Autor: Pérez Díaz, Víctor. 
 Un análisis de las elecciones/ 1. 
 Negociación, a los 40 años de impotemcia poítica     
 
 El País.    19/07/1977.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

Negociación, a los 40 años de impotencia política

VÍCTOR PÉREZ DÍAZ

A la hora de interpretar estos votos hay qué empezar por reconocer que el país ha votado por abrumadora

mayoría una derecha y una izquierda escoradas hacia el centro: la UCD y el socialismo democrático del

PSOE. Y esta mayoría es abrumadora, no sólo porque UCD y PSOE (con PSP) han reunido cerca de los

dos tercios de los votos, sino porque además los extremos de la derecha y de la izquierda han alcanzado

votaciones ínfimas, obligando así a AP y PC a orientar sus estrategias hacia el centro, ya que no tienen

otro sitio donde ir para conseguir votantes.

Algunas perplejidades

El contenido de este voto mayoritario de moderación contiene dos tipos de elemen-tos: unos inequívocos

y otros bastante más ´ambiguos. Que haya elementos ambiguos no implica algo negativo. Significa tan

sólo que acerca de ciertos temas importantes eí país ha votado movido por demandas demasiado vagas,

demandas que no están articula^ das en un programa global coherente, o incluso demandas

contradictorias. Y que el país tiene necesidad de debates públicos para aclarar su perplejidady explicarse

qué quiere. Yo veo, entre otras, tres áreas de ambigüedad y de perplejidad, que merecen, y algunas están a

punto de obtener, un debate público más amplio. En primer lugar existe considerable ambigüedad acerca

de la política económica y social que se haya podido votar en estas elecciones. Que el país se reparta casi

por mitades entre quienes son más sensibles al tema del «capitalismo social» y quienes lo son a] tema de

«socialismo democrático» es importante, pero contribuye poco a aclarar está perplejidad. Porque lo más

probable es que una gran parte del país, después de haber escuchado resignadarnente el recitativo de que.

«hay que acabar con el paro, la inflación y el déficit exterior», detrás del cual no han visto, ni podían ver,

una explicación de la situación, ni un programa global de actuación, ha decidido: por una parte, votar, sin

gran convicción, en virtud de ciertas asociaciones simbólicas entre «socialismo», «cambio» y «defensa de

los trabajadores», y entre «centro» (o «derecha»),´«orden» y «defensa del mercado», y, por otra parte. ;

disponerse a defender por su cuenta y riesgo sus propias mil y una demandas específicas en el terreno

económico y social. Una segunda perplejidad sé refiere al propio tema de las autonomías. Se supone que e

´tema está más claro —pero, de hecho, se ha llegado a un punto donde si bien-todo el mundo está poco

menos que «a favor», nadie sabe con certeza a favor de qué: qué tipo de autonomía, o cuánta autonomía.

Y para aclararlo tampoco ha servido de gran cosa la campaña electoral —que no ha servido, por lo

prorito, para saber qué. tipo de autonomías quiere o reconoce como legítimas ese 60% o más del país, y

entre el 30% y el 55% en las provincias vascas y catalanas que ha votado PSOE y UCD. Existe una

tercera ambigüedad, más elusiva, en el resultado de las elecciones, que afecta al carácter mismo de los

partidos políticos. A primera vista parece que las elecciones han sido un refrendo al sistema de partidos,

sin rmás. Y ia conclusión práctica es también clara: se trata de aprovechar el impulso y estructurar y

expansionar los partidos, homogeneizarles y disciplinarles. A esto se llama también consolidar la

democracia. Y, sin embargo, es curioso que los partidos vencedores hayan sido una coalición electoral de

última hora alrededor de un líder nacional como Suárez, y un PSOE percibido como un partido aún en

statu (re)nascendi, abierto y flexible, quizá incluso a pesar suyo. Cabe preguntarse si un partido bien es-

tructurado y disciplinado, un partido «ideal» como el PC, no pierde capacidad de atracción precisamente a

causa de tanta organización —que le hace aparecer como rígido e incontrolable—. Cabe preguntarse si la

red demasiado bien trabada de caciques y poderes sociales en que consiste A P no antagoniza sectores

sociales que resienten verse manipulados a distancia. Cabe preguntarse si justamente la imagen de Suárez

y Felipe González como gentes «normales» y accesibles no ha reforzado este mismo contraste. Es

comprensible, humano, y demasiado humano, que dirigentes, cuadros y militantes se lancen ahora en

tromba a la carrera de estructurarse, disciplinarse, unirse como un solo hombre —y tratar de imponerse su

línea los unos a los otros—. Pero a la vista de la experiencia cabe preguntarse si con ello eligen el camino

correcto.

Un voto de cautelosa autoexahadón nacional

Pero dejemos las perplejidades (relativas) del voto económico y social, y demás, por el momento, aparte,

y entremos en el terreno de las «evidencias». Yo veo, por lo pronto, tres —las unas, a decir verdad, algo

más evidentes que las otras. Lo esencial de mi argumento, por decirlo de una vez, es esto: el país ha

votado gentes e instituciones cuyo compromiso por la "libertad y la democracia parecía más creíble que el

de sus alternativas; cuya capacidad de realización parecía relativamente mayor; y cuya responsabilidad

histórica, tanto en el franquismo como en el antifranquismo, les parecía relativamente menor. Al votar de

esta manera, el país se ha votado a sí mismo. Porque la sociedad civil española se ve a sí misma de talante

libre y democrático; capaz de resolver sus proble-mas ya; y poco comprometida con la experiencia del

franquismo y del antifranquismo. Que esta percepción corresponda o no a la realidad, y en qué medida, es

otra cuestión. Pienso que el país se percibe así, y que al votar a Suárez y a Felipe González (e

implícitamente a la Corona), el país vota a gentes e instituciones que se corresponden con ésta

autopercepción. Las elecciones han sido, pues, una fiesta de autoafirma-ción o autoexaltación nacional no

exenta, por supuesto, de cautelas, debidas al carácter precario de las formas políticas en trance de

conseguirse, la gravedad de los problemas sociales y económicos, y la ambivalencia qué suscitan los

partidos.

 

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