Autor: Otero Fernández, Luis. 
   Las virtudes militares: el valor     
 
 El País.    27/04/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

TRIBUNA LIBRE

Las virtudes militares: el valor

LUIS OTERO FERNANDEZ Ex comandante del Ejército

En las guerras, actividad a la que en último extremo están destinados los ejércitos, es evidente que se

requiere, como una de las condiciones para obtener el éxito, el valor de los que participan en ellas.

Según una definición de diccionario, el valor es la cualidad del ánimo que mueve a acometer

resueltamente grandes empresas y a arrostrar sin miedo los peligros, y es evidente que cualquier guerra se

compone de difíciles empeños y comporta numerosos peligros.

Consecuencia lógica de ello sin duda ha sido el culto al valor que en todos los ejércitos, a lo largo de la

historia, se ha prestado con carácter preferente. Y así se ha insistido, para la formación e instrucción de

los mandos y tropas, sobre las características excelsas de la valentía, se han rememorado de forma más o

menos mitificada los hechos heroicos del pasado, se ha sancionado severamente cualquier indicio de

cobardía y, sobre todo, se ha establecido un sistema de recompensas que, universalmente y desde hace

cientos de años, consisten en unos distintivos metálicos (placas, cruces, medallas) que las personas

premiadas por su valor llevan eon orgullo sobre el pecho.

Seguramente podría ser discutible la oportunidad de esta forma de reconocer el valor, en primer lugar por

lo difícil que resulta la medición de esta cualidad para determinar si se es acreedor o no a una concreta

condecoración y, sobre todo, por la carga de vanidad que puede comportar para el condecorado y de

frustración o envidia para el que no lo consigue. Sin embargo, no cabe duda de que este sistema ha

arraigado en la Humanidad, como lo prueba el entusiasmo por las condecoraciones en todos los nuevos

Estados que han alcanzado recientemente la independencia y, lo que es más sorprendente, también en los

países socialistas en que se supone que deberían rechazarse los signos externos de diferenciación entre las

personas. En todo caso, se premie o no, hay que admitir que, simplemente bajo un aspecto de eficacia, es

necesario, aunque no suficiente, el valor en un ejército para alcanzar el triunfo y, desde luego, su carencia,

es decir, la desmoralización y el pánico, comportan una inmediata y fulminante derrota. En consecuencia,

¿es preciso ocuparse de esta cualidad, hay alguna objeción que presentar?

Sinceramente, creo que sería absolutamente necesaria una profunda revisión de cómo se entiende y se

practica el valor en casi todos los ejércitos del mundo, entre ellos en el nuestro. Entiendo que, partiendo

del hecho trágicamente cierto de la crueldad y violencia de las guerras, se han confundido las causas con

los efectos, llegando a identificarse el valor con la capacidad de soportar y producir violencias sin

inmutarse, o al menos considerándolas necesarias e inherentes al valor. Y, al afirmar esto, no me refiero a

un sentimiento más o menos difuso o más o menos retórico. Me refiero a datos objetivos reflejados en

leyes, costumbres y reglamentos que han institucionalizado, definido y cuantificado el valor en las

Fuerzas Armadas.

Así, en el artículo 18 de las órdenes generales para oficiales de nuestras ordenanzas todavía vigentes, se

dice: «En un oficial es acción distinguida... defender el puesto que se le confie hasta perder, entre muertos

y heridos, la mitad de su gente...» Así, también, en la orden ministerial de 1970, que regula los requisitos

para que un militar pueda tener en su hoja de servicios la cualidad de «valor acreditado», se fija como uno

de ellos «haber sufrido durante treinta días el fuego enemigo con bajas». De igual forma, para obtener la

máxima condecoración española al valor, la Cruz Laureada de San Fernando, se exige la demostración de

haber sufrido un elevado porcentaje de bajas en la acción que se desea premiar.

¿Y qué decir del entrenamiento que se practica en ciertos cuerpos militares de élite de diversos países,

como los «marines» de EEUU, consistente en aprender a soportar y a realizar humillaciones y

brutalidades muy poco humanas? ¿Y de la nulificación de la muerte, como algo excelso en sí misma?

Honradamente, yo entiendo, como acción distinguida, la defensa del puesto confiado, o valor acreditado

el demostrado al sufrir el fuego enemigo, o hecho merecedor de la Laureada el que ha obtenido el

objetivo propuesto. Pero no me parece que las bajas sufridas deban añadir ningún mérito, sino, en todo

caso, lo contrario si pudieron ser evitadas. Y tampoco entiendo que el sadomasoquismo sea admirable ni

que la muerte se presente como deseable o, ni siquiera, como indiferente; por el contrario, me parece que

es la vida lo único que nos hace ser personas y, en consecuencia, sólo lo que nos ayude a conservarla

merecerá ser valorado.

En suma, creo que es la revisión del propio sentido de la guerra lo que nos llevará a una concepción

diferente del valor. Si, como afirman actualmente todos los Estados y especialmente las Naciones Unidas

en sus proclamaciones de derechos internacionales, la guerra es algo injusto e inhumano precisamente por

lo que supone de violencia y muerte, y sólo puede concebirse en caso de necesaria y estricta defensa, es

claro que, aun en este caso, deberá realizarse procurando evitar la mayor cantidad de destrucción de

bienes y vidas, tanto del contrario como propias.

Y para ello se deberá instruir adecuadamente a los presuntos combatientes, que aprenderán a estimar la

vida humana por encima de todo y procurarán alcanzar un valor reflexivo, sereno, prudente, muy

diferente del arrojo impulsivo o suicida.

También se deberán revisar las obligaciones de los que mandan, en cuanto que debe ser la eficacia la

norma de sus actos, entendiéndola en términos bélicos como la consecución de los objetivos sin bajas

propias ni contrarías, pudiendo en muchas ocasiones tener que renunciar a un objetivo, si lograrlo implica

la seguridad de tener bajas elevadas. No debe olvidarse que una batalla no es una guerra, que lo que

interesa es ganar esta última, que para ello deben conservarse la mayor parte de las fuerzas y que en

último caso si se pierde, más vale que sea conservando las vidas.

Bajo este punto de vista, aun sin considerar razones éticas más importantes, sería más que discutible la

gloria militar de batallas pasadas, como, por ejemplo, la de Rocroi, en el siglo XVII, cuando tras perderla

nuestros tercios a la pregunta de «¿Cuántos eran los españoles?», alguien respondió con orgullo:

«Contad los muertos.» Creo que, sin poner en duda el reconocimiento que debemos al valor individual de

cada uno de los que murieron, parece que hubiera sido mucho más oportuno que no se hubiera empeñado

la batalla o que se hubiera abandonado antes, sobre todo si consideramos que el aniquilamiento de los

tercios supuso nuestra imparable decadencia militar.

Por el contrario, una actuación militar como la del ejército portugués el 25 de abril de 1974, aparte de su

enorme importancia política liberando a un pueblo de la dictadura y la guerra, me parece que se puede

calificar como gloriosa, precisamente bajo el punto de vista castrense, por haber conseguido el éxito en

forma totalmente incruenta.

Por supuesto, nada empañará nunca la memoria de los que han sido capaces de demostrar su valor

llegando hasta dar la vida por una causa justa. Pero acostumbrémonos todos, civiles y militares, a estimar

un valor, menos brillante quizá, pero más equilibrado, sin cóleras ni estridencias, y compatible con un

amor extremado por la vida, ajena.

 

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