Autor: López Castellote, Pau. 
   Campaña electoral como diagnóstico de nuestra sociedad     
 
 El Correo Catalán.    29/06/1977.  Página: 17, ?. Páginas: 2. Párrafos: 23. 

CAMPAÑA ELECTORAL COMO DIAGNOSTICO DE NUESTRA SOCIEDAD

UNAS elecciones dan siempre que pensar. En cierta manera son una toma de la temperatura social. Y,

como pasa con la salud individual, con las tomas de temperatura solemos salir de dudas respecto a un

síntoma patológico tan claro como es la fiebre. Después vendrá el diagnóstico sobre-el estado de salud.

Pero en el caso de la temperatura social, a diferencia de lo que ocurre con la temperatura individual, no

sólo es importante lo que el termómetro electoral marque, sino que lo es ya —y mucho— la misma forma

de poner el termómetro y su incidencia de determinados lugares del cuerpo social. Quiero decir que no

sólo los resultados electorales, sino la misma campaña previa tiene un valor de diagnosis social, puesto

que responde no sólo al pensamiento político de cada uno de los partidos en liza —que en esta campaña,

en su conjunto/ ha quedado muy claro y distinto—, sino que responde también —y yo diría que muy

especialmente— a lo que los diferentes partidos creen que la sociedad quiere. Quizás alguien piense que

ésta no es manera de reflexionar sobre nuestra sociedad; que la campaña es algo puramente coyuntura), y

que lo que conviene es enfrentarse con las estructuras. No me atrevo a decir que nú tenga algo de razón.

Pero yo no soy. uri político. Yo soy un educador. Y por mi profesión trie dedico a ayudar al desarrollo

personal de aquellos que se me han encomendado y que, naturalmente, no son personas maduras. Quiero

decir que yo trabajo en la construcción de nuestro´pueblo, pero no en la eclosión de las estructuras

sociales (campo pro-pío del político), sino en el fortalecimiento de sus raices. Y, visto desde las raíces de

la educación, el interrogante «¿a qué pueblo se han" dirigido los políticos?» merece todas las atenciones y

todas Jas preocupaciones. Yo he visto que, por encima (o por debajo) de nombrar muchas veces a

Catalunya, y de exigir por activa y por pasiva «Ilíbertat, amnistía i estatuí d´´autonomia», la campaña —

desde la derecha hasta la izquierda— ha estado básicamente dirigida a un pueblo en el que impera la

sociedad de consumo, incluso en sus mismas manifestaciones anticonsumistas, que en el fondo vienen a

ser una compensación psicológica ofrecida en la misma opulencia del consumo. Si eso fuera/nuestro

pueblo, la cosa evidentemente tendría una gran trascendencia, porque transformar ta vida en objeto de

consumo aunque sea con las apariencias más anticomunistas, no deja de ser una manera de destruir ta

vida de un pueblo, a pesar de que con ello algunos individuos se puedan sentir «realizados», y pueden ser

muchas las «libertades» alcanzadas. PARA concretar lo que quiero decir, me referiré a tres cosas, en las

que ha habido una rara unanimidad entre casi todos los partidos:

1. - Casi nadie ha hablado de la necesidad de trabajar, y de trabajar fuerte.

2. - Casi todos los partidos han defendido la liberalización y gratuidad de los anticonceptivos a través de

la Seguridad Social.

3. — Muy pocos partidos se han declarado en contra del aborto.

Estas tres constataciones, teniendo en cuenta que en gran parte los políticos —dicen que asi han de ser las

campañas electorales- explicaban lo que sus oyentes querían escuchar, son todo un diagnóstico. Y un

diagnóstico de una enorme trascendencia educativa. Porque según enfoquemos esas cuestiones, no sólo

construiremos nuestro pueblo de una manera o de otra, sino, que incluso yo diría que podemos construirlo

o destruirlo. ¿Quién puede pensar seriamente que un pueblo (como una persona) puede crecer sin trabajo

y sin esfuerzo? ¿Qué significa esa especie de afán de justicia social, entre consumista y revolucionario,

que consiste en pedirlo todo sin dar nada? ¿Qué puede significar ta educación si partimos de que la vida

es como una inmensa «kermesse», en que lo que cuenta es pasarlo bien con poco gasto? ¿Han pensado los

políticos en lo que significaría para nuestro pueblo una revolución social a base de hacerle creer en la

posibilidad de ganar mucho trabajando poco? Aplíquen-lo a los niños en el colegio, a los jóvenes en la

universidad, a los padres en su función de padres, a {os profesionales en su trabajo, a tos políticos en su

dedicación, a los curas en su vocación... y esperen sentados él resurgimiento de nuestro pueblo.

(Nuestra sociedad idolatra la juventud (¡qué grande es ser joven! dice la propaganda ´comunista; y hay

partidos que cuentan con ganar cuando el voto llegue a´ los dieciocho años, edad qué probablemente

toman como módulo de madurez). Y al mismo tiempo que idolatra la juventud, .justifica su limitación sin

límites de modo que nuestros jóvenes de hoy, que dentro de diez años ya no lo serán, por todas partes se

sienten env-pujádos a buscar en sus relaciones el placer evitando el compromiso de transmitir su vida. No

entro en el aspecto moral. Simplemente me pregunto: ¿Quién los sustituirá, si con la generalización´de los

anticonceptivos y el concepto de las relaciones sexuales que comportan, se empuja a las parejas jóvenes a

quemarse sin dar fruto, o a buscar el placer reduciendo el fruto al mínimo? Un pueblo no puede

componerse de sólo viejos. ¿Y qué es lo que rejuvenece a un pueblo sino los nacimientos?

Sí, ya sé que «paternidad responsable» no puede significar convertir al hombre y a la mujer en «fábricas

de hijos». Pero tampoco puede significar transformarlos en calculadoras eróticas sin corazón.

¿Por qué nuestra sociedad reivindica el «derecho» a limitar su juventud futura? /Qué será de Catalunya

sin juventud? ¿Tendremos que esperarla de la inmigración de Argelia y ´de Marruecos, de Guinea y del

Camerún? ¿Y después, tanto quejarnos del problema de la inmigración? YO, la verdad, no entiendo

Cómo se puede hacer casar ese rito tan generalizado de «(libertad, amnistía i estatuí d´autonomia», que es

él grito por la construcción de un pueblo, con ese otro grito, también tan generalizado, por los

anticonceptivos a todas las edades y sotare todo por el aborto, que es el grito por la legalización del

asesinato. ¿Cómo podemos construir un pueblo, ´por muchas libertades, por muchas amnistías y por mu-

chos estatutos de autonomía que podamos gozar, si no sólo procuramos cómodamente ta evitación

científica de sus hijos, sino que a los que escapen a esta evitación, los matamos antes de nacer?

¿Tan poca imaginación tienen quienes aspiran a gobernarnos que no sabemos encontrar otra solución al

desamor de los padres más que la de legalizar él asesinato de sus hijos en el mismo seno materno? ¿No se

podría pensar en instituciones qué acojan humanamente a los hijos que inhumanamente son rechazados

por sus padres? Al fin y al cabo ¿No se está propugnando eso — a veces por los mismos que defienden el

aborto— para los hijos que llegan al mundo, con el permiso de sus padres,, pero con la firma condición ´

de que no interfieran en la libertad de quienes los han engendrado? ¿Cómo se atreven quienes condenan la

pena de muerte, aunque sea por los más terribles delitos, a pedir su legalización cuando se.trata de

inocentes a los que se les niega incluso la oportunidad de ver la luz de este mundo? La casi unidad de los

partidos en estos puntos me hace temer que el resultado que, en cualquier caso, preveía la mayoría de

nuestros políticos es el triunfo del materialismo, matizado a formás entre el materialismo matizado, a lo

más, entre el materialismo consumista y el materialismo histórico. Es todo un diagnóstico.

Como educador, y aunque tengo conciencia de que mi palabra pesa muy poco, no puedo dejar de decir

que «ganar mucho trabajando poco», «gozar eróticamente sin ningún compromiso» y «facilitar

legalmente la eliminación de las vidas que nos molestan» no son, no pueden ser, las bases de ningún

pueblo. Ni en socialista, ni en capitalista. Porque un pueblo que aspira a no tener continuidad no es un

pueblo. Es necesario que los que han contraído la enorme responsabilidad de ganar las elecciones

piensen´cuáles han de ser los cimientos de nuestro pueblo. Yo, desde ¡as raíces de la educación, diría.que

el trabajo digno y serio, el respeto a la vida humana en cualquier circunstancia, y la igualdad

comprometida en cuanto a dignidad entre hombre y mujer, deberían formar parte de esos cimientos.

Esperemos que el período postelectoral sea un mentís al diagnóstico que dibujó la campaña electoral. Y

trabajemos todos para que lo sea.

P. L. O.

 

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