Autor: Álvarez Álvarez, José Luis. 
   Pilares de una democracia     
 
 Ya.    13/09/1977.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

PILARES DE UNA DEMOCRACIA

LA organización de la vida en sociedad supo ne, en un régimen democrático inspirado en la idea de

libertad, el respeto generalizado de las leyes. Sólo éstas hacen posible el encantamiento de esa libertad

mediante el establecimiento de limitaciones para coordinar la libertad propia con la de los demás

miembros de la comunidad.

La convivencia, significa, desde la comunidad más reducida, como la familia, hasta la más amplia, como

el Estado o la comunidad Internacional, la admisión de limitar la propia libertad para hacer posible asi la

coexistencia de mi libertad con la de los demás. Tal fuego de coordinaciones as logra con la existencia de

las leyes, siempre perfeccionables y siempre en fase de cambio pnra una mejor adaptación a la realidad

social, y la necesidad de su respeto, y todo este aparato de normas y en observancia es lo que supone vivir

en un Estado de derecho.

LAS leyes podían ser cumplidas voluntaria y pacíficamente por todos los miembros de la comunidad,

y eso determinarla una sociedad ideal en la que no hubiera necesidad de coacción. Pero las leyes, para ser

perfectas, necesitan, en caso de que no sean cumplidas voluntariamente, un aparato coactivo que las haga

cumplir.

LA no admisión de estos ele mentales principios conduce o a la destrucción de, la vida comunitaria, o a

la utopía de una sociedad angélica, o a la opción por la anarquía, tan cara a los españoles, pero tan

irrealizable como la. misma sociedad angélica, ya que ni de una ni de otra existe mi solo ejemplo

histórico.

Como consecuencia, toda sociedad estructurada necesita de la organización coactiva que asegure el

respeto de las leyes en el caso de que no se hayan cumplido voluntaria y espontáneamente. Para, ello tiene

que existir y existe en todos los países, sin excepción, el aparato de fuerzas del orden, órganos de justicia

y sistema de sanciones o los incumplidores.

ESTA necesidad es absoluta en una sociedad democrática. Porque, si lo es de verdad, el ámbito de

libertades es mucho más amplio que en una sociedad dictatorial, sea de una persona o de una clase. La

prueba es que en las sociedades que mejor cumplen el modelo democrático se respeta primariamente a las

fuerzas del orden y a los órganos de justicia. Porque el ciudadano normal, el que, aunque a veces

falle, tiene voluntad, en general, de cumplir las leyes, sabe que la garantía de su libertad y de la

subsistencia del sistema democrático se basa en buena parte en la existencia de unas fuerzas de orden

eficaces y disciplinadas y de unos órganos de justicia competentes e independientes. Y aunque los teme,

los respeta, y se siente de su lado, porque al no ser su, voluntad la transgresión, se encuentra no

enfrentado a, ellos, sino que ve en ellos la garantía de su derecho y de su tranquilidad. Y como

consecuencia defiende ambas instituciones: fuerzas del orden y justicia.

En cambio, el ciudadano que no admite las leyes, que rechaza las limitaciones a "su libertad" o que

sistemáticamente no está dispuesto a cumplirlas ve lógicamente en las fuerzas del orden o en los órganos

de justicia sus enemigos naturales.

El estreno de una democracia después de muchos años de régimen autoritario puede producir una gran

confusión en este punto. Ver en las fuerzas del orden una amenaza a la libertad, cuando son sus

guardianes, y un reflejo o residuo de la época anterior, y como consecuencia incluirlas en la critica de

aquel régimen, cuando su existencia, el respeto de ellas y el mantenimiento de su moral y prestigio son

indispensables para el éxito democrático.

NO cabe duda que esas fuer zas están sujetos, como todos los ciudadanos, ai cumplimiento de las leyes,

y deben ser responsables sus autores de las infracciones que cometan en su caso. No cube duda que

pueden existir hábitos que no es fácil desarraigar en plazos cortos, sobre todo cuanto más se baja en la

encala jerárquica. Y no cabe duda que la función coactiva y correctora está expuesta, por su propia

naturaleza, al exceso tanto por el abuso de su autoridad como por la provocación del infractor o por el

riesgo personal de esas fuerzas en el caso de enfrentamiento.

Tampoco cabe duda que en un régimen democrático la inmunidad parlamentaria es un principio básico.

Pero también tiene sus propios limites y no significa que el que gozo de ella-por ser un privilegio, una

"lex privata", de las pocas que se deben mantener en un régimen democrático-no tenga que hacer un uso

moderado y cuidadoso de ese privilegio para no convertirlo en una excepción odiosa. Sacar ese derecho

de sus limites hasta hacer de él un problema nacional, cuando tantos más generales tiene el país, puede

provocar una reacción generalizada. que no beneficia el sistema recién establecido.

El trabajo de las fuerzas del orden es difícil, muchas veces incómodo. Es complicado lograr el equilibrio

de la eficiencia necesaria con la moderación en la, corrección y con el respeto que el ciudadano, aun el

infractor de la ley, merece. Y es indispensable por ello que se sientan amparadas, respaldadas y respetadas

por la sociedad. Sus miembros son ciudadanos como, los demás, modestos trabajadores y personas con una vocación de

servicio a todos que encuentran un pago, mucho más que en una retribución, generalmente muy modesta, en ei respeto y

en la estimación populares.

PRIVARLES de ella o hacer que se ponga en duda con carácter general es un mal servicio a la libertad,

a la democracia y al Estado de derecho. Una cosa es exigir un correcto comportamiento, una respetuosa

aplicación de la fuerza coactiva de acuerdo con la ley, y otra cosa es atentar a la moral de esas fuerzas,

confundiendo su necesariamente enérgica actuación con la represión autoritaria..

Hacer esto es dificultad que se logre el ambiente de seguridad y de respeto a las leyes que necesitamos

todos, y que es precisamente la esencia y la fase de sustentación de una democracia. Porque uno de los

elementos comunes a los países de mayor y más larga tradición democrática, son unas

fuerzas del orden eficaces, con alta moral y seguras del aprecio popular, al servicio de todos los

ciudadanos, y una justicia respetada e independiente.

José Luis ALVAREZ ALVAREZ

 

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