Autor: Herrero, Pedro Mario. 
   Crónica de un día memorable     
 
 Ya.    17/06/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

Crónica de un día memorable

LLEGUE a Madrid a-votar, como debe ser, porque había nacido el día de la resurrección de los derechos

humanos, el día tan largamente esperado. Atrás se quedaba la historia de las tristes historias. No hables,

no opines, no censures, no investigues, no lleves la contraria, no protestes. Olvida tu pluma, olvida tu

pensamiento, olvida tus ideas, olvida tu libertad, olvida lo que sea. Llegué a Madrid a votar, como debe

ser, y mi corazón estaba alborotado, feliz y transparente, sin rencor alguno, sin rencor, como debe ser.

Lo primero que me asombró es que la ciudad, mi ciudad, estaba demasiado limpia. Yo recordaba las

elecciones de Portugal, las elecciones de Grecia, las elecciones del Vietnam. Mirabas y todo lo que

alcanzaba tu vista eran carteles, propaganda, pintadas infinitas en los muros, ea las estatuas, en el suelo.

Recuerdo qué la nostalgia me invadía cuando el YA me enviaba á estos países en los que. el ciudadano

podía escoger libremente sus comunes ideas. Tenía la impresión de pertenecer yo, como español,-al

medievo, donde te obligaban a casarte con una muchacha que alguien escogía para ti. Y yo pensaba

siempre:´."Algún día, tal vez, en tu Patria... Algún día." EL día de la resurrección de los derechos

humanos, día 15 de junio de 1977, fui al Palacio Nacional de Congresos y Exposiciones, saqué mi carnet

de prensa y me acredité en los medios informativos. Había dos barreras de guardias, absolutamente

insalvables. Al entrar, un cartel: "Para garantizar la seguridad de todos, rogamos acepten´ nuestras

medidas de control." Un guardia me dijo: "Saque todos los objetos de metal que lleve -en los bolsillos."

Obedecí, me cacheó minuciosamente y luego me pidió perdón, Entré en la sala de prensa, donde estaban

800 enviados extranjeros, y donde encontré, como un regalo de los dioses, a varios compañeros

entrañables de mil aventuras por Israel, por Biafra, por el Vietnam, por el mundo. Me sentí reconfortado.

"Ahora son ellos los que van a contar la verdad de mi país. Ahora son ellos los que van a decir de una vez

para siempre que no somos una raza inferior,-que no hay que emplear el látigo con nosotros, que no

necesitamos garrotazos para comportamos civilizadamente, qué no hay que tenernos atados y

amordazados. Ahora son ellos los que lo van a decir, y lo dirán, como debe ser. Y el mito caerá hecho

pedazos. Y yo volveré a ser yo." Me sentía como una muchacha a quien le dicen que no se preocupe de

sus pecas, que al revés, que sus pecas le favorecen. Comenzó la noche del día de la resurrección de los

derechos humanos,, Y allí estábamos todos, esperando noticias del norte, del sur, del este y del oeste de

nuestra España. Uno.sen-tía un no sé qué por la entretela al pensar que las noticias que llegaran no

estarían manipuladas, ni deformadas, ni inventadas. Las noticias" vendrían frescas y serían simplemente

la maravillosa verdad, como debe ser. El pueblo había ido a las urnas en perfecto orden y había

depositado su voto. Cierto que no hubo demasiado tiempo para que el pueblo se enterara perfectamente de

a qué o a quién tenía que escoger, pero a un torero no se le puede pedir que celebre su primera corrida en

la Monumental de Madrid; no, señor. Hay que comenzar en las capeas; hay que cometer errores, hay que

coger el hatillo de la muleta y echar a andar por los caminos. Echar a andar, mirar hacia adelante, a la,

orilla del trigo nuevo, como debe ser. A las cuatro dé la madrugada de la noche de resurrección de los

derechos humanos solamente se había censado un millón de votos. "Pero ¿qué pasa aquí, qué pasa aquí?",

comentaban los impacientes. Aquí no pasa nada, amigos míos. Tai vez sea el mecanismo el que falle.

Cuarenta años sin entrenamiento son muchos años. El pueblo chirrió poderosamente en el esfuerzo de

encontrar e] destino de su voto, y ahora la burocracia chirriaba también para repartir el-aceite por los

pistones de la maquinaria enmohecida por el tiempo. Todos estaban nerviosos por recibir el juguete espe-

rado tan largamente; todos querían saber al instante, al momento, ahora, ahora mismo, como debe ser.

Me fui por la ciudad a visitar, ¡qué especie dé milagro!, las sedes de los diferentes partidos políticos. Y en

el hotel Welliiigton, en el sótano, encontré a los hombres y a las mujeres de un viejo profesor a quien

nadie pudo comprar y a quien nadie pudo hacer cambiar de pensamiento. La patrulla de Tierno Galván

velaba sus armas y por la entretela, quizá por el hábito del re^ cuerdo, soplaba un viento negro de

preocupación. "Han pasado ocho horas desde el cierre de los colegios electorales. ¿Por qué no dan los

resultados de Madrid? ¿Qué sucede? Esto es muy raro." Raúl Mo-rodo me invitó a un caldo mientras la

televisión daba una nueva noticia del desarrollo de las elecciones. Una voz exaltada, cuando le tocó el

turno al Par-

Pedro Mario HERRERO

 

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