Autor: Otero Fernández, Luis. 
   Los poderes militares y religiosos en una sociedad civil y laica     
 
 El País.    20/01/1978.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

EL PAÍS, viernes 20 de enero de 1978

OPINIÓN

Los poderes militares y religiosos en una sociedad civil y laica

LUIS OTERO FERNANDEZ Ex comandante del Ejército

Nuestro sistema político aún en embrión, democrático parlamentario, pretende basarse en la soberanía del

pueblo, plasmada en los tres poderes clásicos: ejecutivo, legislativo y judicial. Sin embargo, todavía hoy

nos encontramos con que son muchos más efectivos y reales otros tres poderes diferentes, los llamados

actualmente fácticos: el político-económico, el militar y el eclesiástico. Aunque esta combinación de

dominios, que hábilmente sujetaba a los individuos por la ideología, el bolsillo, la fuerza y la conciencia,

ha tenido una de sus más perfectas expresiones en el Régimen desaparecido; sin embargo, hemos de

reconocer que casi toda nuestra historia (y gran parte de la historia de la sociedad occidental) ha estado

marcada por la bendición celestial que la Iglesia aseguraba a los ejércitos, que, a su vez, defendían a los

gobernantes de turno, casualmente pertenecientes a la clase poseedora de las riquezas materiales.

Esta situación ha sido tan patente y tan prolongada, que nuestros hábitos sociales, incluso hasta niveles

folklóricos, están impregnados por ella. Y así el conjunto de alcalde, párroco y jefe de la Guardia Civil en

una población pequeña o su equivalente de gobernador civil, obispo y capitán general en una capital, era,

y en muchos casos todavía es, el obligado contraste solemne, lo mismo para inaugurar un pantano que

para presidir una procesión o una jura de bandera. La cúspide de esa situación, con la convergencia de

todos los poderes en una sola persona, nos la ilustra suficientemente la imagen, familiar para los

españoles, del jefe del Estado en uniforme militar caminando solemnemente bajo un palio catedralicio.

Naturalmente nada tengo que objetar a la adición que las jerarquías militares sientan personalmente por

las procesiones, o los obispos por las juras de bandera o por bendecir las aguas de nuestros pantanos.

Sin embargo, sí creo que se puede opinar sobre lo que esas costumbres sociales representan, que es la

existencia real de unas jurisdicciones territoriales que, de hecho, detentan una parte importante del

Gobierno sobre los ciudadanos, o sobre parte de ellos, p sobre parte de su actividad diaria. Y opino que el

mantenimiento de esas jurisdicciones en su forma actual merma considerablemente el principio de la

soberanía popular, que, como ya hemos dicho, sólo debe ejercerse en una democracia parlamentaria a

través de los cauces representativos clásicos.

El poder eclesiástico, practicado de formas tan directas como la legislación familiar, educativa e incluso

penal, y de otras más sutiles, .pero no menos importantes, parecía estar destinado a desaparecer por

imperativo de la propia Iglesia católica, que, a partir del Concilio Vaticano II, volvió a situar en sui

márgenes naturales a las cuestiones de conciencia y de fe, que habían pasado a lo largo de los siglos al

ámbito político y social. Sin embargo, la reciente actitud de nuestra jerarquía episcopal en relación con la

nueva Constitución hace temer ía existencia de resistencias para esa necesaria transformación; esperemos,

a pesar de ello, que nuestros legisladores resistan esas presiones clericales y, sin ninguna agresividad

antieclesiástica y con el mayor respeto a la libertad de conciencia y creencias de todos, hagan desaparecer

de nuestro ordenamiento jurídico y constitucional los residuos del poder temporal de la Iglesia.

Dentro de este aspecto concreto creo que merece la pena referirse al ejercicio de ese dominio religioso en

el ámbito de las fuerzas armadas. Su expresión se extiende, entre otros aspectos, a puntos bastante

singulares: una ideología oficial católico-militar, una especie de liturgia castrense para actos y escritos

oficiales y un cuerpo de funcionarios sacerdotales católicos con jerarquización militar y funciones de

culto, burocracia y asistencia espiritual.

La ideología religiosa se manifiesta de maneras diversas entre el estamento militar: alocuciones públicas

de la jerarquía, identificación por los militares y sus familias con las costumbres sociales de nuestra

tradición confesional y, consecuencia de lo anterior, rechazo maniqueo de conductas y formas de pensar

diferentes. Dentro de este amplio espectro podría situarse, a modo de ejemplo, la reciente declaración

atribuida por la prensa a un alto mando del Ejército en que se justificaba el empleo de la violencia para

ciertas situaciones, en virtud del ejemplo de Cristo expulsando a los mercaderes del templo. Confieso que

mi primer impulso es replicar con mi visión personal de un Cristo absolutamente distinto, el Cristo del

amor y las bienaventuranzas, pero creo que ni una ni otra interpretación cristiana tienen por qué interesar

a tantos españoles de otras religiones o indiferentes, pero igualmente vinculados y participantes en el

problema de la defensa nacional, única razón de la existencia de las Fuerzas Armadas. A .ellos, a todos,

sólo puede preocupar, y deben exigir, que esa institución se mueva únicamente en función de las misiones

que le asigne la Constitución democrática y nunca con arreglo a unas creencias muy respetables, pero que

en absoluto pueden ser impuestas.

Otro tanto podría decirse del ceremonial religioso que acompaña a los actos y escritos oficiales militares.

La fórmula del juramento a la bandera, con su refrendo por el sacerdote católico, las misas con la tropa

formada y con toques de corneta subrayando los momentos litúrgicos, los deseos de que Dios guarde

nuestras vidas en los escritos oficiales, etcétera, entiendo que, sobre superfluos e incluso ofensivos para

los no creyentes, son muy discutibles incluso para los que creen en ufi Reino de Dios que no es de este

mundo.

Respecto al clero castrense me parecen problemáticas las razones para su existencia, sobre todo si

consideramos las siguientes expresiones contenidas en su reglamento y que no creo necesario comentar:

— «Para el cumplimiento pascual, el mayor facilitará al capellán lista de los individuos que deben

verificarlo.

— Cuando el capellán se dirija a sus feligreses evitará con exquisito cuidado tratar en sus sermones

materia impropia del lugar y objeto, por laudable que sea su intención. Sus discursos deben encaminarse

principalmente a moralizar las costumbres y robustecer la disciplina.

— Ejercerán el cargo de censores espirituales de todos los impresos con destino a la tropa...»

Aunque, por otra parte, sé que en la práctica actual la mayor parte de esas actitudes integristas no tienen

plena vigencia, dentro de ur ambiente de tolerancia religiosa, a mi modo de ver, esta situación está lejos,

sin embargo, de la mínima aconfesionalidad previsible en un Estado democrático y pluralista.

Si el Ejército, como institución de tal Estado, debe ser partidista en lo político, con mucha mayor razón ha

de ser neutral en lo religioso. Así, pues, no se trata de introducir fórmulas católico progresistas en vez de

las integristas, ni de arbitrar distintas formas de juramentos o ceremonial para diferentes confesiones, ni

de ampliar la plantilla del clero castrense con pastores, popes, rabinos, imanes, bonzos filósofos

agnósticos o comisarios políticos, sino simplemente de despojar de ideologías trascendentes la vida

militar profesional y de disolver el cuerpo de funcionarios sacerdotales, procurando, por supuestos, todos

los medios posibles para que cada miembro de las Fuerzas Armadas cubra sus necesidades espirituales y

religiosas con absoluta libertad.

Si, como hemos visto, el poder religioso está fuertemente implantado en nuestra sociedad civil y en las

Fuerzas Armadas, no es menos cierto que éstas, con independencia de sus misiones de defensa de la

seguridad e integridad del territorio español, ejercen, de hecho, un poder territorial, plasmado en la

jurisdicción administrativa y judicial sobre las tierras, costas y espacio aéreo a base de las capitanía

generales de los tres Ejércitos, gobiernos militares, cantones y puestos de la Guardia Civil.

Entiendo que este sistema supone en primer lugar, una merma del poder civil en diversos aspectos

administrativos y, por otro lado, comporta el mantenimiento de una numerosa burocracia e instalaciones,

con costes a detraer del presupuesto de la defensa nacional. De otra parte, la superposición de mando

militar con autoridad judicial va en detrimento de la necesaria independencia de toda justicia, aunque se

restrinja en el futuro el ámbito de la castrense evitando situaciones como la de encarcelar a personas

civiles por presuntos delitos de opinión. Otro inconvenientes a prever para un futuro muy próximo es la

no coincidencia de las actuales regiones militares con los territorios autónomos, coincidencia que en lo

estratégico, por otro lado, no es conveniente, ya que las Fuerzas Armadas deben distribuirse en función de

las necesidades de todo el Estado, y no de una región autónoma, pero que en lo administrativo puede

producir interferencias.

No es menos importante considerar que el mantenimiento del actual sistema de jurisdicciones, cubriendo

todo el territorio nacional, pero con separación de competencias de los tres Ejércitos, va en detrimento de

la misión principal de las Fuerzas Armadas (la defensa de nuestra integridad territorial), que requiere un

despliegue de todas las fuerzas, con mando conjunto de los tres Ejércitos, orientados hacia las fronteras o

espacios geoestratégicos, sin sujeción a ningún tipo de guarniciones urbanas ni encuadramientos

regionales. Finalmente se ha de tener en cuenta que la actual división regional militar data de hace más de

150 años y que ni siquiera ahora coincide a veces con el despliegue de las unidades operativas, originando

situaciones de dobles y hasta triples dependencias. Entiendo, por todo lo expuesto y otras razones que

podrían enumerarse en un estudio técnico detallado, que debería desaparecer la estructura jurisdiccional

castrense actual.

Sinceramente creo que, liberadas nuestras Fuerzas Armadas del peso mesiánico de sentirse defensoras de

unos valores religiosos siempre opinables y también del lastre burocrático de un poder y un control

territorial que rio les corresponde, podrán atender con mayor eficacia a su compleja misión de

defendernos a todos de nuestros posibles enemigos exteriores.

 

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