Autor: Díez-Alegría Gutiérrez, Manuel. 
 Defensa y democracia. 
 El Ejército y la nación     
 
 Diario 16.    05/01/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Jueves 5-enero 78/DIARI016

Defensa y democracia

El Ejército y la nación

Teniente general Manuel Díez-Alegría

La moral, la disciplina, el modo propio de los diversos Ejércitos, ha presentado siempre modalidades

distintas, de acuerdo con la manera de ser particular de los países a los que han de servir. Como extremos

de esa diversidad podemos presentar dos, caracterizados por sendas frases del primer duque de

Wellington y referente a la qué los ingleses llaman "Guerra de la Península" y nosotros, nías

motivadamente por reñirse sobre nuestra carne, "Guerra de la Independencia". Dirigiéndose a sus propias

tropas (para nuestro pueblo "los soldados del Lord"), les decía escuetamente: "Estáis bien vestidos, bien

comidos y bien pagados; al que no cumpla con su deber lo haré ahorcar". La otra sentencia, con la que

Juzga a sus aliados .(nuestros abuelos, que Junto´a él combatían), expresa, con notoria Incomprensión y

uti claro desdén, cómo "los españoles hacen sus ejércitos con una cosa que llaman entusiasmo".

Es •indudable que con el primer sistema se podía contar con tropas altamente adiestradas, firmes y

aguerridas en el campo de batalla. Pero también lo es que esto podía fallar cuando faltaban aquellas

condiciones de buen trato que Wellington establecía en su sentencia como premisa necesaria. Y, en todo

caso, el número de estas fuerzas era escaso y su difícil reposición obligaba a medir cuidadosamente el

tiempo y la modalidad de su empleo, pudiendo verse obligadas a rehusar el combate en el momento más

necesario. Dígalo si no el antecedente desgraciado, rayano en el desastre, de Sir John Moore en su

precipitada retirada hacia La Coruña.

De nada hubiera servido al excelente, pero pequeño, ejército británico, de no haber podido, en el

momento en que se veía obligado a huir del contacto, confiar la tarea de mantener el fuego sagrado y

distraer al agresor, a esos ejércitos que la superficialidad del duque de Hierro, constituía con sólo una

exaltación impalpable. Cuando en realidad resultar ba mucho más difícil en aquella sazón mantener

inextinguible ese sentimiento que conservar la rígida disciplina y la automática instrucción del Cuerpo

expedicionario de Albión.

Es cierto que los ejércitos españoles estaban, al contrario que el británico, mal vestidos, mal comidos, mal

pagados, que por ser de aluvión no estaban bien instruidos y se sostenían a veces muy precariamente ante

el fuego, que sus mandos eran poco sólidos y mal conocidos de sus tropas, sobre la que no siempre

ejercían el necesario ascendiente. Pero no lo es- menos que cada vez que el caso se presentaba —-y

gracias precisamente a ese entusiasmo que Wellington no penetraba— siempre un nuevo ejército sustituía

a otro desaparecido, permitiendo así el mantener constante la lucha, debilitando al adversario, para que en

el momento oportuno tropas más aguerridas infligieran a éáte los rudos golpes que¿ tras una constancia

nunca superada, trajeron, al final de largos años, la victoria en España y, gracias en gran parte a ella, la

caída de Napoleón.

Fe en la causa propia, ¿Y en qué consistía ese famoso entusiasmo? En primer lugar, en el convencimiento

hondo y sincero, tanto de la Justicia de la causa propia como de la iniquidad de la conducta adversaria.

Pero, como consecuencia de este primer motivo y fruto natural de él, la base esencial de aquel sentimiento

estaba en la hermandad total, absoluta, desinteresada? qué se establecía entre la Nación y su Ejército.

Todos, combatientes regulares, voluntarios, guerrilleros y pueblo, vivían y respiraban para un mismo

ideal y por ello resultaba tan fácil pasar de una a otra de estas categorías, improvisando así nuevos

ejércitos que sustituían a los aventados por. las invencibles Águilas del Imperio.

Sin necesidad de llegar a una dicotomía tan absoluta, no tiene duda que por esta segunda vereda, más bien

que por la de la mera disciplina a la prusiana, está el verdadero camino para una sana constitución de los

Ejércitos de hoy. Mucho más cuanto no parece ortodoxo en el momento presente, cuando las guerras

exigen iniciativa y dispersión, aplicar aún los métodos del Rey Sargento.

Los que ya somos viejos llegamos a conocer los últimos vestigios de los ejércitos de aquel tipo, con su

oficialidad poco accesible e in-discutida, sus mandos subalternos abnegados, pero .no muy instruidos y

con energía frecuentemente ruda, y una masa de tropa a la que se regateaba toda personalidad y a la que

bastaba, hasta donde ello era posible, vestir y alimentar.

Pero, compárese esa misma masa de tropa, integrada totalmente por campesinos que no habían salido

nunca de su valle natal, más unos pocos obreros encallecidos en la desgracia de su resignación, con la que

hoy viene a cumplir en las naciones el primordial deber de defender la Patria.

Nuevos modelos

No cabe ya, en forma alguna, el volver a los viejos métodos estrictamente disciplinarios. Es meridiano

que necesitamos buscar en moldes nuevos el mantener el "entusiasmo" antiguo. Pero no puede perderse

de vista que en muchos casos los que figuran a la cabeza de los Ejércitos pertenecen, a veces, a aquellas

generaciones que conocieron los viejos modos y les resulta entrañablemente doloroso evolucionar hacia

otros, que les parecen atentatorios a la disciplina..

Y, sin embargo, cada vez es más indispensable que estas cuestiones se consideren con el interés que

merecen, so pena de tropezar, posiblemente en un mañana próximo, con situaciones delicadas derivadas

de una falta de adaptación del instrumento militar a las condiciones de la vida social. Si aún la Iglesia

Católica se ha creído obligada en el Concilio Vaticano II, a poner al día muchas de sus normas

centenarias, los modos de hogaño no podrán menos que reflejarse, sin mengua de su esencia, sobre otras

instituciones como los Ejércitos, también inmemorables y venerables, pero ciertamente no teleológlcas.

Pero, sobre todo, resulta hoy sustancial y apremiante conseguir una comunión mucho más intensa que la

que existe entre los ciudadanos y las Fuerzas Armadas. Precisamos, para ello, elevar al máximo todas las

medidas que nos facilita la técnica actual para poner al pueblo al corriente de qué es y para qué existe la

milicia, y cuál es la manera en que ésta cumple, para esa patria común de la que forman parte, las

misiones que tiene encomendadas. Buscando primordialmente suscitar de nuevo el alma de aquel vielo

entusiasmo tan eficaz, que en su escasa era solo la compenetración aei Ejército y la Nación.

 

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