA Diputado de UCD por Granada

La reforma militar está planteada ya en el plano operativo y no sólo en el dialéctico, y son numerosas las

medidas adoptadas durante los últimos meses para llevar adelante una serie de modificaciones en nuestras

Fuerzas Armadas.

Cuando se afronta una operación de semejante envergadura no es cuestión de preguntarse sobre el signo

concreto de cada una de las resoluciones adoptadas con un evidente criterio gradualista, pues lo

fundamental radica en el análisis de cuál es el significado último del objetivo perseguido, aspecto que nos

remite al tema de fondo: la concepción del Ejército en los tiempos actuales.

Este es, a mi juicio, el punto clave a debatir y considerar con el máximo rigor posible con el fin de

conocer a ciencia cierta si los cambios hasta ahora introducidos, y los que se avizoran, responden a una

política militar de altos vuelos para robustecer de veras al Ejército o, por el contrario, son simples

retoques inconexos y superficiales, de suerte que no se puede decir con propiedad que estamos ante una

auténtica política de reforma militar y menos todavía ante la política que España necesita acometer a estas

alturas en ese ámbito tan decisivo.

Considero que sin entrar en disquisiciones propias del pasado sobre la función del Ejército, bien como

columna vertebral de la nación, como decía Calvo Sotelo, o como brazo armado de la misma, según

sostuvo con tino Gil Robles, lo cierto es que ahora el capital asunto se plantea con características

sustancialmente diferentes, pues algunos grupos políticos cuestionan la necesidad misma de las Fuerzas

Armadas, invocando entre otras razones la voluntad pacifista —el famoso espíritu de la Sociedad de

Naciones y del Tratado de Locarno, entrevisto ya en su pacifismo integral por el abate Saint Fierre y

Jeremías Benthan, entre otros— que debe figurar en el frontispicio de los sistemas democráticos...

Esta campaña universal ha conseguido un impacto tremendo en los países del mundo libre —sobre todo a

partir de la guerra del Vietnam—, puesto que en las naciones sometidas al totalitarismo comunista no

cabe contestación posible y perviven allí con implacable dureza los cánones disciplinarios del militarismo

clásico, rindiéndose un culto permanente a la guerra pese a las continuas invocaciones que se hacen a la

paz... Como dijo Mao Tse-tung: «La lucha armada es la más alta forma de marxismo-leninismo.»

Debemos ceñirnos, pues, al ejemplo de los pueblos libres, pluralistas y democráticos de Occidente, del

cual formamos parte en todos los sectores, incluyendo los aspectos de carácter castrense, pues si bien no

pertenecemos todavía a la OTAN, ocupamos una situación estratégica clave y estamos vinculados

oficialmente con Estados Unidos.

¿Cuál es la razón de ser de las Fuerzas Armadas occidentales?

Resulta indiscutible que el concepto de Ejército ha sufrido las modificaciones lógicas derivadas del

cambio sociopolítico y, por consiguiente, la milicia contemporánea tiene en cuenta los derechos civiles

del soldado y ampara los mismos con un celo ejemplar, admitiendo la objeción de conciencia y

contemplando un servicio nacional como vía sustitutoria cuando así proceda. Por otra parte los ejércitos

cuentan con una tasación de funciones explícitas en el supremo marco de la Constitución, consistente en

la salvaguardia de la independencia nacional y, en ocasiones, del propio sistema pluralista y democrático,

quedando subordinadas en última instancia las Fuerzas Armadas al poder civil.

Esta es la situación a grandes rasgos. Lo cual significa que la institución militar —no mero poder fáctico,

como algunos dicen peyorativamente—, admirable e insustituible siempre, desempeña unas tareas de

suprema magnitud, que pueden sintetizarse en la más eximia de todas: defender ¡a independencia patria,

sin perjuicio de que estas funciones se cumplan respetando estrictamente las libertades públicas.

¿Quiere esto decir que las Fuerzas Armadas figuran al margen de las cuestiones políticas estricta sensu?

No. Al contrario, la alta misión que les compete las incordian de lleno en los asuntos públicos, tanto que

normalmente es un civil quien aparece como titular del correspondiente Ministerio de Defensa. Lo que

pasa es que están por encima de la política partidista y de las pugnas ideológicas. Pero no son apolíticas,

que si así fuera en la hora de la verdad quedarían incapacitadas o capitidisminuidas para cumplir con el

máximo acierto las funciones sustanciales que justifican su existencia, como sucedió con el Ejército

alemán durante el período nacional-socialista, bajo la férula infámente de Hitler, que las condenó al

fracaso, envolviéndolas en su propia locura.

La integración en la OTAN

El corolario de estas reflexiones sobre las Fuerzas Armadas y la reforma militar, que se impone como

consecuencia del cambio político y de las necesidades implícitas en la modernización bélica, no puede ser

otro que el derivado del rol asumido por los ejércitos, esto es, defender la independencia de España, para

lo cual hace falta allegar pronto los recursos materiales y humanos que sean menester y organizarlos

según criterios de vanguardia.

En este sentido, debemos dilucidar cuanto antes las siguientes cuestiones:

¿Nuestra defensa quedará facilitada mediante la integración en la OTAN? ¿Supondrá una carga financiera

demasiado onerosa sin que esto implique una cobertura eficaz? ¿Incrementamos los riesgos, según

señalan algunos «expertos», por lo cual resulta más pertinente seguir una política de neutralidad áe tipo

tercermundísta?

El tema merece consideración aparte, aparejado quizá con la política concreta de reformas militares que

debemos acometer. Hoy por hoy, baste recordar que la política de neutralidad, si se toma en serio, lleva

consigo unos dispendios formidables —caso de Suecia y Suiza—, y si, además, pretende ser activa e

inmiscuirse, por ejemplo, en causas corno la del Polisario, supone peligros muy graves.

No olvidemos, en cualquier supuesto, el magnífico comentario del general Carlos von Clausewitz, que

hace siglo y medio escribió las siguientes palabras actualísimas:

«... La guerra es más necesaria para la defensa que para la conquista; ya que es una invasión la que ha

provocado la primera defensa, y con ella la guerra. Ei conquistador desea siempre la paz Napoleón

siempre la ha pretendido); él preferiría entrar tranquilamente y sin oposición en nuestros Estados; así,

pues, es con el objeto de que no pueda hacerlo con el que debemos desear la guerra y en consecuencia,

prepararla también. Esto significa que precisamente son los débiles los que están expuestos a deber

defenderse, que deben siempre estar armados, con el fin de no ser sorprendidos. He aquí lo que exige el

arte de la guerra.»

 

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