Una cuestión de protocolo     
 
 ABC.    02/06/1982.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

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Una cuestión te protocolo

En una página de sus oceánicas memorias confiesa. Saint-Simon:

«En aquel trance decisivo mis compañeros y yo acudimos al cuarto del Rey para declararnos dispuestos a

morir por el protocolo.» El historiador de Luis XIV argumentaba desde el fondo de la moral y de la

historia. El protocolo no es la vanidad, la parafernalia, ni la pompa. El protocolo es el orden. El orden

según el cual se explica públicamente, por medio de gestos y de símbolos, cuál es la dignidad de cada

cual, el poder de cada cual, la representatividad de cada cual. Por clarificar quién es quién y qué honores

corresponden a cada uno el memorialista francés estaba dispuesto a todo, hasta a dar la vida. Porque fuera

del protocolo, añadía con grandilocuencia, sólo reina el caos. En nuestros días, la Unión Soviética y la

China de Mao superaron en rigidez los protocolos más estrictos del mundo, el de la Santa Sede y el de la

Corte de San Jaime.

En razón, claro es, del carácter clarificador, útil, indispensable, de la observancia protocolaria.

¿Qué hacía el Gobierno de España en unas sillitas de tijera durante el desfile conmemorativo del domingo

en Zaragoza? ¿Cómo explicar su inexplicable emplazamiento? ¿Quién organizó el protocolo del acto?

¿Por qué no se revisó en los más altos niveles del Ministerio de Defensa? ¿Cepo admitir en silencio la

desatención inferida no a tales o cuales nombres, sino al Gobierno de España?

El artículo 97 de nuestra Constitución no deja lugar a duda sobre el papel de presidencia y dirección que

el Gobierno tiene en las Fuerzas Armadas. «El Gobierno —dice el texto constitucional- dirige la política

interior y exterior, la Administración civil y militar y la defensa del Estado.» Es, pues, claro que, tras el

Rey, el artículo 62 atribuye el mando de las Fuerzas Armadas al presidente del Gobierno y, en su nombre,

al ministro de Defensa.

Ño está circo, sin embargo, qué es más recusable en este imperdonable fallo de protocolo: si el lugar

Inadecuado que se atribuyó al Poder ejecutivo, o la aceptación por éste último del puesto que no le

corresponde. Saint-Simon y los pares no plantaban cara a una pequeña humillación personal. Hacían

frente a algo más que al simple derecho ¿a precedencia.

 

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