Autor: Otero Fernández, Luis. 
   Los valores diferentes de las Fuerzas Armadas     
 
 El País.    31/05/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL PAÍS, miércoles 31 de mayo de 1978

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Los valores diferentes de las Fuerzas Armadas

LUIS OTERO FERNANDEZ

Don Arturo Moya, diputado de UCD, ha publicado en EL PAÍS (23 y 24-5-78) dos artículos bajo el título

genérico de Los Fuerzas Armadas. Pocos temas hay tan interesantes para mi como éste, y más todavía si

es tratado por un miembro activo de la política, pues pienso que le dedican menos atención de la debida.

Pero resulta, además, que mi interés se ve acrecentado porque el contenido del primero de los dos

artículos está dedicado íntegramente a rebatir, o más bien a condenar, las tesis que, según el autor, he

expuesto en otros artículos míos recientes, también publicados en EL PAÍS, y que son calificados como

tesis graves y contraproducentes.

Naturalmente, nada tengo que objetar a que se discrepe de mis opiniones, y por ello, no me cabría

intervenir salvo en el caso de poder aportar argumentos o enfoques que dieran más luz al tema debatido.

Más sucede en este caso, que el señor Moya, junto a un único punto que es cierto que yo sostenía, y sigo

sosteniendo, sobre la inconveniencia de que exista una sociedad militar distinta de la civil y con unos

valores diferentes, me atribuye una serie de ideas e intenciones que por ningún lado aparecían en los

artículos que cita. Por todo ello, aprovechando el reconocido liberalismo de EL PAÍS, intentaré deshacer

el error del señor Moya y dar, de paso, nuevas perspectivas válidas al importante tema de las Fuerzas

Armadas.

En primer lugar, el diputado de UCD parece que me atribuye una actitud en mis juicios que califica de

«notable desparpajo». Bien. Es posible quesea así, y en realidad no sé si es alabanza o crítica; yo lo único

que querría señalar es que la actitud que deseo tener es de un gran respeto (que no excluye la crítica en

modo alguno) hacia la institución militar, para aportar con sinceridad mi experiencia vivida durante

veintitrés años de servicio activo.

Hecha está salvedad, entraré en las cuestiones que se me imputan, equivocadamente a mi juicio.

En primer lugar, ¿dónde he propugnado yo que se rompa la disciplina, que se deroguen códigos y

ordenanzas para acabar con la jerarquía? ¿Dónde he abogado porque se introduzca .eri las Fuerzas

Armadas la sindicalización partidista o que se promuevan las asambleas de soldados?

Simplemente, me he limitado a señalar la existencia real de un problema-, como son los movimientos

reivindicativos entre la tropa, y la carencia actual de medios para resolverlos, que no sean los puramente

represivos: Que existen las reivindicaciones, es un hecho constatado en la prensa, y que hay motivos para

muchas de esas reivindicaciones Jo saben todavía mejor que yo los que han hecho el servicio militar.

Entonces, ¿le parecerá quizá a don Arturo Moya que la mejor solución a los problemas es la franquista, es

decir, la de silenciarlos? Si repasa la legislación militar de los pueblos libres, pluralistas y democráticos,

de los que señala acertadamente. que formamos parte (aunque olvidando que hace sólo muy poco

tiempo), encontrará que existen fórmulas diversas de cubrir esas lógicas necesidades reivindicativas, una

de ellas la sindicalización (en Bélgica y Holanda, por ejemplo). Pero yo ciertamente rio he propugnado, ni

propugno, la sindicalización partidista para nuestros soldados.

Respecto al tema Els Joglars, rechazo el calificativo que da don Arturo de disparatadas la esperanza de

que, en relación con una ley de la que se anuncia oficialmente la derogación, previos los trámites de

rigor,, se suspenda su aplicación hasta terminar esos trámites. En primer lugar, porque no será tan

disparatada cuando se está aplicando ese criterio, y precisamente por la jurisdicción militar, a un caso

idéntico, el de la objeecíón de conciencia, en que se suspende el cumplimiento, del servicio militar y de

toda acción punitiva a los jóvenes que, alegando ese motivo, se niegan a cumplir una ley en vigor, y todo

ello en base únicamente a que se esperan nuevas leyes derivadas del actual proceso constituyente.

Pero, además, confieso que encuentro, si no disparatado, sí muy sorprendente que el señor Moya diga

que, eómo las leyes pueden ser cambiadas continuamente, al parecer, de forma caprichosa, no se

cumplirían nunca esperando el siguiente posible cambio. Yo creía que el Gobierno había anunciado

cambios profundos en la jurisdicción militar, como por ejemplo, la supresión de situaciones en que es

juez y parte, con el objetivo único de conseguir una mayor posibilidad de justicia, en función de que uno

de los caracteres distintivos de la democracia respecto a la dictadura, es que sus leyes son justas y no

arbitrarias y represivas.

Sin embargo, parece que don Arturo Moya entiende que cambiar las leyes es una especie de ruleta, según

la cual al que le toqué, en un momento determinado, dar con sus huesos en prisión, debe pensar, con

espíritu deportivo, que simplemente ha tenido mala suerte,

Y, ¿dónde he propugnado yo el absentismo de los ciudadanos respecto a las Fuerzas Armadas?

Desde luego, no en los ires artículos citados, pero, además, en otro también publicado en EL PAÍS (1-11-

77), con el título «Ejército, ¿sólo para militares?», me pronunciaba con firmeza por todo lo contrario.

Y ¿de dónde se deduce que las Fuerzas Armadas se deban ver envueltas en una contienda ideológica?

Precisamente, mi más ferviente deseo de que eso no suceda, es lo que hace que siga manteniendo la única

tesis que reconozco como mía de las señaladas por el señor Moya. Y ésta es la de que las Fuerzas

Armadas no deben constituir un grupo social separado, y mucho menos una sociedad diferente, la militar,

como él desea, con valores diferentes (el subrayado es suyo). Muchos spn los argumentos que podría dar

en favor de mis tesis, algunos de los cuales ya han aparecido en mis artículos anteriores y otros

aparecerán en los sucesivos; no sería entre ellos ciertamente de los menos importantes el de la

marginación (por un sentido dé superioridad o de inferioridad, es lo mismo) que supone para ios militares

verse condenados a ser diferentes, y me consta la frustración, consciente o no, que ha supuesto para

muchos.

Pero prefiero ceñirme a un solo aspecto, aquél que creo que puede conducir a esa preocupante contienda

ideológica. Pienso que tener valores diferentes supone precisamente tener una ideología (en definitiva,

una forma de concebir la vida) diferente.

¿Es aventurado entonces temer que ideologías distintas puedan acabar enfrentándose, entrando en

colisión? Si recorremos ia larga historia, propia y ajena, de intervenciones militares, ¿cuántas

encontraremos que se hayan hecho en nombre de defender, de instaurar, de restaurar, unos valores

diferentes de los que estaban en vigor? Claro, que si profundizáramos más, a lo mejor encontraríamos que

esos valores, sagrados para los militares protagonistas, eran precisamente los que un sector dé la sociedad

civil, pequeño pero poderoso, beneficiario de aquellas intervenciones, había propugnado como

imprescindibles para las Fuerzas Armadas.

Finalmente, añadiré un par de reflexiones más sobre otros aspectos de los artículos del señor Moya. En

primer lugar, afirmar que, ya que él mismo dice que hay que reformar nuestros ejércitos, los aspectos de

esa reforma pueden y deben ser ampliamente conocidos y debatidos, y esto no creo que sea

apasionamiento, ni mucho menos politización o sectarismo. Creo que se minusvaloraría injustamente a

nuestras Fuerzas Armadas si se pretendiera llegar a su reforma a través del halago o de la oscuridad y la

ambigüedad de los planteamientos.

En segundo, y término, creo también que el tema de nuestra posible integración en la OTAN merece

consideración aparte, y profunda, y así intentaré seguir haciéndolo con mis modestos medios. Pero dado

que el señor Moya trasluce claramente su deseo de adhesión a la Alianza Atlántica apoyándolo

únicamente en el argumento de que la neutralidad supone «dispendios formidables como en el caso de

Sue-cia y Suiza», me permitiré preguntarle, ¿dónde fundamenta tal afirmación?

Según datos- de The Military Balance, del Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, para tos años

1972 a 1976, ambos incluidos, Suiza gastó en defensa, en relación con su PNB, menos que España en el

mismo periodo y, desde luego, mucho menos que todos los países de la OTAN, excepto Luxernburgo.

Por su parte, y.también en los mismo términos relativos, Suecia gastó algo más que España, pero

claramente menos que los miembros de la OTAN siguientes: Inglaterra, Francia, Alemania, Grecia,

Holanda, Portugal, Turquía y Estados Unidos, y muy poco más que su vecina, mucho menos rica y

miembro déla Alianza, Noruega.

Ciertamente, no es el del coste el mayor inconveniente que se puede encontrar al hecho agresivo, casi

bélico, de enrolarse en un pacto militar de otra época para enfrentarse a una serie de países, pero, en

cualquier caso, es una simple realidad objetiva qué estar en la OTAN supone un dispendio mucho más

formidable que no estar.

 

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