El modelo español     
 
 Diario 16.    17/06/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

El modelo español

Quienes se interesan por el proceso político español, desde dentro o desde fuera, no acaban todavía de

creerse los resultados electorales que casi unánimemente son considerados como muy positivos. Los que,

más allá de legítimas posiciones de partido, observan el futuro del país y se preocupan por el porvenir de

su naciente democracia coinciden en estimar que el esquema de fuerzas políticas derivado de las

elecciones permite contemplar con un moderado optimismo la evolución inmediata. El sistema de

partidos que se dibuja no sólo es diferente y más "funcional" que el italiano, como ya se apuntó aquí ayer,

sino que tampoco es exactamente comparable al francés. El Centro victorioso puede parecerse al

conglomerado de fuerzas que en Francia se llaman todavía "la mayoría" y que está formado sobre todo

por los neogaullistas de Chirac y los giscardianos. Los partidos agrupados en torno a Suárez vienen a

representar, en efecto, el reformismo neocapitalista que se propone como objetivo el logro de una

"sociedad liberal avanzada", igual que el presidente francés. Esta actitud, en este país donde ha sido

endémica una derecha montaraz y trabuquerá, supone un neto progreso. Ese conglomerado tendrá

siempre, sin embargo, que guardarse de su propia ala derecha habituada a un conservadurismo sumarió y

sin riesgos y nostálgica de utópicas ínsulas Baratarías. Pero si esta nueva derecha española puede

parangonarse a la francesa —reclamando para sí el prestigio un tanto fané del "modelo Giscard" que en

algún momento quiso disputarle Fraga—, la izquierda que sale de las urnas tiene muy poco de latina y

más bien recuerda los prototipos centroeuropeos. La hegemonía del PSOE dentro de la izquierda parece

indiscutible y perdurable si este partido no dilapida el capital político que acaba de conseguir. La

condición de primer partido político del país con que se alza el socialismo de Felipe González plantea al

PSOE la exigencia de convertirse en una alternativa fiable de gobierno, dejando atrás el carácter

contestatario y testimonial propio de la etapa predemocrática. En adelante el PSOE tendrá que mirarse no

sólo en sus militantes^ sino en el amplio electorado que le ha dado su confianza. La espectacular ventaja

del PSOE respecto a los demás partidos de la izquierda va a hacer que entre en una etapa resolutiva el

problema de la unidad socialista. Ya nadie le puede discutir el papel de catalizador de ese proceso ni la

obligación de estar a la altura de sus responsabilidades. Hay en el país una enorme base socialista y cara a

ella ya no cabe seguir jugando a las capillitas ni a los personalismos. Por otra parte, si análisis posteriores

confirmaran que el voto socialdemócrata se ha ido al PSOE, hipótesis que algunos avanzan, los dirigentes

del partido deberían extraer las conclusiones apropiadas. El predominio del PSOE en la izquierda hace

irreal, por el momento, la posibilidad de una unión de izquierdas de estilo frentepopulista y aleja los

riesgos que para la estabilidad de la democracia plantearía esa hipótesis. El Partido Comunista deberá, a

la vista de los resultados, delimitar su espacio político. Si se consolida el eurocomunismo, y sobre todo si

llegan sus principios hasta la democratización de las propias estructuras del partido, se planteará siempre

y cada vez más un problema de identidad respecto del socialismo, de cuyo tronco se desgajaron

voluntariamente los comunistas después de la "recepción" leninista. El modelo dualista limitado que

resulta de las elecciones va a servir a los ultras residuales del franquismo para clamar que, una vez más,

España está dividida en dos y contra sí misma. Pero nada tiene que ver este dualismo dialogante, cuyos

dos polos son democráticos y civilizados, con el airado dualismo de 1936. Que nadie intente desenterrar

el hacha cainita porque este país no está dispuesto al odio sino al entendimiento.

 

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