Autor: García Escudero, José María (NEMO). 
   El Rey y el diputado     
 
 Ya.    24/07/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 6. 

EL REY Y El DIPUTADO

EL señor diputado se ha puesto en pie cuando ha entrado el Rey (lo cortés no quita a lo valiente), pero

no ha aplaudido. No ha hecho corno la camarada que se ha cruzado ostensiblemente de brazos, pero

aplaudir, tampoco. La camara.da viene en alpargatas; él, descomisado. ¿O en qué se va a notar que es de

izquierdas? Un amigo suele decirle que no ponerse la corbata nunca es tan convencional como llevarla

siempre, pero el amigo ese es de derechas.

Ya está hablando él Rey. Este año y medio le ha envejecido. Está serio y cansado, pero lee correctamente

un discurso inteligente y medido -se nota- hasta el milímetro: el discurso de un Rey constitucional.

Tiene delante el muro de los señores diputados y senadores. Nuestro diputado es uno. Si le preguntan que

a quién debe el puesto, contesta como el otro día replicó un senador: que a sus votantes. Pero el Rey sabe

que sin él ninguna clase de votos habrían podido nunca depositarse en ninguna urna y que este diputado

no estaría aquí ni podría haber visto, sólo con volver la cabeza desde su escaño, cómo aplaudían -éstos

sí- Dolores Ibarruri, y Santiago Carrillo, y Rafael Albertí, que hasta se ha decidido -o le han decidido-

a no venir vestido de arco iris. Pero eso que el Rey sabe es lo último que al Rey se le ocurriría decir.

EMPIEZAN a notársele los años en las entradas del pelo, aunque todavía sigue pareciendo, y aun más en

privado, el chicarrón deportivo de cuando príncipe; pero este chicarrón lleva dentro todos loa gatos de la

política. Los que preguntan que quién le ha enseñado, olvidan que hay cosas que o se llevan en la sangre

o no se aprenden nunca. Ahora este hombre joven está empegando el más duro aprendizaje de los padres,

que no es echar hijos al mundo ni llevarles de la mano en sus primeros pasos, sino soltarlos después. Ser

sí motor del cambio ha sido hasta esto momento su problema; dejar de serlo va a ser su problema desde

que salga de este recinto. Lo que estamos contemplando es nada menos que el relevo. Y el Rey se lo está

anunciando a los señores diputados y senadores, Al terminar de hablar le aplauden. No ´tan poco como

para que sea tibieza; no tanto como para que sea desmesura; dejémoslo en suficiente. He aquí otro duro

privilegio de los padres. El cariño, explicaban los juristas romanos, desciende primero, asciende después

y se reparte "por

último a los lados. Conténtese Su Majestad con que en correspondencia a sus desvelos de año y medio, le

lleguen el cariño, o el respeto, o la cortesía, o el compromiso de estos ponderados aplausos.

Nuestro diputado se ha sumado a ellos. Algunos de los que le rodean siguen resistiéndole; la mayoría

aplauden como él. Entiéndanlo bien, no se confundan ustedes: aplauden al discurso, no han aplaudido al

Rey sobre todo, explican, no han aplaudido la fecha del 22 de Julio, que fue hace ocho años (vea usted

qué desgraciada coincidencia) la misma en que fue proclamado sucesor por las Cortes franquistas. Pero si

loa reproches han de tener alguna consecuencia, ¿no deberían venir del lado contrario? Infantilismo, dice

un admirado cronista; yo miro al señor Guerra, don Alfonso, que no ha aplaudido antes ni aplaude

después, y no consigo descubrir en él nada de infantil. De todas formas, nuestro diputado, repito, aplaude.

El jefe de su grupo parlamentario lo hace también con unos aplausos lentos, espaciados, como si estuviese

llamando al sereno.

Se abren las puertas y un ramalazo de luz de la calle entra en el recinto de las Cortes. Recorro una vez

más los rostros, aún inéditos, de estos diputados de estos senadores. Me gusta que la inmensa mayoría

hayan venido correcta y sencillamente vestidos de oscuro. Su traje de calle es el uniforme de las

democracias. El despechugamiento es la agresividad de las demagogias. O el disfraz del que quiere pasar

por demagógico sin serlo. ¿No ha sido el caso del partido de nuestro diputado? ¿No ha sacrificado casi

constantemente en su historia sus posibilidades a su apariencia: a las exterioridades republicanas durante

la Monarquía, a las exterioridades revolucionarias durante la República? Un psicólogo explicaría que eso

indica una íntima falta de confianza en el mismo. Esperemos que con el tiempo la haya adquirido.

Yt sobre todo, no saquemos conclusiones precipitadas. En "El rey Lear", Shakespeare escribió la

imperecedera tragedia de la ingratitud filial; pero también la exaltación de la hija, Cordelia, que se

mantuvo fiel al padre abandonado por las otras dos: precisamente lo que sin demostraciones

extemporáneas se limitó, a cumplir con su deber. Pues "no están vacíos los corazones cuyo tímido son no

hace repercutir ningún sentimiento hueco", ¿No puede ser el caso del señor Guerra, don Alfonso?

Consolémonos, lectores, con la lectura de los clásicos.

NEMO

 

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